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En el margen
Laurent Leger-Adame: “Fotografiar cuerpos negros añade narrativas que no están en la fotografía mainstream"
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Nacido en Saint-Benoît, en la Isla de la Reunión, Laurent Leger-Adame se trasladó a los 4 años con sus padres a París, aunque también ha vivido en EE UU, Argentina y España, donde reside actualmente.
Fotógrafo “de retrato intimista”, forma parte del equipo de Espacio Afro, realiza la producción del programa divulgativo África en un clic y participa en el proyecto Afromayores, todos ellos encaminados a visibilizar la realidad de la comunidad afrodescendiente. Además, dirige la revista digital Melancolie Mag y ha empezado un proyecto personal, “Amapolas al viento”, en el que cuestiona a través de imágenes la idea tradicional de la masculinidad negra.
¿Cómo vives el ser francés de un territorio insular tan alejado del país continental?
Cuando eres pequeño no te das mucha cuenta, pero al crecer entiendes que, por mucho que queramos sentirnos franceses y nos digan que es un departamento igual que otro, en realidad somos ciudadanos de segunda categoría y te lo recuerdan constantemente. En mi caso, me consideraba más parisino porque he crecido allí, pero cuando te preguntan de dónde eres y dices que eres de La Reunión, responden con un condescendiente: “Aaah…”.
¿Crees que es correcto que Francia siga manteniendo esos departamentos insulares tan alejados de la Francia continental?
Personalmente creo que no. Tenemos tantas cosas distintas a las de la metrópoli… Yo me imagino la isla de La Reunión como territorio independiente y me gustaría que fuese así.
¿Qué ventajas tendría la independencia para esos departamentos?
Como cualquier territorio independiente, poder elegir su propio gobierno, hacer sus propias leyes y elegir lo que el pueblo quiere de su país.
¿Cómo recuerdas tu infancia y tu adolescencia en París en esa época?
Si considero la época anterior al instituto, más o menos todo bien. Yo he crecido en un barrio migrante donde las personas blancas francesas escaseaban. Estábamos rodeados de personas de ascendencia árabe, judía, africana y caribeña. Mi infancia fue una infancia de niños que todavía no estaban expuestos a la discriminación porque todos compartíamos algo similar.
Después, cuando entré en el instituto, me di cuenta de cómo todo el sistema está construido para que los franceses racializados continúen discriminados. Cuando había reuniones conjuntas de padres, alumnos y profesores, estos últimos nos decían a las personas racializadas que igual deberíamos orientarnos a la FP, mientras a un niño blanco le decían que veían potencial en él. El sistema hace de todo para que los niños blancos tengan más acceso al sistema educativo superior, es por eso que en mi época no veías tantos universitarios que no fueran blancos.
París es una ciudad muy cosmopolita, al menos en apariencia. Me gustaría saber si crees que ese cosmopolitismo se refleja en la aceptación de la sociedad.
Lo que sí es cierto es que desde pequeño podías ver personas racializadas con traje yendo a la oficina en las que podías reflejarte. Sin embargo, en los hospitales te dabas cuenta de que todo el personal de cuidados era racializado, la mayoría de ellos isleños. Porque hay que distinguir lo que es ser negro del continente africano o negro de las islas. A nosotros nos ven un poco mejor, algo más franceses, aunque siempre con una mirada de condescendencia. Los otros son “cuartas y quintas generaciones”.
¿Qué piensas de esa idea de, ya no las segundas, sino hasta las cuartas y quintas generaciones? ¿Crees que es una manera correcta de clasificar a la población?
No, es una manera de recordarte que nunca vas a ser francés del todo. Yo tengo una relación de amor/odio con mi país. Me pasó en el anterior Mundial, una persona me decía: “Pero, vamos a ver, ¿quiénes son franceses en ese equipo?”. Se centran mucho en el color de piel, pero, si ves el Estado francés, también hay muchos Martínez y Hernández que vienen de huir de la dictadura española y a los que nadie cuestiona de esa manera.
O sea, por lo que me estás diciendo, el racismo en Francia es todavía muy palpable.
Muchos te dirán que no, que ha habido un cambio, pero ese cambio no es tan real. Es cierto que se ve cada vez más gente racializada con medios económicos, pero te cuesta el doble o el triple llegar a ese nivel.
En tu juventud en Francia, ¿tenías referentes en los que reflejarte?
No, yo me iba a EE. UU. Entonces no tenía ni idea de la violencia policial e institucional que hay en EE. UU. En mi época era el país en que una persona negra lo podía conseguir todo. Cuando encendías la televisión, podías ver personas negras actuando, por ejemplo, mientras que hasta hace 10 años veías películas rodadas en París en la que no aparecía ni una sola persona árabe o negra en el fondo. No es que no quisiera, es que no podía verme reflejado.
¿Has vuelto muchas veces a la isla de La Reunión?
Si, varias veces. Amo mi tierra, la isla de La Reunión. Aunque allí yo soy el chico parisino, yo me siento en mi tierra porque he vivido esa cultura en mi casa de París gracias a mis padres.
¿Cómo te definirías ahora mismo habiendo vivido en tantos países?
No diré lo clásico de que soy ciudadano del mundo, pero si recurriría a ese dicho japonés que dice que “una persona es lo que es en cualquier habitación en la que esté”. Soy una persona reunionense, con nacionalidad francesa, residiendo en España y viviendo la cultura del lugar en el que esté.
¿Cómo empezaste con el mundo de la fotografía?
A la fotografía llegué tarde. Yo me considero fotógrafo profesional desde 2013, cuando tuve mi primer gran contrato para una agencia de publicidad. Trabajé con el banco Sabadell y se pudieron ver mis fotos por todo Bilbao.
Empecé haciendo fotos a actores y actrices. Estudiaba dirección de fotografía en una escuela de cine de Bilbao y en aquel entonces me enfocaba más en el mundo de la iluminación, pero un día una actriz amiga me pidió hacer un book para actores que lo necesitaban y poco a poco la gente empezó a llamarme.
Cuando viviste por un tiempo en EE. UU., ¿seguiste con la fotografía?
Sí, y trabajé como nunca en mi vida. Hacia retratos, fotos para artistas y mucho trabajo para empresas. Siendo francés, la gente te percibe como una personalidad artística. El hecho de ser francés y negro sorprendía mucho allí porque somos invisibles en los medios franceses. Todo esto curiosamente jugaba a mi favor. Lo que más me gustaba de EE. UU. es cómo la gente valoraba mi portfolio inicial. No escatimaban en el precio porque les encantaba mi trabajo.
¿Con qué grandes empresas has trabajado en el mundo de la fotografía?
Con Microsoft, Banco Sabadell, elDiario.es y otros medios europeos. Y con muchas empresas medianas estadounidenses cuando estuve residiendo allí.
¿Es cuando regresas a España que empiezas con el proyecto de fotografiar a personas afrodescendientes?
Sí, el deseo de ese proyecto nació durante la pandemia y tuvo que ver con los efectos de la muerte de George Floyd, ya que además yo acababa de volver de EE.UU. Veía en mi portfolio muchas fotos de personas blancas y me parecía que estaba reviviendo la ausencia de referentes de mi infancia. Además, cuando eres padre, tus prioridades cambian y no quería que mi peque viviese lo mismo que yo.
Sigo siendo un fotógrafo y trabajo si me contratan, pero mi proyecto personal es el de fotografiar y visibilizar a personas afrodescendientes.
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¿Qué aporta a la fotografía el hecho de fotografiar cuerpos negros?
Fotografiar cuerpos negros es añadir narrativas que no están presentes en la fotografía mainstream. Es mi forma, además, de contribuir a la escasísima representación de las personas negras. Yo no soy activista de escribir ni de ir a coloquios y hablar sobre racismo porque no me siento capaz. Hacer fotos para mí es un placer, me viene naturalmente. Y esa es la mejor, si no la única, manera a través de la hago activismo.
'Mira, mamá, una mujer con el pelo como yo'. Es por ese tipo de cosas que hago este trabajo. Ese es mi aporte a la fotografía
Para mí es supersatisfactorio que haya gente que ve mi trabajo y se sienta reflejada. Una compañera con la que he trabajado me dijo que le hubiera encantado ver cuando era pequeña un portfolio como el mío. Por ponerte un ejemplo, cuando fotografié para el tercer número de mi revista, Melancolie Mag, a Asaari Bibang y a Thimbo Samb, una madre publicó en Instagram un comentario que se convirtió en el mejor cumplido que me han hecho. Dijo que su hija había visto mis fotos y le había dicho: “Mira, mamá, una mujer con el pelo como yo”. Es por ese tipo de cosas que hago este trabajo. Ese es mi aporte a la fotografía.
O sea, que además de hacer activismo, consideras que aportas referentes a los niños y niñas afrodescendientes que están hoy creciendo en España.
Exactamente. Ya vemos que en los medios no se da cabida a las personas afrodescendientes; aunque algunos intentan abrirse un poco, aún queda muchísimo trabajo. Yo quiero darles referentes a estos niños y niñas.
¿Qué dificultades tiene el hecho de fotografiar pieles negras?
Es cierto que las cámaras están hechas para pieles blancas, pero si sabes usar tu cámara no es tan complicado. Di una clase en Bilbao sobre el tema. También hace poco me entrevistaron sobre la tarjeta Shirley, el método problemático de revelado de fotos que usaba un balance de colores construido a partir de una modelo sólo blanca llamada Shirley y que, por tanto, no reproducía todos los todos de piel, sobre todo los tonos negros. No es cuestión de ciencia, es de disposición para saber iluminar esas pieles, pero no es complicado. En mi opinión, si investigas un poco, lo haces.
¿Piensas que las personas blancas que fotografían afrodescendientes pueden conseguir los mismos resultados que una persona afro?
Pienso que yo tengo un plus sobre ellas y la prueba es que todas las personas que pasan por mi estudio se sienten mucho más cómodas conmigo. Hacer un retrato es crear una conexión entre el fotógrafo y el modelo y, si la persona no viene con prejuicios sobre cómo va a ser tratada, la sesión sale mucho mejor.
¿A cuántas personas afrodescendientes habrás fotografiado hasta el momento?
Unas 70. Una persona me va pasando a la otra y así sucesivamente. Lo que quiero es fotografiar a gente que ya está establecida, pero también a gente que tiene talento, pero no tiene tanta repercusión.
¿Cómo defines tu fotografía?
Yo soy retratista minimalista. Uso pocos recursos de iluminación y quiero dar todo el foco a la persona para sacar lo mejor de ella y acercarla a otras personas.
Eres director de la revista digital Melancolie Mag. Háblame de ese proyecto.
Ese proyecto tiene mucha influencia de mi estancia en EE.UU., donde es claro que, si los medios quieren, se puede hacer. Mi sueño es que un día un mecenas me financie la revista para poder hacerla en papel y tener más medios para poder ser como un Ebony Magazine pero a la española, porque soy un fotógrafo que ama tener fotos en la mano. No hay nada más bonito y palpable que tener una foto en la mano, la ves de otra manera, y me gustaría que la gente tuviera esa experiencia con la revista.
¿Cuántos números has sacado hasta ahora de la revista Melancolie Mag?
Unos 15. No tengo una periodicidad fija porque carezco de los medios para hacerlo. Si tuviera más recursos, más gente podría dedicarse a escribir para completar las fotos y ampliar el contenido. Ahora me gustaría hacer un número especial de afroargentinos.
¿Cuáles son las líneas de futuro que quieres llevar con la revista?
Hacer algo más frecuente, con más contenido y que tenga más personas involucradas. Me gustaría hacer algo parecido a Ebony Magazine, como te he comentado, y tratar también otros temas e, incluso, poco a poco, poder incluir a otros fotógrafos para que también participen. Me gustaría tener un equipo mayoritariamente racializado porque cuando tratamos estos temas hay cosas que ya sabemos y no necesitamos explicarnos entre nosotros.
En España hay un racismo más bien paternalista, en el que te tratan como el pobrecito de un país no desarrollad o como un depredador sexual en el caso de los hombres. En EE. UU. eres siempre una amenaza en potencia
Has vivido en tantos países diferentes, ¿crees que hay racismo en todas partes?
Sí, racismo hay en todas partes, pero es diferente en cada país.
¿Diferente en qué sentido?
Aquí, en España, sería un racismo más bien paternalista, en el que te tratan como el pobrecito de un país no desarrollad o como un depredador sexual en el caso de los hombres. En EE. UU. eres siempre una amenaza en potencia. En Francia hay una mirada más colonial, eso de: “No te olvides que no eres francés del todo y que deberías estar agradecido por todo lo que te da Francia”. En Argentina, en cambio, también hay racismo, pero me parece que este es del tipo más cruel porque se niega tajantemente la existencia de personas afrodescendientes y me remito a la frase que dijo el ex presidente Medem: “Aquí no tenemos negros, eso es un “problema” de Brasil”. Eso sí, lo que es común en todas partes del mundo es la hipersexualización, esa idea recurrente del negro con un pene enorme.
También impartes cursos, ¿no?
Sí, lo he hecho un par de veces, pero me gustaría trabajar más en ese aspecto. Me parece importante transmitir mi experiencia y sabiduría, así como una mirada diferente a la que la gente está acostumbrada.
¿Cuál fue tu colaboración en el espectáculo Blackbird del artista circense Marco Motta?
Ahí filmé el espectáculo y realicé el making off. Aunque sí le di ideas para la iluminación, no fui finalmente yo el encargado de hacerla.
Tienes otro proyecto junto a la periodista Lucía Mbomio, llamado Afromayores, ¿de qué trata?
Un día, charlando con Lucía, me comentó que si estamos viviendo todo este proceso de revolución con la afrodescendencia es también gracias a que ha habido gente antes que nosotros. La idea del proyecto es pensar que “somos porque fueron”.
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Ahora hemos finalizado la primera temporada, con 8 afromayores, la gran mayoría procedentes de Guinea Ecuatorial, y vamos a empezar la segunda, en la que habrá más variedad en el origen de las personas entrevistadas, con países como Marruecos, Camerún, Cuba o Cabo Verde.
El proyecto consta de una entrevista, realizada por Lucía, junto con unos retratos, realizados por mí. La entrevista la realizamos siempre en la casa de esas personas y compartimos un desayuno con ellas y ellos.
Las fotos han estado expuestas en Madrid, en Centro Centro y en la Casa Encendida. En esta última ha estado durante más de un año. En principio iba a durar dos días, pero vieron el interés que despertaba en el público y decidieron prolongarlo. La exposición también ha viajado un poco, porque la hemos presentado en Alemania y estamos en contacto con gente interesada en llevarla a Brasil y a otros países.
Estamos muy contentos con este proyecto porque disfrutamos escuchando a las personas mayores explicando cómo han vivido la España de hace 40 ó 50 años. Hay momentos en los que te ríes de verdad y otros en los que lloras, pero siempre te emocionas.
¿Es difícil compaginar tantos proyectos a la vez?
Es cuestión de organización, sobre todo cuando tienes un peque, porque nosotros no tenemos aquí abuelos que puedan hacerse cargo. Pero, cuando se trata de mi trabajo, soy muy organizado y metódico. Además, últimamente tengo la ayuda de una compañera, Zira Zirelys, que se encarga de mis redes y de mi agenda. Es puertorriqueña y nos llevamos muy bien porque los dos somos isleños y de territorios colonizados.
¿Qué aporta a tu trabajo el hecho de tener un equipo?
La cosa fluye más y mejor y me permite quitarme carga de trabajo. A Zira la contraté porque soy muy malo con las redes sociales y con la escritura y ella me ayuda mucho en ese sentido.
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Has estado 6 meses viviendo en Argentina durante el año pasado, ¿cómo ha sido la experiencia?
Muy rica, porque he podido conocer a una población que sí que existe, aunque esté invisibilizada, la comunidad afroargentina, que me ha abierto sus puertas. A través de ella, he podido hacer también contactos con la comunidad haitiana de Argentina, que es bastante numerosa. Destacaría a Robby Glésile que tiene un libro que se llama “Papiyon Nwa”, y también una emprendedora activista, Anna Casimir, que ha abierto un restaurante y un centro cultural haitiano en Buenos Aires.
Próximamente me gustaría también visitar Brasil, donde creo que hay muchas cosas interesantes.
¿Qué une a las comunidades afrodescendientes de las distintas partes del mundo?
Aunque sea de distintas formas, un tipo de cultura que se ve reflejada en la comida, la música o la forma de educar a niños y niñas. Por ejemplo, la isla de La Reunión comparte muchas cosas con Brasil, comida, música y también la capoeira, que nosotros también tenemos, aunque la llamamos moringue. Ambos, capoeira y moringue sabemos que son originarios de Angola.
Y las experiencias de discriminación, ¿piensas que son similares?
Todo depende de la idiosincrasia de cada país, la historia colonial que ha vivido y la cantidad de población racializada que tenga. Pero sí que diría que hay un estereotipo universal: la hipersexualización y el miedo que producen los cuerpos negros. Precisamente por eso comencé con el proyecto Amapolas al viento.
¿Has realizado más exposiciones de tu fotografía o tienes pensado realizarlas?
Sí, he hecho varias. De las últimas destacaría las del proyecto Afromayores en la Casa Encendida y en la Universidad de Bremen. El proyecto de Amapolas al viento ha sido expuesto en Barcelona gracias a Quinny Martínez, que me ha ayudado en esa parte. El verano pasado también he realizado una exposición en el Instituto Francés sobre personas LGTBIQ en el mundo del deporte, concretamente un equipo de rugby que se llama Los titanes, como parte de un proyecto del fotógrafo Émilien Buffard conocido como “Sport Friendly”.
¿Cómo seleccionas a tus modelos?
Doy prioridad a gente que tiene talento, pero le falta un empuje porque busco potenciar nuevos perfiles. También, si veo una cara interesante, aunque no hablo estrictamente de belleza, sino de una expresión o de verles algo en la mirada, siento que me interesa fotografiar a esa persona. En mi caso, no me interesa tanto la belleza pura y dura como una expresión especial que me llame la atención.
Como mi portafolio contiene más personas negras, muchas personas me leen como “el fotógrafo de los negros”. Eso al principio me ponía muy nervioso porque parecía que solo podía hacer esas fotos. Si yo fuese blanco, sería el blanco atrevido que denuncia o que explora nuevas realidades, pero al ser una persona racializada me catalogan en un determinado espectro profesional. Eso se ha materializado en que tengo menos personas blancas que me llaman y a nivel de mi cuenta bancaria me ha perjudicado, pero duermo de maravilla y creo que mi hije en un futuro podrá decir que ha visto gente como su padre o su abuelo fotografiados.
Antes me has hablado de Amapolas al viento, tu último proyecto. ¿En qué consiste?
Este proyecto nació porque algunas hermanas me felicitaban por fotografiar a los hombres negros de una forma diferente, digamos que más sensible, en la que muestro también su vulnerabilidad y me alejo del estereotipo clásico del hombre negro como fuerte, poderoso e hipermasculino. Mis fotografías les mostraban otra imagen, más amplia, del hombre negro porque hay múltiples formas de vivir la masculinidad afro. Eso es lo que he intentado captar en este proyecto, que es una exposición fotográfica compuesta de retratos de hombres negros y que explora la masculinidad de una forma distinta. Hay personalidades de la comunidad afrodescendiente que han participado en este proyecto prestándome su imagen.
¿Te ha costado mucho plasmar en imagen esa idea distinta de la masculinidad negra?
No, porque, aunque suene raro, es algo que tengo muy interiorizado. Al final es mi forma de verlos.
El nombre Amapolas al viento tiene una conexión bastante personal con mi historia. De pequeño jugaba a las barbies en casa de una prima mía que vive en el campo, donde siempre veía muchas amapolas, que son unas flores que siempre me han fascinado porque son de aspecto frágil, pero tienen mucha textura. Además, florecen donde les da la gana y, allí donde lo hacen, destacan. Por supuesto, me veía obligado a esconder las barbies cuando llegaban mis tíos. Esto es algo que he hablado con otros hombres negros que se han visto reflejados en mi experiencia, en el sentido de que teníamos que ser niños que no podían jugar con todo tipo de juegos sino responder a unas expectativas determinadas casi desde el momento en que nacimos.
He tenido la fortuna de exponer este proyecto en Barcelona, en la galería El sitio, y tuvo muy buena acogida. Ahora me gustaría poder llevarlo a otras ciudades.
Tenemos que luchar contra ideas preconcebidas y estereotipadas, como la hipersexualización del hombre negro, que cuestiono en el proyecto de Amapolas al viento
Tanto el proyecto de Afromayores como el de Amapolas al viento los llevaste a la Universidad de Bremen para explicarlos y exponerlos allí. ¿Qué tal fue la acogida que tuvieron?
Muy buena, porque allí pasa un poco como en España: existe población afrodescendiente, pero está infrarrepresentada. La gente me decía que son proyectos muy necesarios porque tenemos que luchar contra ideas preconcebidas y estereotipadas, como la hipersexualización del hombre negro, que cuestiono en el proyecto de Amapolas al viento, o la idea de que las personas afrodescendientes acaban de llegar al país, que se rebate con Afromayores.
¿Cuáles son tus próximos proyectos?
Llevo un tiempo trabajando con Sani Ladan en la producción de “Africa en un click”. También hemos empezado a grabar la segunda temporada de Afromayores, como te he comentado antes, y estamos conversando sobre algunos proyectos con Lamine Thior y Asaari Bibang de los que todavía no puedo dar muchos detalles.