Elecciones autonómicas
La unidad de la izquierda vasca, entre San Valentín y Miércoles de Ceniza

La iniciativa que está recogiendo firmas por la lista unitaria ha sido impulsada por gente que reclama otra forma de hacer política, más atenta al afuera que a los adentros de los partidos.
Rosas San Valentín
Ayer 14 de febrero fue el festejo laico-consumista del día de San Valentín y la celebración católica del Miércoles de Ceniza.
15 feb 2024 05:11

El miércoles 14 de febrero ha tenido lugar un acto ciudadano en demanda de una candidatura electoral unitaria conformada por Podemos, Sumar, Ezker Anitza-IU y Equo-Berdeak. El acto mismo, el acto en sí, es la expresión de una posibilidad o imposibilidad política digna de un experimento diseñado por Schrödinger. Mientras se desarrollaba la asamblea la candidatura unitaria ya estaba viva o muerta, aunque no podremos saberlo. Son otras las que habrán abierto (o no) la caja y nos dirán si el gato, digo, el acuerdo, está vivo o muerto.

Hablo de posibilidad o imposibilidad porque así lo creo. Desde que se hizo pública la convocatoria del acto he tenido la oportunidad de conversar con personas con responsabilidades en ambas partes de la divisoria. Todas ellas veían deseable y posible un acuerdo que, desde narrativas encontradas, consideran ha desembocado en un imposible y en una situación indeseada.

Elecciones autonómicas
Elecciones vascas Sumar y Podemos escenifican la falta de acuerdo por la unidad, pero no descartan seguir negociando
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El día de la convocatoria, el 14 de febrero, coincidió con dos celebraciones bien distintas: el festejo laico-consumista del día de San Valentín y la celebración católica del Miércoles de Ceniza. Apoteosis del amor romántico comercial, por un lado, llamamiento a iniciar un periodo de reflexión y arrepentimiento, por otro, acabando en la muerte posterior, eso seguro, y en la resurrección, si se tiene fe. Seguro que las convocantes del acto no tuvieron en cuenta el santoral, pero no cabe duda de que la coincidencia del mismo con ambas celebraciones da para más de una consideración y, seguro, para alguna sonrisa. Otra vez el travieso Schrödinger haciendo de las suyas.

La asamblea del 14 fue convocada por “Gente preocupada por esta división”, etiqueta poco precisa en términos de identificación externa pero sumamente exacta como declaración de intenciones. Hasta el miércoles solo conocía a dos de las personas convocantes y ambas son eso, “gente”, en ese sentido luminoso que irrumpió con Podemos en la conversación política española y que tanto molestó a otra gente. No es nuevo, ya ocurrió también con el concepto “pueblo”. La convocatoria ha sido iniciativa y, por lo que vamos viendo tras lanzar ayer una recogida de firmas por una lista unitaria entre los cuatro partidos, está siendo recogida por gente que, como hace una década, reclama otra forma de hacer política, más atenta al afuera que a los adentros de los partidos y coaliciones.

La asamblea por una candidatura única de Podemos, Sumar, Ezker Anitza y Equo coincidió el día de la apoteosis del amor romántico y el del llamamiento a iniciar una reflexión y arrepentimiento

Porque de eso se trata, de hacer otras políticas y de hacerlo de otra manera, con otras formas. Se ha dicho estos días que en Euskadi no hace falta un nuevo partido porque el espacio que ocupó Podemos ya está repartido entre un PSOE que “ha podido desplegar todo el arsenal político, económico y social para cubrir con el Estado a los más vulnerables” y un EH Bildu que “se ha institucionalizado, se ha convertido en un partido útil y sin mochilas y ha suspendido el énfasis maximalista en el debate territorial priorizando las preocupaciones sociales de la ciudadanía”. No estoy de acuerdo.

Porque no es cierto, en absoluto, que las personas más vulnerables tengan cubiertas sus necesidades (que son, no lo olvidemos, las mismas que las de las demás). En cuanto a EH Bildu, si bien ha “podemizado” su discurso y su práctica, sigue siendo una fuerza profundamente nativista, como se deduce de esta reflexión de Arnaldo Otegi en 2017: “tengo la impresión de que últimamente ha habido un cierto despiste: el motor del proceso de liberación de este país es la cuestión nacional. Otra cosa diferente es que, desde el punto de vista social, queramos construir un estado y que este sea un estado socialista, pero no podemos perder el punto de vista esencial que es el motor de lo que ha sido la lucha de este país, que es la cuestión nacional. Si perdemos el pulso ahí, nos vamos a perder en el camino”. Por cierto, también decía esto: “Si conquistáramos un estado independiente, a nosotros nos daría igual que el hegemónico fuera el PNV durante los siguientes veinte años”.

No creo que aquel espacio que abrió Podemos en 2015 y 2016, superando los límites que antes habían habitado Ezker Batua y Euskadiko Ezkerra, esté ocupado. Tal vez coyunturalmente, pero cambiarán las tornas: EH Bildu tirará de aritmética y volverá a fijar su futuro en el frente nacional de Lizarra y el PSOE, que nunca se ha librado de su pulsión socioliberal, aplicará la “doctrina Ábalos” y el mercado se impondrá a los derechos sociales.

Necesitamos construir un bloque internacionalista-igualitario, una identidad y una propuesta política capaz de defender, también en los espacios locales, un programa feminista, decolonial, decrecentista y gaiano

En épocas distintas, con estrategias diferentes y hasta encontradas, en Euskadi hay una larga experiencia de identificación, definición, construcción, defensa y, también, derribo, de un “quinto espacio” con resonancias de política cuántica o, dirán algunos, de política-ficción. Un espacio que tiene historia pero, sobre todo, futuro. Por todo el mundo surgen nuevas divisiones sociales y políticas en las que identidad(es) y clase se interseccionan de manera conflictiva, muchas veces explosiva. Se acumulan las evidencias que permiten hablar del surgimiento de un nuevo sistema de élites múltiples en el que las personas con más formación tienden a votar a la izquierda, la élite económica vota a la derecha y las clases populares, con menos educación y menos renta, no se sienten representadas por la agenda de la izquierda ilustrada, derivando cada vez más hacia la abstención o hacia el populismo nativista xenófobo. En un escenario articulado por los ejes igualdad-desigualdad y nativismo-internacionalismo necesitamos construir un bloque internacionalista-igualitario, una identidad y una propuesta política capaz de defender, también en los espacios locales, un programa feminista, decolonial, decrecentista y gaiano, capaz de conciliar los intereses de clase junto con los de la humanidad pluriversa y los del planeta.

En Euskadi ese espacio tiene dos elementos de organicidad fundamentales: Ezker Anitza-IU y Equo-Berdeak. Ambas organizaciones deben ser el basamento para la (re)construcción de una propuesta política comunalista, de la gente y para la gente. Una propuesta que empiece por romper, como ya han hecho acertadamente Podemos y Sumar con sus candidatas Miren Gorrotxategi y Alba García, con esta tendencia a la machosfera política que ni el rejuvenecimiento de caras ha podido o querido evitar: Pradales y Esteban, Otxandiano y Matute, Andueza y López. Como el “Soberano”, aquí la política sigue siendo cosa de hombres.

Una de las escenas más divertidas de la película El buen patrón (León de Aranoa, 2021) es esa en la que el protagonista, excepcionalmente interpretado por Javier Bardem, alardea en una cena de ser un hombre hecho a sí mismo, a lo que su mujer le recuerda que, en realidad, la empresa la montó su padre y él la heredó. “A ver, hay que estar ahí”, replica este para no apearse del meritocratismo.

Las actuales direcciones de Sumar y Podemos en Euskadi han heredado las respectivas empresas políticas que ahora gestionan. Han estado “ahí”, ciertamente. Pero si en otros tiempos, cuando actuaba el “ciclo político”, había estares que por sí mismos ya eran muy meritorios, hoy no ocurre lo mismo. La clave que distingue la nueva de la vieja política es el cómo y el para qué se ocupa un cargo, y, particularmente, la aceptación tranquila de que los cargos de responsabilidad política se ocupan no como premio sino como compromiso en respuesta a la herencia generosa de luchas colectivas, y que lo que toca es hacer avanzar la empresa común o apartarse y buscar otro lugar desde el que seguir colaborando. A poder ser un lugar que no esté fuera ni, mucho menos, en contra del proyecto común. Que el problema de la izquierda nunca ha sido, no nos engañemos, la diversidad, sino la uniformidad. La diversidad es nuestra riqueza, pero hay que saber vivirla y degustarla. El problema no es la proliferación de siglas (Frente Judaico Popular, Frente Popular de Judea, Frente del Pueblo Judaico, Frente Popular del Pueblo Judaico, Unidad Popular) sino la incapacidad de apreciarla: “¡Disidentes!”.

Desde el optimismo de la buena voluntad, pero sin ingenuidades, personalmente recibí la convocatoria para el acto del 14 de febrero como una oportunidad (otra vez) no para revivir un amor que, seguramente, nunca existió, pero sí para iniciar (otra vez) un proceso de reflexión crítica que no acabe en la muerte (otra vez) de un proyecto sociopolítico esencial para nuestros países.

Y ya nos dirán, quienes tengan la posibilidad de abrir la caja, qué ha sido del gato. Ojalá le quedé alguna de sus siete vidas.

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