Teatro
‘1936’: unha ferida aberta sobre o escenario

A nova produción dirixida por Andrés Lima converte a Guerra Civil en materia escénica, abrindo un espazo de reflexión crítica sobre as súas pegadas no presente.
1936 teatro
Blanca Portillo, Antonio Durán ‘Morris’ y María Morales durante la obra ‘1936’.
5 abr 2025 11:52

Vista no Teatro Rosalía de Castro da Coruña o pasado 29 de marzo, a obra comeza cunha disposición escénica envolvente: o público colócase na súa disposición habitual e, ademais, unhas tres filas de cadeiras ocupan os laterais do propio escenario. Esa proximidade física esvae a cuarta parede e converte o espectador en testemuña implicada. Estamos dentro. O proxecto é cobizoso: tras dunha investigación exhaustiva baseada en arquivos e bibliografía —citada en escena con nomes coma Preston, Chaves Nogales ou Tania Balló—, o texto toma forma grazas ao traballo conxunto de catro dramaturgos: Albert Boronat, Juan Cavestany, Juan Mayorga e o propio Andrés Lima. Sosteno, outrosí, un equipo artístico de primeiro nivel.

Os acontecementos arrincan no verán do 36 e despréganse coma un mural vivo da Guerra Civil: fragmentario, coral, versátil, titánico. Corenta personaxes desfilan pola escena, interpretados por un elenco de nove actores e actrices sen fisuras -con mención especial para Blanca Portillo e Antonio Durán «Morris», abraiantes—, acompañados por un magnífico Coro de mozos e mozas que actualiza o coro clásico achegando canto, danza e presenza simbólica, e que ocupa o espazo escénico sen saturalo. Transitan os grandes nomes (Franco, La Pasionaria, Clara Campoamor, Queipo de Llano, Orwell…) e tamén o anonimato das vítimas, os corpos fusilados, a fame. A anos luz dunha épica baleira ou dunha pedagoxía condescendente, a proposta combina afiadamente documentación rigorosa, intensidade dramática e ollada contemporánea.

Nada en 1936 é convencional: catro horas de función, múltiples capas de lectura e unha posta en escena que entrelaza narración, música en directo, discursos históricos, poesía ou proxeccións audiovisuais. Unha proposta de enorme complexidade, sustentada por unha dramaturxia que non teme o risco e que, ademais, é aclamada polo público. Confírmase así que o teatro documental constitúe unha poderosa ferramenta de experimentación, capaz de incorporar distintas linguaxes e transformar o real sen traizoalo. Algunhas escenas deixan pegada -a fuxida de Málaga, o Ebro, Gernika-, porén, a voz é o plexo solar da obra: a de Primo de Rivera e a de Azaña, a dunha anciá republicana e anónima diante da súa propia fosa no presente. Voces que, mesmo cando se achegan ao expresionismo, non se impostan. Arreguizan.

Mentres o relato dominante da Guerra Civil oscila, polo xeral, entre a repetición estéril, a dramatización banal e o negacionismo, 1936 coloca sobre as táboas un dispositivo de memoria activa. Nun contexto estatal cunha institucionalización da memoria democrática menor do que pode semellar, a obra asume unha función social imprescindible: reinscribir no espazo público a animalidade do exterminio franquista e o seu contrapunto de vidas segadas, poboacións devastadas. Namentres se reclama unha política cultural máis ambiciosa -con espazos públicos de memoria como o Museu Nacional Resistência e Liberdade, en Lisboa, precedidos da eliminación plena da simboloxía fascista e da sinalización dos lugares de represión; en cidades coma Vigo, tarefa aínda pendente-, esta proposta escénica ocupa un baleiro institucional e simbólico. Convértese nun acto necesario de reparación.

Se, como advirte Enzo Traverso, a memoria é campo de batalla e non reliquia nin santuario, daquela, a tarefa está lonxe de se dar por rematada. Cómpre preguntarse por que unha obra coma 1936 non forma parte dos circuítos teatrais existentes, desde as grandes cidades ata as pequenas vilas. Que sexa a arte un martelo para dar forma á realidade, como quería Brecht. Nese sentido, 1936 non só representa, senón que intervén no relato cun obxectivo claro: contribuír a consolidar unha hexemonía cultural baseada nos dereitos humanos e na transmisión crítica do pasado. Asumir ese legado implica promover políticas culturais sólidas, non sometidas ao calendario conmemorativo, senón orientadas a integrar o pensamento histórico no debate público contemporáneo. Fronte aos discursos que, baixo aparencia de neutralidade ou despolitización, banalizan o pasado e o reducen a unha narrativa superficial de consumo inmediato: 1936 sinala o camiño.

Archivado en: Opinión Culturas Teatro
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