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Estados Unidos
Groenlandia, una obsesión estadounidense
La historia nos muestra cómo los imperios adquieren territorios de diferentes maneras. Las dinastías amplían sus posesiones a través del matrimonio, como célebremente hicieron los Habsburgo. Los territorios se toman por la vía de las armas o se roban mediante tratados engañosos y maniobras oscuras. También pueden comprarse.
Los Estados Unidos ampliaron buena parte de sus territorios comprándolos y haciéndose, de ese modo, con un imperio. La adquisición de Louisiana de 1803 por unos meros 15 millones de dólares fue atrevida, oportunista y extra-legal. También fue iniciada por un presidente estadounidense que había insistido románticamente en que la flamante república se confinase a las labores agrícolas en un modelo de pequeños propietarios de tierras. Pero Thomas Jefferson podía ser astutamente endiablado, y Francia, entonces bajo el firme dominio de Napoleón Bonaparte, le preocupaba: “Solo hay un único lugar en el globo cuyo poseedor es nuestro enemigo natural y habitual, y ése es Nueva Orleans”.
Bonaparte, cuyos intereses se centraban más en Europa, estaba abierto a ceder el territorio por una modesta cantidad. Los nativos, por supuesto, no fueron consultados. Jefferson, que había defendido antes la necesidad de respetar la Constitución con piadosa meticulosidad, la ignoró en lo tocante a comprar territorio, lo que no se permitía explícitamente en el documento. De este modo se mostraron los primeros signos de una presidencia imperial.
La primera ministra danesa afirmó que “la época en la que se compraban y vendían otros países y poblaciones ya ha pasado. Dejémoslo ahí”
En 1868, el ávido ojo del Gobierno estadounidense mostró que la conquista y el control del continente no se limitaba en exclusiva a la expansión hacia el Oeste que eventualmente vería, en la altiva observación de Frederick Jackson Turner, su cierre. Los anhelos de expansión apuntaban a Islandia y Groenlandia como posibles opciones orientales.
Una publicación del año 1868 del Departamento de Estado editada por Benjamin Mills Pierce contiene algo más que un interés pasajero en los recursos de Islandia y Groenlandia, mencionando el tratado por el cual Dinamarca había de ceder el control de las islas de Saint Thomas y Saint John, en el Caribe, a los Estados Unidos. El informe de 1868 animaba a adquirir Groenlandia por dos razones importantes: las oportunidades comerciales que prometía la explotación de la abundancia natural de “ballenas, morsas, focas y tiburones, bacalaos, salmones, truchas y arenques” y la congruencia política de obtener un territorio flanqueado “por la América británica en el Ártico y el Pacífico”. Groenlandia, así, “podía convertirse en parte de la Unión” y disminuir la influencia británica en la región.
El tratado con Dinamarca relativo a las Indias occidentales danesas fue un recordatorio de que las cosas no iban a ser fáciles. La adquisición de lo que se convertiría andando el tiempo en las Islas Vírgenes de los Estados Unidos fue la idea original del secretario de Estado William Henry Seward, una maniobra que tuvo el beneplácito del Departamento de Estado de EE UU. El destino del tratado fue accidentado: el rechazo inicial del Senado estadounidense, dirigido sobre todo al apoyo de Seward al presidente Andrew Jackson durante su procedimiento de impeachment, fue seguido por el rechazo de Dinamarca en 1902. También hubo desconfianza sobre si se realizaría un plebiscito para los habitantes locales, teniendo en cuenta el temor de Dinamarca hacia lo que podría deparar a los habitantes negros el vivir bajo el dominio de los EE UU, a la que predecía su fama de escasa generosidad hacia las razas de color.
Con la Primera Guerra Mundial finalmente llegó la transferencia formal de las Indias occidentales danesas el 31 de marzo de 1917 junto con 25 millones de dólares en monedas de oro, un resultado al que se llegó, en parte, gracias a las tácticas de matonismo del secretario de Estado estadounidense Robert Lansing. El secretario de Estado apenas disimulaba que una de las intenciones de ocupar las islas era prevenir que cayesen en manos alemanas.
La opinión del primer ministro de Groenlandia, Múte Egede, sugiere que un proyecto de estas características tiene pocos visos de triunfar: “Groenlandia es nuestra. No estamos a la venta y nunca lo estaremos”
El interés en adquirir Groenlandia se desarrolló en la Segunda Guerra Mundial. Una vez más, las preocupaciones sobre Alemania estaban en primer plano, teniendo en cuenta su ocupación sin incidentes de Dinamarca en 1940. Los Estados Unidos construyeron entonces la base aérea de Thule en 1943. La administración Truman, al término de la guerra, fracasó a la hora de tentar a los daneses con un precio de compra de 100 millones de dólares, aunque la base siguió funcionando bajo el control estadounidense y la bendición del reino.
Durante el primer mandato de Donald Trump resurgió la obsesión por comprar Groenlandia como un sarpullido, y la adquisición de Groenlandia se comparó a “un contrato de compraventa de una gran propiedad”. Dinamarca, sugirió Trump, cargaba con Groenlandia “con pérdidas, y estratégicamente le iría bien a los Estados Unidos”. De acuerdo con la mayoría de relatos, la operación tenía menos que ver con la realpolitik que con el negocio inmobiliario. Según la narración de los hechos de Peter Baker y Susan Glasser del primer mandato de Trump, Dinamarca recibiría el ignorado territorio de Puerto Rico a cambio. También sugieren que esta atrevida propuesta vino del viejo amigo del presidente Ronald Lauder, heredero del imperio de la cosmética Estée Lauder. Trump, como es típico en él, insiste en que fue su propia idea.
Como era de esperar, Trump encontró a la primera ministra danesa, Mette Frederiksen, poco impresionada, renuente y “desagradable”. Por su parte, la primera ministra danesa afirmó que “la época en la que se compraban y vendían otros países y poblaciones ya ha pasado. Dejémoslo ahí”.
El retorno inminente de Trump a la Casa Blanca ha revivido viejas idiosincrasias. Durante el período de vacaciones de diciembre de 2024, tuvo raptos de fantasías jeffersonianas y prometió recuperar el Canal de Panamá, que considera que está siendo operado ilegalmente, aunque con afecto, por “los maravillosos soldados de China”, además de convertir a Canadá en el estado número 51 con el exjugador de hockey profesional Wayne Gretzky instalado como gobernador, y comprar Groenlandia.
En abril del año pasado, la base aérea Thule cambió su nombre a base espacial Pituffik, en una publicitada muestra de sensibilidad cultural
La elección del presidente electo para el cargo de embajador estadounidense en Dinamarca aparentemente se basa en el cortejo a Copenhague mientras Trump declara la propiedad del territorio por parte de Washington como “una absoluta necesidad”. La opinión del primer ministro de Groenlandia, Múte Egede, sugiere que un proyecto de estas características tiene pocos visos de triunfar: “Groenlandia es nuestra. No estamos a la venta y nunca lo estaremos”. Ser inequívoco, en política, es un peligro.
En abril del año pasado, la base aérea Thule cambió su nombre a base espacial Pituffik, en una publicitada muestra de sensibilidad cultural. El Departamento de Defensa aseguró que de este modo se reconocía mejor “el legado cultural groenlandés” y se reflejaba de manera más apropiada “su papel en las fuerzas espaciales estadounidenses”. El legado cultural groenlandés juega un papel más bien escaso en la visión imperial de la base, de la que las fuerzas espaciales estadounidenses insisten que “permite la superioridad espacial” con sus sistemas de advertencia de misiles, sus misiles de defensa y sus misiones de reconocimiento y vigilancia aeroespacial.
Así las cosas, la posesión de Groenlandia, en un sentido oficial, apenas importa, y la segunda administración Trump actuaría sabiamente dejando simplemente a los daneses ocuparse de los glaciares y sus problemas. Washington ya tiene lo que necesita, y, en verdad, más de lo que necesita.
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La historia de Estados Unidos está llena de obsesiones ,obsesiones de guerras, obsesiones de asesinatos, obsesiones de golpes de estado, esto y más porque Estados Unidos es el macarra del barrio.
Trump tanto solo es una representante más del imperialismo estadounidense, un país acostumbrado a obtener todo mediante chantajes, tratados falsos, invasiones militares y compra de territorios, con un absoluto desprecio por la opinión y la autodeterminación de los pueblos invadidos...
Lo mejor que podrían hacer los groenlandéses sería expulsar de la isla a las tropas y bases yankees, para construir las suya propias.
Los seres humanos somos piojos, piojos por tamaño comparados con el Universo y piojos por la absoluta estupidez de dominio que nos posee.