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Pensamiento
Cibercapitalismo y tiempo: una disputa por la emancipación
El realismo capitalista es el rasgo sociohistórico más característico del capitalismo actual. Mark Fisher lo define, básicamente, como una “atmósfera general que condiciona no solo la producción de la cultura, sino también la regulación del trabajo y la educación, y que actúa como una barrera invisible que impide el pensamiento y la acción genuinos”.
Es decir, de manera simultánea a esta creciente victoria material, que se traduce en una victoria cultural, la idea de que no hay alternativa se va expandiendo, se generaliza, y la conciencia de la clase trabajadora retrocede a mínimos históricos. El subyugado en el sistema capitalista pierde la conciencia de grupo; por tanto, todo el malestar se canaliza hacia lo individual.
Además, añadido a esta tesitura, se añade un horizonte de posibilidad donde la escasez puede, por primera vez, hacerse frente. En otras palabras, el sistema capitalista y el desarrollo tecnológico que ha habilitado abren un camino donde se puede abordar la escasez y la necesidad con garantías. Sin embargo, el problema, bien como Herbert Marcuse planteaba, no está en la falta de recursos, sino en la distribución y la apropiación de la mayoría de ellos por parte de los capitalistas.
El problema del capitalismo no es la escasez, sino la reproducción de la escasez; la producción de una escasez artificial tendiente a ocultar la abundancia
Actualmente, la clase capitalista, al ser dueños de los medios de producción, ostenta la capacidad de producir y reproducir la vida social. Esto conlleva una enajenación de la vida en sí, al sernos arrebatada la autonomía para relacionarnos con el medio. El problema del capitalismo, por tanto, es el problema que generó dicho sistema ya en su génesis con la acumulación originaria. Con este concepto, Karl Marx nos describía un proceso histórico en el que las masas trabajadoras fueron despojadas de los medios de producción y subsistencia, quedando obligadas a vender su fuerza de trabajo para sobrevivir. Este despojo inicial permitió la concentración de la propiedad en manos de una minoría y sentó las bases para la división estructural entre capital y trabajo que caracteriza al sistema capitalista. En este sentido, el problema no es solo la escasez en términos absolutos, sino cómo esta es fabricada y gestionada a través de una dinámica que perpetúa la desigualdad y la alienación.
Es este punto clave para entender cómo el tiempo se nos es arrebatado en este sistema, donde, a partir de lo material, nuestra vida deja de pertenecernos: el problema del capitalismo no es la escasez, sino la reproducción de la escasez; la producción de una escasez artificial tendiente a ocultar la abundancia, podríamos decir, y una escasez de tiempo tanto como de bienes, servicios, etc. Marcuse dice que, una vez superada la escasez, el capitalismo tiene que esforzarse al máximo para impedir la posibilidad de que las personas determinen sus propias vidas y se comporten de una manera más autónoma. Yo diría que este es, en cierto sentido, el motor del surgimiento del realismo capitalista, y el neoliberalismo es parte de ello: tener que estar constantemente frustrando el potencial advenimiento del postcapitalismo, la posibilidad de que las personas vivan de formas que estén más allá de los imperativos del capitalismo (Mark Fisher: 59).
La guerra del tiempo en el capitalismo tecnológico
Uno de los grandes problemas que las sociedades tecnológicas han de enfrentar es la gestión y construcción social del tiempo. Vivimos tiempos rápidos, acelerados y vertiginosos, a la vez que buscamos tiempos de pausa, distendidos o dilatados, donde podamos echar el freno para tomar un poco de aire.
La aceleración ha irrumpido en la vida cotidiana de tal manera que todo queda sumergido bajo lo que podríamos llamar la ideología fast food. El tiempo dedicado a la vida cotidiana ha mutado en un tiempo cotidiano vivido rápidamente, y totalmente supeditado a la producción del capital. Se ha inculcado la necesidad de satisfacerlo todo al instante, y es por ello que no podemos parar ni tomar un tiempo para cocinar tranquilamente, tomarnos un café con calma, cuidarnos unas a otras con atención, ni mucho menos disfrutar de un tiempo distendido en compañía de las personas más cercanas. Todo queda sometido a la ideología neoliberal de vivir rápido, producir más y consumir todo el tiempo de ocio que podamos. La ideología fast food te invita a ir al gimnasio el máximo de día que puedas, convertirte en “una persona de valor”, mercantilizar tu cuerpo, ser resiliente, vivir el momento, ser sociable, no decaer frente al cansancio, estar actualizado frente a las modas, aprendiendo idiomas, formándote, siendo un buen empleado y adaptándote a un ritmo impuesto y esquizofrénicamente rápido.
La aceleración ha irrumpido en la vida cotidiana de tal manera que todo queda sumergido bajo lo que podríamos llamar la ideología fast food
Pero en todo esto hay una gran confusión. El neoliberalismo no acelera, sino que impone su propia velocidad. El capitalismo, como nos recuerda el crítico cultural Benjamin Noys, confunde la velocidad con la aceleración y busca, mediante la velocidad del capital, seguir imponiendo su forma de ser fast. Es más, el capitalismo neoliberal no puede, por su propia naturaleza capitalista, acelerar; sus propias lógicas de explotación en el corto plazo y la maximización de beneficios se lo impiden, haciendo que todo lo que pudiera ser acelerado, como la producción para llegar a un estado de abundancia, la automatización del trabajo para acelerar fuerzas liberadoras de las tecnologías o la incorporación de tecnologías de la alimentación para abordar los problemas ecológicos de un sistema de producción cárnica a escala industrial, quede frenado. Es decir, el capitalismo está en contra del propio proceso de aceleración de los avances enfocados a la emancipación del trabajo y la clase trabajadora actual.
El derecho al tiempo: un lujo únicamente capitalista
Pero lo más interesante es ver cómo el capitalismo, a nivel cultural, sí que imprime en los imaginarios colectivos un dibujo donde todas estas ventajas de un mundo con tiempos dilatados, post-escasez, post-trabajo y de una vida ecológica, sí que son vividas, pero vividas por las clases capitalistas, aquellas que pueden gozar de los frutos tecnológicos mientras las clases trabajadoras siguen sometidas a un trabajo alienante y a unas condiciones de vida pésimas y denigrantes. Y esto, en vez de despertarnos la necesidad de reapropiar, reorientar, reorganizar y reconfigurar las tecnologías en un mundo postcapitalista, nos lleva a desear ser como esas clases capitalistas, aquellas que viven de la explotación y la velocidad de los flujos económicos.
Este proceso de identificación con los imaginarios y arquetipos de figuras del éxito neoliberal es una consecuencia directa del realismo capitalista y de la hegemonía material, política e ideológica del capital; dimensiones que se han reforzado aún más, si cabe, en este segundo milenio.
Por ejemplo, actualmente, las figuras arquetípicas de éxito se encapsulan en aquellos hombres de negocios, los emprendedores, los guerreros solitarios que consiguieron escalar en la supuesta pirámide social meritocrática; véanse ejemplos como Bill Gates, Steve Jobs o Elon Musk, o los homónimos españoles como Juan Roig o Amancio Ortega. Todos ellos magnates capitalistas, blancos y heterosexuales. La figura del trabajador (hombre, blanco y proletario fordista), que tenía una carga positiva gracias a ser los protagonistas de la reconstrucción de Occidente después de la Segunda Guerra Mundial, se fue diluyendo. Y aunque esta figura dejaba de lado una gran cantidad de identidades proletarias y minorías oprimidas por el capitalismo fuera, cristalizaba la conciencia del movimiento obrero del Siglo XX.
Sin embargo, después de la ofensiva neoliberal, iniciada por Margaret Thatcher y Ronald Reagan en los países anglosajones, los gobiernos de corte socialista fueron cayendo, ya sea por la vía violenta o a través de una ofensiva cultural sin precedentes, que se ha intensificado con el surgimiento de Internet y los espacios de comunicación online dominados por los grandes conglomerados tecnológicos de Silicon Valley (Facebook, Twitter, Instagram, etc.). Así las figuras empresariales se asentaron como espejo identitario; mostrándose a la clase trabajadora como un ejemplo a seguir, con el cual podían y se debían identificar, aunque dichas figuras fueran, en la vida real, la cristalización de la explotación de todo el proletariado.
En la industria cultural, la salvación siempre parte de una acción individual cristalizada en el protagonista/elegido, dejando fuera toda acción guiada por la organización colectiva
Sobre esta aplastante hegemonía se esconde el realismo capitalista del que nos habla Mark Fisher, así como el concepto, que recupera Kodwo Eshun, de capitalismo ciencia-ficción o SF-Capital; ambos muestran, una vez más, cómo la utopía queda fagocitada por el capitalismo, quien nos vende, desde sus distópicas películas, que la salvación no está en la revolución, sino en el esfuerzo individual para llegar a ser como las clases capitalistas. Véanse ejemplos de la industria cultural como Los juegos del hambre, Years and Years, Ready Player One, Matrix, El corredor del laberinto, etc., donde la salvación siempre parte de una acción individual cristalizada en el protagonista/elegido, dejando fuera toda acción guiada por la organización colectiva y toda propuesta de cómo se construye una alternativa con detalle.
Pero también es Mark Fisher quien, recurriendo a la imaginación del tiempo en la contracultura psicodélica, invita a repensar el tiempo fuera del realismo capitalista. Un tiempo dilatado donde realmente podamos disfrutar; un tiempo dilatado de ocio, de cuidado mutuo, de calidad; un tiempo dilatado que el SF-Capital pone como ideal para el disfrute y goce de las clases capitalistas.
En consecuencia, podemos preguntarnos: ¿pueden las clases trabajadoras y oprimidas vivir una época de aceleración con tiempos dilatados? La respuesta, si se quiere alcanzar el postcapitalismo, es sí. No obstante, esta es una situación que hemos de desear colectivamente, no para alcanzar la distopía capitalista, sino para la emancipación de las clases oprimidas del trabajo, tiempo y escasez capitalista. Las tecnologías al servicio del capitalismo no nos llevarán al postcapitalismo ni a la emancipación de este, sino que seguirán subyugadas al cibercapitalismo que, gracias a las tecnologías de minería, estructuración y análisis de datos, seguirá imponiendo su velocidad para la explotación y rentabilidad económica de personas, animales y ecosistemas.
Pensar en la reapropiación, reorientación, reorganización y reconfiguración de las tecnologías para alcanzar el postcapitalismo implica acelerar las tecnologías de tal manera que permita construir tiempos dilatados. Un tiempo que podemos arrebatarle al SF-Capital para construirlo colectivamente y ponerlo al servicio del bienestar de las clases oprimidas. Para todo lo descrito, debemos organizarnos políticamente, con la simple y colosal intención de recuperar nuestro tiempo de vida.