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Cuidados
Relato de una furgoneta robada y un embarazo que perdimos
El día 15 de noviembre del pasado año cargo hasta mi furgoneta, con la ayuda de mi compañero, los instrumentos para una clase de Capoeira Angola en el Centro Ágora de A Coruña. Estoy embaraza y no quiero cargar peso. Además, son un montón de cosas. Berimbaus con sus baquetas y caxixís, atabaque, pandero, agogó y recoreco cuelgan de nuestras espaldas dando repiques de madera. Parecía lo que tantas veces soy: una feriante.
Avanzamos por el calle Posse, al lado del parque Europa. No veo la furgoneta. Paro y pienso si ese es el lugar donde la dejé. Sí, es el lugar, pero la furgoneta no está. Pienso de nuevo y miro a lo largo de la calle. La furgoneta no está. Llamo a la grúa. Tampoco consta en el depósito. Repaso mentalmente el último día que fui hasta ella. Han pasado quince días. Me había acercado a recoger lo que pudiera cargar antes de salir de viaje. Recogí parte de las dos muestras de fotografía que había desmontado días atrás, en el café de Macondo de A Coruña y en el espacio Vaina de Betanzos. Otra parte de estas muestras se quedaría allí, dentro de una maleta que medía la mitad de lo que yo y pesaba no mucho menos de mi peso. Estaba embarazada.
Cerré la puerta, sabiendo que no era buena idea dejar la furgoneta allí quince días sin moverse, que aquella maleta llena de las fotografías enmarcadas tampoco se quedaba bien allí, y olvidando que tenía la llave de repuesto en la guantera. Varios errores juntos, como tantas veces en la vida. Ya había arrastrado esa pesada maleta llena de la muestra Nada me pertence, tudo faz parte de min otras veces, pero esta vez no iba a hacerlo. Y me gusta cargar peso al límite de mis posibilidades, hacerme la forzuda. Pero esta vez no iba a hacerlo. La noción de fuerza comenzaba a transformar sus parámetros. Viajaba mi cuerpo por otras dimensiones hasta ahora desconocidas, nuevos retos, otros pactos, un cansancio inverosímil, un nuevo canal invisible que abría sus arroyos hacia una otra entraña dentro de la mía. Estaba embarazada.
Suelo buscar explicaciones para todo lo que ocurre, hasta debajo de las piedras. No digo que sea la mejor manera de afrontar. Es un mecanismo de defensa. Una manía. Hacerlo en los momentos más críticos puede ser peligroso. Pero a veces surge un pensamiento confidente, a modo de claro en el horizonte. Íbamos a tener una cría, sí. Aún no había investigado si se podía o no llevar bebés en una furgoneta teniendo solo asientos delanteros. Quizás tendría que deshacerme de la furgoneta. Desapegar. Ser práctica y priorizar una logística ágil. Ninguna de mis virtudes. Quizás y solo quizás, la furgoneta se borraba de mi camino complicándome mucho la movilidad pero difuminando la necesidad de tomar una decisión. No soy la única que desea que el destino tome una decisión por mí, ¿no? Quizás y solo quizás, este pensamiento aligeró un poco la carga. A veces surge algo semejante a un claro en el horizonte. Atravesaba muy ilusionada el primer trimestre de mi primer embarazo. Estaba agotada de cansancio. Y muchas veces tenía miedo.
Me apuro a poner la denuncia. El policía parece acostumbrado a la situación y me dice que lo más probable es que aparezca dentro de unos días. Con todos los instrumentos aún colgados de la espalda, llego a tiempo para dar la clase, incluida en un programa del Concello para ocio nocturno alternativo para la juventud. Vienen ocho chicas bien contentas y dispuestas. Les cuento que me acaban de robar la furgoneta. No les cuento que estoy embarazada.
Con ilusión y curiosidad, busco libros sobre embarazo en la biblioteca pública. Leo con atención muchas cosas y paso por encima algunas otras. Los apartados de ‘posibles complicaciones’ en los que a veces reparo me hacen sentir un vacío en el estómago y prefiero pasar la hoja. En algún capítulo, entre las preguntas habituales del libro ¿Qué se puede esperar cuándo se está esperando?, de Heidi Murkoff, leo: “No me siento embarazada, ¿es posible que mi bebé esté muerto en mi interior y no me entere?” Me estremezco al leerla. Aunque no me identifico, esta pregunta permanece conmigo hasta el día de hoy. Enciende una chispa que abre en mí una nueva manera de entender la decisión y el deseo de gestar. Chispa que ahora está en plena hoguera y me lleva a escribir esto, impulsada además por el estruendo del silencio que provoca una gestación truncada.
Leo las probabilidades de una interrupción involuntaria del embarazo. Aborto espontáneo. Pérdida gestacional. Uno de cada cuatro embarazos no llegan a ser nacimientos. Recuerdo cuando mi madre me contó que tuvo un aborto antes de nacer mi hermano y yo. Solo sé eso, que tuvo un aborto. Leo que acercándose a los tres meses va disminuyéndo el porcentaje de probabilidades de que ocurra. Y cuento las semanas. De alguna manera, mi medida del tiempo ya alcanzó esa otra dimensión.
Me interesa mucho el cuerpo y sus adaptaciones y cambios, cómo nos configuran físicamente nuestros hábitos y formas de llevar la vida. Leo cosas que me dejan fascinada: bombearé un 50% más de sangre, mis órganos comienzan a desplazarse ligeramente a medida que mi útero crece, voy a crear un nuevo órgano, la placenta, y mi cerebro acogerá cambios que solo la maternidad habilita, según cuenta Susana Carmona, psicóloga y neurocientífica, en su libro Neuromaternal: ¿Qué lee pasa a mi cerebro durante él embarazo y lea maternidad? (B Editoral, 2024).
Tan invisiblemente, mi cuerpo comienza a cambiar; yo con él, juntas medimos los movimientos, palpamos lo imperceptible, cuestionamos el alimento. Cada vez que como, siento que dentro de mí un nuevo sendero distribuye parte de los nutrientes hacia algo tan decisivo como incierto, tan diminuto como inmenso, que hace incluso temblar los límites de lo que significa la existencia. Me esmero. Todo irá bien.
La Renault Traffic sigue sin aparecer. Pasan las semanas y comienzo a darla por perdida. Intento poner de mi parte en la búsqueda y difundir por mi cuenta con la ayuda de mis contactos. Para mi sorpresa, el anuncio llega a tener bastante difusión. Nunca tuve tantos likes en el Instagram y varios periódicos publican online la información. El día 21 de noviembre sale en la edición impresa de La Opinión de A Coruña: “Roban en A Coruña la furgoneta de la fotógrafa Sol Mariño con las obras de su última exposición dentro”.
Siete días después de esa publicación, sin noticia de ningún tipo, acudiré a Urgencias en el Hospital Materno por un sangrado vaginal que aumenta. Comienzo un proceso de aborto espontáneo y el mundo se me viene encima. Tener en cuenta que esto puede ocurrir no se parece en nada al golpe bruto que me abate y al duro proceso que se abre camino.
Vuelvo a escuchar las cifras que recuerdo haber leído. Uno de cada cuatro embarazos se interrumpe involuntariamente. Es normal. Paso a formar parte de un porcentaje de normalidad de la que no esperaba participar. Soy reflejo de unas estadísticas usuales y me dicen que no debo preocuparme. Me asignan varias citas y me dicen que tendré un sangrado normal, también normal. Todo es normal. Y que es preciso, que vuelva.
Me digo en silencio, en la compaña de mi tía y esperando a que llegue mi pareja, que no volveré a levantarme ni a comer. Al día siguiente y todos los que vendrán: me levanto, como y vuelto a Urgencias con un dolor como nunca antes había tenido. Un dolor normal, que traerá un sangrado como de regla normal y que según el médico que me atiende, me habilita a hacer una vida normal.
Durante las tres semanas siguientes, en las que no paro de sangrar, en las que el fuerte dolor que siento me permite moverme solo muy y muy lentamente, en las que emocionalmente me siento destruida, me pregunto que será para aquellas ginecólogas una vida normal.
En medio del bruto y yermo descampado en el que me veo y que confundo conmigo misma, no puedo evitar pensar que soy un cuerpo fallido. Me fallé a mí, al bebé, a mi pareja y a todo mi alrededor que ya sabía de la noticia. ¿No debía haberlo contado? ¿Haber tenido esa precaución podría disminuir realmente este dolor descomunal? ¿De verdad? Si ahora, lo que hago es desear contar a grito pelado las dos noticias juntas.
Si lo que más necesito es aplacar el silencio que envuelve la desaparición invisible de un ser que siento más nítido que nunca, en esta constante despedida. Me pregunto, ¿qué debo hacer aquí para ser más feminista? ¿Darle salida a esa sensación de fracaso y contemplarla como posible, común y parte del proceso de duelo? O negarla por ser al fin mentira y poner al cuerpo de la mujer una vez más y siempre en la cumbre de la responsabilidad de los acontecimientos? ¿Qué digo para demostrar que expresar ese sentimiento es parte del proceso para transformarlo? Y sobre todo, que abrirse a la vulnerabilidad es clave en la reconsideración de fortaleza que es preciso acoger. No todo es pasar página. La hoja que se pasa en blanco por miedo a ser vivida espera por ti en todos los capítulos que siguen.
Una mañana, una semana después del comienzo de este proceso de pérdida, suena el teléfono. Una gran amiga y vecina está frente a mi furgoneta perfectamente aparcada en la plaza de la Cubela, en el mismo barrio en el que fue robada. Después me contará cómo todos los días en su paseo matinal ponía la intención en encontrarla. Pienso en el trabajo de hormiga de una mujer bajo las lluvias de diciembre por las calles de la ciudad procurando con su mirada una furgoneta. Pienso en los ineficientes paseos de los uniformados en su coche patrulla y en el policía que en aquel mismo momento en el que llamo a la comisaría, me dice que hasta que yo llegue ellos no podrán hacer nada ni siquiera esperar en el entorno del vehículo los veinte minutos que yo pueda tardar.
Llego. La furgo está en bastante buenas condiciones. Muy sucia y con maloliente y repleta de basura y cachivaches. La maleta con las fotografías no está. Si por algún lado encontráis, por ejemplo, una fotografía enmarcada en dorado en la que puede verse una placenta sobre la tierra a punto de ser enterrada, es mía, la foto. La placenta es de Valentina y Rayen, madre e hija, a las que acompañé en el parto hace casi diez años, y a las que dedico un poema en mi libro As alas da serpe (Aira Editorial, 23).
La cerradura no parece forzada. El policía me pregunta si estoy segura de haber cerrado la puerta con llave. Luego en el taller al que llevo a reconfigurar la llave, el mecánico me dice que esa puerta se abre con un palo de chupachups.
Estoy sorprendida de recuperarla. Me alegro muchísimo. Casi que aún no me lo creo. Pero no puedo evitar una y otra vez el mismo pensamiento: si yo pudiera escoger un retorno.
Hoy, a quince días de saber de mi proceso de pérdida gestacional, me siento en la cama y escribo. Tengo tanto para decir que no consigo escribir nada. Sigo esperando a que mi útero expulse los restos del saco gestacional, ese saquito negro vacío en el que se torna nuestra expectativa de crianza, después de la primera ecografía de urgencias, y que me hace quebrar por dentro.
Ayer por la noche introduje en mi vagina cuatro pastillas de Misoprostol, un medicamento indicado para dolencias gástricas y del que tuve conocimiento hace muchos años en Argentina, cuando el aborto aún era ilegal, como un de los procedimientos más comunes para interrumpir voluntariamente el embarazo. Recuerdo a mis amigas atravesando ese proceso, la dificultad de encontrar las pastillas sin receta, el apoyo mutuo y la coordinación para tener una reserva de ellas disponibles, las charlas y teléfonos clandestinos informativos, las tantas historias de mujeres que tuvieron que asistir al hospital por complicación en el proceso y despertaron allí esposadas a la cama para ser acusadas de delito.
Pienso en aquella red de apoyo, precaria con certeza en recursos monetarios, pero inmensa en solidaridad, luchando por expandir conocimientos olvidados y desprestigiados que fueron herramientas de vida y supervivencia, de salud y libertad durante generaciones. El Estado convenirte en delito y situación de riesgo o hasta muerte, la vulnerabilidad y el abuso que él mismo genera, o que decide ignorar.
Aquí, a quince días del comienzo de este proceso, sin haber parado de sangrar, y a mes y medio de que lo que esperaba sería nuestra cría hubiese dejado de desarrollarse, mis hormonas del embarazo todavía son altas y el cuello de mi útero está sin dilatar. En la siguiente ecografía el saco negro está ya en proceso de descomposición y yo veo e ese bebè a mi lado varias veces al día. Unas lloro y otras ya no. Mi mundo ya ha cambiado y en estos días todos los avances y los retrocesos llevan al mismo lugar.
No me derrumbo, me levanto, como, hablo, trabajo; todo lo que atravesando la puerta de Urgencias hace quince días me dije que no haría. Pero gran parte del día pienso que lo justo sería hacerlo. Un momento, un instante. Una licencia de desaparición. Un hundimiento. Un naufragio, qué menos. Agradezco infinitamente la compañía que me apoya, que quiere verme bien y sonreír. Lo entiendo. Es muy difícil soportar el sufrimiento a nuestro lado de las personas que amamos. Pero también las nociones de fuerza deben transformar sus parámetros. A veces es preciso dejarse llorar, acompañar al cuerpo en su desgarro. Clamar por una vida que se fue. Y no porque considere que el saco negro de mi interior era una persona. Sino porque yo deseaba que lo fuera. Y eso marca todas las diferencias. Todas las licencias. Todos los naufragios.
Y hago todas las reconsideraciones que se me ocurren... con el paso de los días. No es fácil cerrar las puertas de la responsabilidad, hasta de esa palabra que rechazo, la culpa. Fui yo la que no conocía las estadísticas. Fui yo la que no estaba preparada para ese posible acontecimiento. ¿Fue un error contarlo demasiado pronto? De nuevo, ¿podría esa precaución, ese silencio amainar el dolor del presente? ¿A quién protegen esos tiempos de precaución? ¿A la madre y al padre para no tener que afrontar explicaciones incómodas? ¿O a una sociedad emocional y culturalmente incapaz de dar sustento a este duelo, de construir rituales de acogida y liberación de este dolor, de este luto, de esta muerte? Ninguna de estas son respuestas. Todo son preguntas. ¿Será que ampararse en la normalidad de los hechos y en las estadísticas legitima un balance y unas reacciones que lo que hacen es silenciar y desacreditar el dolor?
Me pregunto, ¿quién mide el dolor de la normalidad? ¿Quién atiende esa balanza?
Los debates con una misma pueden acontecer en silencio. Pero los que implican al mundo requieren ser expresados. Necesito continuar:
¿Por qué todas y todos nacemos y sabemos tan poco de lo que implica nacer?
Tú también naciste. Me pregunto si sabes algo de cómo fue, de lo que sintió tu madre al parirte, de cómo fue su embarazo. Claro, un tema menor. ¿A quién puede interesarle que acontezca semejante toma de conciencia? ¿Será que eso podría implicar un conocimiento y empatía que nos harían exigir respeto y apoyo (sí, más, mucho más) a las embarazadas y al proceso de parto? ¿Será que esto solo es interesante si decides tener un bebé y tienes que afrontarlo? ¿Será que ni siquiera entonces llega a parecerte interesante?
Podríamos decir, sin más, que cada persona hará como pueda, afrontará la pérdida a su manera y seguirá adelante lidiando con lo acontecido. Pero tenemos que saber, que para que eso sea posible, para tener la libertad de sentir sin morir sepultadas en el propio silencio es necesario que sean habilitadas, consideradas y acompañadas todas las maneras, todos los dolores, todas las dudas, todos los lamentos. Y hablo de todos los ámbitos de la vida, incluyendo por supuesto y con especial relevancia el médico y el laboral.
Y que nadie confunda ser fuerte con no llorar, con pasar por encima de los propios límites, con esconder las histerias (consultad la raíz etimológica de la palabra: del griego hyster, ‘útero’), con adaptarnos en silencio a las vicisitudes de la normalidad.
En el año 1978, Adrianne Rich comienza su conferencia ‘Maternidad. La emergencia contemporánea y él salto cuántico’ publicada en Ensayos esenciales. Cultura, política y el arte de la poesía (Capitán Swing) diciendo: “(...) En cualquier caso, las mujeres no necesitamos expertas sobre nuestras vidas, si no la oportunidad de nombrar y describir las realidades de las mismas, tal y como las experimentamos, junto con el correspondiente reconocimiento”.
Aquí seguimos, todavía.
Y si se me ocurre una respuesta. Nada de esto es para protegernos del naufragio, sino para mantener intacta la noción de fuerza bruta, patriarcal y bélica que la cultura hegemónica cimienta.
Feminismos
Relato dunha furgoneta roubada e un embarazo que perdemos
O dia 15 de novembro do pasado ano carrexo ata a miña furgoneta, coa axuda do meu compañeiro, os instrumentos para unha clase de Capoeira Angola no Centro Ágora da Coruña. Estou embaraza e non quero cargar peso. Ademais son unha chea de cousas. Berimbaus coas súas baquetas e caxixís, atabaque, pandeiro, agogó e recoreco penduran das nosas costas dando repiques de madeira. Semellaba o que tantas veces son: unha feirante.
Avanzamos polo rúa Posse, ao carón do parque Europa. Non vexo a furgoneta. Paro e penso se ese é o lugar onde a deixei. Si, o lugar é, máis a furgoneta non está. Volto pensar e ollo ao longo da rúa. A furgoneta non está. Chamo á grúa. Tampouco consta no depósito. Repaso mentalmente o último día que fun ata ela. Pasaron quince días. Achegárame a recoller o que puidera carretar antes de saír de viaxe. Recollín parte das dúas mostras de fotografía que desmontara días atrás, no café de Macondo da Coruña e no espazo Vaina de Betanzos. Outra parte destas mostras ficaría alí, dentro dunha maleta que medía a metade do que eu e pesaba non moito menos do meu peso. Estaba embarazada.
Pechei a porta, sabendo que non quedaba ben a furgoneta alí quince días sen mover, que aquela maleta chea das fotografías enmarcadas tampouco quedaba ben alí, e esquecendo que tiña a chave de reposto na guanteira. Varios erros xuntos, como tantas veces na vida. Xa arrastrara esa pesada maleta chea da mostra Nada me pertence, tudo faz parte de min outras veces, pero desta vez non ía facelo. E gústame carrexar peso ao límite das miñas posibilidades, facerme a forzuda. Pero desta vez non ía facelo. A noción de forza comezaba a transformar os seus parámetros. Viaxaba o meu corpo por outras dimensións ata agora descoñecidas, novos retos, outros pactos, un cansazo inverosímil, unha nova canle invisible que abría seus regos cara unha outra entraña dentro da miña. Estaba embarazada.
Adoito procurar explicacións para todo o que acontece, até embaixo das pedras. Non digo que sexa o mellor xeito de afrontar. É un mecanismo de defensa. Unha teima. Facelo nos momentos máis críticos pode ser perigoso. Mais ás veces xurde un pensamento confidente, a xeito de clareira. Íamos ter unha crianza, si. Aínda non pesquisara sobre se se podía ou non levar crianzas nunha furgoneta tendo só asentos dianteiros. Quizais tería que desfacerme da furgoneta. Desapegar. Ser práctica e priorizar unha loxística áxil. Ningunha das miñas virtudes. Quizais e só quizais, a furgoneta borrábase do meu camiño complicándome moito a mobilidade pero esfumando a necesidade de tomar unha decisión. Non son a única que desexa que o destino tome unha decisión por min, ou? Quizais e só quizais… Este pensamento alixeirou un chisco a carga. Ás veces xurde algo semellante a unha clareira. Atravesaba moi ilusionada o primeiro trimestre do meu primeiro embarazo. Estaba mallada. E moitas veces tiña medo.
Apúrome a por denuncia. O policía semella afeito á situación e dime que o máis probable é que apareza dentro duns días. Con todos os instrumentos aínda pendurados das costas, chego a tempo para dar a aula, incluída nun programa do Concello para ocio nocturno alternativo para a mocidade. Achéganse oito mozas ben ledas e dispostas. Cóntolles que me acaban de roubar a furgoneta. Non lles conto que estou embarazada.
Con ilusión e curiosidade busco libros sobre gravidez na biblioteca pública. Leo con atención moitas cousas e paso por riba algunhas outras. Os apartados de ‘posibles complicacións’ nos que ás veces reparo fanme sentir un baleiro no estómago e prefiro pasar a folla. Nalgún capítulo, entre as preguntas habituais do libro Que se pode esperar cando se está esperando? de Heidi Murkoff, leo: “Non me sinto embarazada, ¿é posible que o meu bebé estea morto no meu interior e non me decate?”. Síntome arrepiar ao lela. Aínda que non me identifico, esta pregunta permanece comigo ate o día de hoxe. Acende unha faísca que abre en min un novo xeito de entender a decisión e o desexo de xestar. Faísca que agora está en plena lumeirada e me leva a escribir isto, impulsada ademais polo estrondo do silencio que provoca unha xestación tronzada.
Leo as probabilidades dunha interrupción involuntaria do embarazo. Aborto espontáneo. Perda xestacional. Un de cada catro embarazos non chegan a ser nacementos. Lembro cando miña nai me contou que tivo un aborto antes de nacer meu irmán e máis eu. Só sei iso, que tivo un aborto. Leo que achegándose aos tres meses vai diminuíndo a porcentaxe de probabilidades de que aconteza. E conto as semanas. Dalgún xeito, a miña medida do meu tempo xa acadou esa outra dimensión.
Interésanme moito o corpo e as súas adaptacións e mudanzas, como nos configuran fisicamente os nosos hábitos e o xeito de levar a vida. Leo cousas coas que fico fascinada: bombearei un 50% máis de sangue, os meus órganos comezan a desprazarse lixeiramente a medida que meu útero medra, vou crear un novo órgano, a placenta, e o meu cerebro acollerá mudanzas que só a maternidade habilita, segundo conta Susana Carmona psicóloga e neurocientífica, no seu libro Neuromaternal: ¿Qué le pasa a mi cerebro durante el embarazo y la maternidad? (Ediciones B).
Tan invisiblemente, o meu corpo comeza a mudar; eu con el, xuntas medimos os movementos, apalpamos o imperceptible, cuestionamos o alimento. Cada vez que como, sinto que dentro de min un novo carreiro distribúe parte dos nutrientes cara algo tan decisivo como incerto, tan diminuto como inmenso, que fai mesmo tremer os límites do que significa a existencia. Esmérome. Todo irá ben.
A Renault Traffic segue sen aparecer. Pasan as semanas e comezo a dala por perdida. Tento pór da miña parte na procura e difundir pola miña conta coa axuda dos meus contactos. Para a miña sorpresa, o anuncio chega a ter bastante difusión. Nunca tiven tantos likes no Instagram, e varios xornais publican online a información. O día 21 de novembro sae na edición impresa de La Opinión de A Coruña: “Roban en A Coruña la furgoneta de la fotógrafa Sol Mariño con las obras de su última exposición dentro”.
Sete días despois desa publicación, sen nova ningunha, acudirei a Urxencias no Hospital Materno por un sangrado vaxinal que aumenta. Comezo un proceso de aborto espontáneo, e o mundo vénseme enriba. Ter en conta que isto pode acontecer non se asemella nada ao golpe bruto que me bate e ao duro proceso que se abre camiño.
Volto escoitar as cifras que lembro ter lido. Un de cada catro embarazos interrómpese involuntariamente. É normal. Paso a formar parte dunha porcentaxe de normalidade da que non agardaba participar. Son reflexo dunhas estatísticas usuais, e me din que non debo preocuparme. Asígnanme varias outras citas e dinme que terei un sangrado normal, tamén normal. Todo é normal. E que se o preciso, que volva.
Dígome en silencio, na compaña da miña tía e agardando a que chega a miña parella, que non volverei erguerme nin comer. Ao día seguinte e todos os que virán: érgome, como, e volto a Urxencias cunha dor coma nunca antes tivera. Unha dor normal, que traerá un sangrado como de regra normal e que segundo a médico que me atende habilítame a facer unha vida normal.
Durante as tres semanas seguintes, nas que non paro de sangrar, nas que a forte dor que sinto permíteme moverme só moi e moi lentamente, nas que emocionalmente me sinto destruída, pregúntome que será para aquelas xinecólogas unha vida normal.
No medio do bruto e ermo descampado no que me vexo, e que confundo comigo mesma, non podo evitar pensar que son un corpo falido. Falleime a min, ao bebé, á miña parella e a todo o arredor que xa sabía da nova. Non debía telo contado? Ter tido esa precaución podería diminuír realmente esta dor descomunal? De verdade? Se agora, o que fago é tolear por contar a berros as dúas novas xuntas.
Se o que máis preciso é aplacar o silencio que envolve a desaparición invisible dun ser que sinto máis nítido e palpábel que nunca, nesta constante despedida. Pregúntome que debo facer aquí para ser máis feminista? Darlle saída a esa sensación de fracaso e contemplala como posible, común, e parte do proceso de duelo? Ou negala por ser ao fin mentira, e poñer ao corpo da muller unha vez máis e sempre no cumio da responsabilidade dos acontecementos? Que digo para demostrar que expresar ese sentimento é parte do proceso para transformalo? E sobre todo, que abrirse á vulnerabilidade é clave na reconsideración de fortaleza que é preciso acoller. Non todo é pasar páxina. A folla que se pasa en branco por medo a ser vivida, agarda por ti en todos os capítulos que seguen.
Unha mañá, unha semana despois do comezo deste proceso de perda, soa o teléfono. Unha gran amiga e veciña está fronte á miña furgoneta perfectamente aparcada na praza da Cubela, no mesmo barrio no que foi roubada. Despois contarame como todos os días no seu paseo matinal poñía a intención en atopala. Penso no traballo de formiga dunha muller baixo as choivas de decembro polas rúas da cidade procurando co seu ollar unha furgoneta. Penso nos ineficientes paseos dos uniformados no seu coche patrulla, e no policía que naquel mesmo intre no que chamo á comisaría, dime que ate que eu chegue eles non poden facer nada, nin sequera agardar na contorna do vehículo os vinte minutos que eu poida tardar.
Chego. A furgo está en bastante boas condicións. Moi sucia e cheirenta, e repleta de lixo e trangalladas. A maleta coas fotografías non está. Se por algún lado atopades, por exemplo, unha fotografía enmarcada en dourado na que pode verse unha placenta sobre a terra a piques de ser enterrada, é miña, a foto. A placenta é de Valentina e Rayen, nai e filla, ás que acompañei no parto fai case dez anos, e ás que adico un poema no meu libro As alas da serpe (Aira Editorial).
A pechadura non semella forzada. O policía pregúntame se estou segura de ter pechado a porta con chave. Logo no taller ao que levo a reconfigurar a chave, o mecánico dime que esa porta ábrese con un pau de chupachups.
Estou sorprendida de recuperala. Alégrome moitísimo. Case que aínda non o creo. Máis non podo evitar unha e outra vez o mesmo pensamento...se eu puidese escoller un retorno...
Hoxe, a quince días de saber do meu proceso de perda xestacional sento na cama e escribo. Teño tanto para dicir e non consigo escribir nada. Sigo agardando a que o meu útero expulse os restos do saco da xestación, ese saquiño negro baleiro no que se torna a nosa expectativa de crianza, despois da primeira ecografía de urxencias, e que me fai quebrar por dentro.
Onte pola noite introducín na miña vaxina catro pastillas de Misoprostol, un medicamento indicado para doenzas gástricas e do que tiven coñecemento fai moitos anos na Arxentina, cando o aborto aínda era ilegal, como un dos procedementos máis comúns para interromper voluntariamente o embarazo.
Lembro de amigas miñas atravesando ese proceso, da dificultade de atopar as pastillas sen receita, do apoio mutuo e a coordinación para ter unha reserva delas dispoñíbeis, das charlas e teléfonos clandestinos informativos, das tantas historias de mulleres que tiveron que asistir ao hospital por complicación no proceso e espertaron alí esposadas á cama para ser acusadas de delito. Penso naquela rede de apoio, precaria con certeza en recursos monetarios pero inmensa en solidariedade, loitando por expandir coñecementos esquecidos e desprestixiados que foron ferramentas de vida e supervivencia, de saúde e liberdade durante xeracións. O Estado convirte en delito e situación de risco ou até morte, a vulnerabilidade e o abuso que el mesmo xera, ou que decide ignorar.
Aquí, a quince días do comezo deste proceso, sen ter parado de sangrar, e a mes e medio de que o que agardaba sería a nosa crianza deixara de desenvolverse, as miñas hormonas do embarazo aínda son altas e o pescozo do meu útero está sen dilatar. Na seguinte ecografía, o saco negro está xa en proceso de descomposición e eu vexo á nosa crianza ao meu carón varias veces ao día. Unhas choro e outras xa non. O meu mundo xa mudou e nestes días todos os avances e os retrocesos levan ao mesmo lugar. Non me derrubo, érgome, como, falo, traballo; todo o que atravesando a porta de Urxencias fai quince días me dixen que non faría.
Mais gran parte do día penso que o xusto sería facelo. Un chisco, un anaquiño. Unha licencia de desaparición. Un afundimento. Un naufraxio, que menos. Agradezo infinitamente a compaña que me apoia, que quere verme ben e sorrir. Enténdoo. É moi difícil soportar o sufrimento ao noso carón das persoas queridas. Mais tamén as nocións de forza deben transformar os seus parámetros. Ás veces é preciso deixarse chorar, acompañar ao corpo no seu berro de dor. Laiar por unha vida que se foi. E non porque considere que o saco preto do meu interior era unha persoa. Senón, porque eu desexaba que o fora. E iso marca toda a diferencia. Todas as licencias. Todos os naufraxios.
E fago todas as reconsideracións que se me ocorren...co paso dos días. Non é doado pechar a cancela da responsabilidade, ata desa palabra que rexeito, a culpa. Fun eu a que non coñecía as estatísticas. Fun eu a que non estaba preparada para ese posible acontecemento. Foi un erro contalo demasiado pronto? De novo, podería esa precaución, ese silencio amainar a dor do presente? A quen protexen eses tempos de precaución? A nai e ao pai para non ter que afrontar explicacións incómodas? Ou a unha sociedade emocional e culturalmente incapaz de dar sostén a este a duelo, de construír rituais de acollida e liberación desta dor, deste loito, desta morte? Ningunha destas é resposta. Todo son preguntas. Será que ampararse na normalidade dos feitos e nas estatísticas lexitima un balance e unhas reaccións que o que fan é silenciar e desacreditar a dor?
Pregúntome, quen mide a dor da normalidade? Quen atende esa balanza?
Os debates con unha mesma poden acontecer en silencio. Mais os que implican ao mundo requiren ser expresados. Preciso continuar:
Por que todas nacemos e sabemos tan pouco do que implica nacer?
Ti tamén naciches. Pregúntome se sabes algo de como foi, do que sentiu a túa nai ao te parir, de como foi o seu embarazo. Claro, un tema menor. A quen pode interesarlle que aconteza semellante toma de conciencia? Será que iso podería implicar un coñecemento e empatía que nos fixeran esixir respecto e apoio (si, máis, moito máis) ás embarazadas e ao proceso de parto? Será que isto só é interesante se decides ter unha crianza e tes que afrontalo? Será que nin sequera entón chega a semellarte interesante?
Poderiamos dicir, sen máis... que cada persoa fará como poida, afrontará a perda ao seu xeito e seguirá adiante lidando co acontecido. Mais temos que saber, que para que iso sexa posible, para ter a liberdade de sentir sen morrer sepultadas no propio silencio é necesario que sexan habilitados, considerados e acompañados todos os xeitos, todas as dores, todas as dúbidas, todos os laios. E falo de todos os ámbitos da vida, incluíndo por suposto e con especial relevancia o médico e o laboral.
E que ninguén confunda ser forte con non chorar, con pasar por riba dos propios límites, con agochar as histerias (bótese un ollo á raíz etimolóxica da palabra: do grego hyster, ‘útero’), con adaptarnos en silencio ás vicisitudes da normalidade .
No ano 1978 Adrianne Rich comeza a súa conferencia Maternidad. La emergencia contemporánea y el salto cuántico, publicada en Ensayos esenciales. Cultura, política y el arte de la poesía (Capitan Swing) dicindo, en tradución miña ao galego: “(...) E en calquera caso, as mulleres non necesitamos expertas sobre as nosas vidas, senón a oportunidade de nomear e describir as realidades das mesmas, tal e como as experimentamos, xunto co correspondente recoñecemento”.
Aquí seguimos, aínda.
E se se me ocorre unha resposta. Nada disto é para protexernos do naufraxio, senón para manter intacta a noción de forza bruta, patriarcal e bélica que a cultura hexemónica cimenta.