We can't find the internet
Attempting to reconnect
Something went wrong!
Hang in there while we get back on track
Teatro
‘1936’: una herida abierta sobre el escenario

Vista en el Teatro Rosalía de Castro de A Coruña el pasado 29 de marzo, la obra 1936 comienza con una disposición escénica envolvente: el público se dispone en su ubicación habitual y, además, unas tres filas de butacas ocupan los laterales del escenario. Esa proximidad física difumina la cuarta pared y convierte al espectador en testigo implicado. Estamos dentro. El proyecto es ambicioso: tras una investigación exhaustiva a base de archivo y bibliografía —citada en escena con nombres como Paul Preston, Manuel Chaves Nogales o Tania Balló—, el texto toma forma gracias al trabajo conjunto de cuatro dramaturgos: Albert Boronat, Juan Cavestany, Juan Mayorga y el propio Andrés Lima. Lo sostiene, también, un equipo artístico de primer nivel.
Los acontecimientos arrancan en el verano del 36 y se despliegan como un mural vivo de la Guerra Civil: fragmentario, coral, versátil, titánico. Cuarenta personajes desfilan por escena, interpretados por un elenco de nueve actores y actrices sin fisuras —con mención especial a Blanca Portillo y Antonio Durán ‘Morris’, deslumbrantes—, acompañados por un magnífico coro de jóvenes que actualiza el coro clásico aportando canto, danza y presencia simbólica, ocupando el espacio escénico sin saturarlo.
Transitan los grandes nombres (Franco, Pasionaria, Clara Campoamor, Queipo de Llano, Orwell…) y también el anonimato de las víctimas, los cuerpos fusilados, el hambre. A años luz de una épica vacía o de una pedagogía condescendiente, la propuesta combina afiladamente documentación rigurosa, intensidad dramática y mirada contemporánea.
Nada en 1936 es convencional: cuatro horas de función, múltiples capas de lectura y una puesta en escena que entrelaza narración, música en directo, discursos históricos, poesía o proyecciones audiovisuales. Una propuesta de enorme complejidad sostenida por una dramaturgia que no teme el riesgo y que es, asimismo, aclamada por el público. Se confirma así que el teatro documental constituye una poderosa herramienta de experimentación, capaz de incorporar distintos lenguajes y transformar lo real sin traicionarlo.
Algunas escenas dejan huella —la huida de Málaga, el Ebro, Gernika—, pero es la voz el plexo solar de la obra: la de Primo de Rivera y la de Azaña, la de una anciana republicana y anónima ante su propia fosa en el presente. Voces que, incluso cuando se acercan al expresionismo, no se impostan. Estremecen.
Mientras el relato dominante de la Guerra Civil oscila, generalmente, entre la repetición estéril, la dramatización banal y el negacionismo, 1936 coloca sobre las tablas un dispositivo de memoria activa. En un contexto estatal con menor institucionalización de la memoria democrática de lo que podría parecer, la obra asume una función social imprescindible: reinscribir en el espacio público la animalidad del exterminio franquista y su contrapunto de vidas segadas, poblaciones devastadas. Mientras se reclama una política cultural más ambiciosa —con espacios públicos de memoria como el Museu Nacional Resistência e Liberdade, en Lisboa, precedidos por la eliminación de toda simbología fascista y por la señalización de los lugares de represión; en ciudades como Vigo, aún pendiente—, esta propuesta escénica ocupa un vacío institucional y simbólico. Se convierte en un acto necesario de reparación.
Si, como advierte Enzo Traverso, la memoria es un campo de batalla y no una reliquia ni un santuario, entonces, la tarea está lejos de haberse completado. Cabe preguntarse por qué una obra como 1936 no forma parte de los circuitos teatrales existentes, desde grandes a pequeñas ciudades. Que sea el arte un martillo para dar forma a la realidad, como quiso Brecht.
En este sentido, 1936 no solo representa, sino que interviene en el relato con un objetivo claro: contribuir a consolidar una hegemonía cultural basada en los derechos humanos y en una transmisión crítica del pasado. Asumir este legado implica promover políticas culturales sólidas, no sometidas al calendario conmemorativo, sino orientadas a integrar el pensamiento histórico en el debate público contemporáneo. Frente a los discursos que, bajo apariencia de neutralidad o despolitización, banalizan el pasado y lo reducen a una narrativa superficial de consumo inmediato: 1936 señala el camino.