Palestina
Los aceituneros palestinos y los árboles milenarios que los arraigan a la tierra

La recolección de aceitunas es el momento más importante para las comunidades rurales palestinas. Pero con los ataques del ejército israelí y de los colonos intensificándose, también se ha tornado el más peligroso. A pesar de los riesgos, los palestinos siguen cuidando de sus olivos y cosechando los frutos de una tradición que tiene miles de años.
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Una kufiya reposa entre las ramas de un olivo milenario. Foto: Mosab Shawer/Activestills
Walaja. Palestina
8 dic 2024 06:59

A mediados de noviembre, cuando los cielos se llenan de nubes y las primeras lluvias del otoño finalmente llegan a Palestina tras largos meses de sequía, Salah Abu Ali anuncia el inicio de la cosecha de uno de los olivos más antiguos del mundo en Walaja, un pueblo confinado entre Jerusalén y Belén.

Extiende alfombras rojas alrededor del enorme tronco arrugado y va a buscar escaleras de madera para llegar a las ramas más altas del olivo. “En un buen año puede llegar a producir media tonelada de aceitunas. Este olivo es un tesoro,” dice Salah, orgulloso.

Esperó durante todo el año. Cuando llega el momento de cosechar las aceitunas, recibe a familiares y amigos, vecinos y extranjeros, todos reunidos alrededor del monumental olivo. La mayoría de las aceitunas se transformarán en aceite de oliva virgen extra. Una parte se separa para conserva.

“Este árbol ya nos alimenta desde hace miles de años, y seguirá alimentándonos durante muchos más”

“Este árbol ya nos alimenta desde hace miles de años, y seguirá alimentándonos durante muchos más”, dice Salah. Un equipo de investigadores italianos y japoneses que visitó Walaja en 2010 estimó que el olivo tiene entre cuatro y cinco mil años, siendo uno de los más antiguos de los que se tiene registro. Desde 2009, Salah recibe medio salario de la Autoridad Palestina, alrededor de 250 euros al mes. Fue contratado como agricultor, pero todo el mundo lo conoce como el “guardián del olivo”.

Podría ser un trabajo idílico, este de cuidar a un ser tan antiguo, tan profundamente arraigado en la tierra, vivo antes de que naciera Jesús, antes incluso de todas las religiones abrahámicas. Pero Walaja está rodeada por el muro de separación que Israel comenzó a construir hace dos décadas, así como de asentamientos israelíes, que a pesar de ser ilegales según la ley internacional, siguen en expansión.

“Antes de que se erigieran estas barreras, esta zona estaba llena de olivos antiguos. Ahora vivimos en una prisión”, se lamenta Salah, mientras señala la valla eléctrica que separa su aldea de las tierras apropiadas por Israel.

En 1948, durante la Nakba, la catástrofe palestina, la familia de Salah, como cerca de dos tercios de la población de Palestina, fue expulsada durante la creación del Estado de Israel. Los habitantes de Walaja encontraron refugio en los terrenos agrícolas al sur de la aldea. Impedidos de regresar a sus tierras, construyeron una nueva aldea al otro lado del valle. Desde 1967, cuando Israel ocupó lo que quedaba del territorio palestino, Walaja ha ido perdiendo cada vez más tierras, expropiadas para la creación de asentamientos israelíes y aislada por el muro de separación.

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Salah Abu Ali en el olivo milenario. Foto: Mosab Shawer/Activestills

“La cosecha de aceitunas más peligrosa”

La época de la cosecha de aceitunas durante el otoño es el momento más importante del año para las comunidades rurales en Palestina. Aproximadamente 100.000 familias palestinas dependen de la producción de aceite de oliva. Tradicionalmente, es una época de celebración y de reunir a la comunidad. Varias generaciones salen juntas al campo a recoger aceitunas, cantar y tocar canciones asociadas con la cosecha, y hacer picnics a la sombra de olivos con cientos o miles de años.

Pero en las últimas décadas, la alegría de la cosecha ha sido reemplazada por el miedo y la aprensión. Con la expansión de los asentamientos israelíes en Cisjordania y el aumento de las restricciones impuestas por el ejército, la cosecha de aceitunas se ha vuelto peligrosa. Cada año hay más ataques de colonos que agreden a palestinos, queman olivares, cortan olivos o roban aceitunas. Expertos de las Naciones Unidas advirtieron que este año los palestinos se enfrentan a “la cosecha de aceitunas más peligrosa de todas”.

En la mañana del 17 de octubre, Hanan Abu Salameh estaba recogiendo aceitunas con su familia en sus tierras en Faqqua, al norte de Cisjordania, cerca del muro de separación, cuando un vehículo militar se detuvo junto al olivar y soldados israelíes comenzaron a disparar. Hanan fue alcanzada en el pecho.

“Incluso cuando ya habían disparado a mi madre y estábamos tratando de llevarla al coche y llamar una ambulancia, los soldados siguieron disparando”

La familia intentó llevarla al hospital más cercano, en Jenin, pero ya era demasiado tarde. “Incluso cuando ya habían disparado a mi madre y estábamos tratando de llevarla al coche y llamar una ambulancia, los soldados siguieron disparando”, relata Fares Abu Salameh, que vio a su madre morir en el olivar que ha pertenecido a su familia durante muchas generaciones.

Hanan tenía 59 años, siete hijos y 14 nietos. Cuando le pedimos a su marido Hussam que la describiera, vacila. “Hanan era… todo,” y las lágrimas corren por su rostro. “Siempre estaba conmigo, día y noche. Sin ella no soy capaz de hacer nada.”

Con la escalada de la violencia israelí, la cosecha de los olivos, que antes era un momento de celebración de la vida y la abundancia, se ha convertido cada vez más en una época de devastación, muerte y luto.

En los primeros días de la cosecha en Sebastia, un pueblo palestino cerca de Nablus, al norte de Cisjordania, Ahmad Ghazal, un agricultor de 72 años, estaba recogiendo aceitunas en su olivar cerca del asentamiento israelí de Shavei Shomron cuando fue rodeado por colonos que lo atacaron con spray de pimienta y robaron aceitunas.

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Salah muestra las aceitunas. Foto: Mosab Shawer/Activestills

“Esta tierra es de olivos. Son nuestra vida,” dijo. Murió días después por complicaciones cardiovasculares que la familia asegura fueron causadas por el ataque, aunque indirectamente. “Mi padre vivió sus últimos días preocupado por la tierra,” cuenta su hijo, Rafiq Ghazal.

Según datos de las Naciones Unidas, desde el inicio de la cosecha en octubre se han registrado 250 ataques de colonos israelíes que han herido al menos 68 palestinos. Más de 2,800 árboles, en su mayoría olivos, han sido quemados o talados, y sacos de aceitunas y equipo agrícola han sido robados por los colonos israelíes.

El año pasado, Bilal Saleh, un agricultor palestino de as-Sawiya, en la región de Nablus, fue asesinado por un colono israelí mientras recogía aceitunas en los terrenos que heredó de su familia. El sospechoso fue detenido y liberado pocos días después. El caso fue archivado.

Según el grupo de derechos humanos israelí Yesh Din, la abrumadora mayoría de las denuncias contra soldados y colonos israelíes que atacan a palestinos nunca son investigadas, y casi todas las investigaciones se archivan sin que se presenten cargos.

Organizaciones de derechos humanos y agencias de la ONU han documentado cómo décadas de impunidad están llevando a niveles sin precedentes de abusos y devastación perpetrados por las fuerzas israelíes.

En un informe publicado en octubre, Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas, acusa a las autoridades israelíes de cometer genocidio con el objetivo de “colonizar las tierras palestinas y eliminar al mayor número posible de palestinos.” El informe advierte sobre la devastación y violencia que se está extendiendo más allá de Gaza, con las fuerzas israelíes y colonos violentos “escalando patrones de limpieza étnica y apartheid en Cisjordania”.

“Todos los años esperamos impacientemente la época de la aceituna. Pero este año el ejército no nos deja acceder a nuestras tierras”

De árbol de la paz a arma de guerra

En Qusra, un pueblo en la región de Nablus, el ejército israelí bloqueó el acceso a los olivares cercanos al asentamiento israelí de Migdalim.

“Todos los años esperamos impacientemente la época de la aceituna. Pero este año el ejército no nos deja acceder a nuestras tierras”, dice Wafa, una campesino palestina que tiene alrededor de 100 olivos en terrenos cercanos al asentamiento. “El ejército está aquí para proteger a los colonos, nos atacan juntos”.

El 29 de octubre, Qusra decidió desafiar la prohibición del ejército. Una delegación europea, que incluía a Ada Colau y Jaume Asens, acompañó a los campesinos palestinos mientras intentaban acceder a sus tierras. Pero el ejército israelí disparó gases lacrimógenos y granadas aturdidoras contra el grupo.

Ada Colau se unió en solidaridad con las familias “que solo quieren ganarse la vida trabajando sus tierras, de manera absolutamente humilde y honesta. A estas familias les envían un ejército armado y aparecen colonos también armados, disparando contra todo el mundo de manera arbitraria, violando todas las convenciones internacionales, el derecho internacional”, dice indignada.

Palestina
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“Estamos hartos de sentirnos impotentes por la inacción de los gobiernos europeos y su complicidad con el apartheid y con el genocidio en Gaza,” continúa, mientras nos refugiamos del gas lacrimógeno disparado a nuestro alrededor por los soldados. “Los gobiernos europeos que se llenan la boca de democracia y derechos humanos no solo no hacen nada, sino que muchos son directamente cómplices con el Estado genocida de Israel. Creo que las declaraciones no son suficientes y creo que hay que defender los valores básicos de la humanidad poniendo el cuerpo. Somos muchos los que no estamos de acuerdo con este colonialismo violento y genocida, así que si venimos muchos más, creo que esto se puede detener”.

Pero en Qusra, el grupo que se unió en solidaridad con los campesinos palestinos poco pudo hacer contra los soldados israelíes. Periodistas con chalecos antibalas, campesinos palestinos y sus aliados corrían por los olivares mientras el gas lacrimógeno se dispersaba y los explosivos disparados por el ejército incendiaban los terrenos, convertidos en campos de batalla.

“El olivo es considerado el árbol de la paz, pero lo están convirtiendo en un arma de guerra”, dice Ameed Aldasouqi, un agricultor de Burqa, en la región de Nablus, a quien también le fue impedido de acceder a sus olivares por el ejército israelí.

El año pasado, más de 9.600 hectáreas de olivares en Cisjordania quedaron sin cosechar debido a las restricciones de movimiento impuestas por el ejército israelí, lo que causó pérdidas de alrededor de 10 millones de dólares para los agricultores palestinos, según datos de las Naciones Unidas.

Mientras restringen el acceso a las tierras de los palestinos, las autoridades israelíes siguen apropiándose de más terrenos para la construcción de asentamientos. Este año, más de 1,200 hectáreas de tierras palestinas fueron declaradas “tierras estatales” por el gobierno israelí, un nuevo récord.

En 2011, la Autoridad Palestina estimó que cerca de un millón de olivos fueron arrancados, quemados o talados por colonos o por el ejército israelí desde 1967. Con la devastación masiva de tierras agrícolas, incluyendo alrededor del 75% de los olivares de Gaza, se estima que al menos 1,6 millones de olivos fueron destruidos en bombardeos o arrasados por tanques israelíes en el último año.

Para Ameed, la guerra que Israel ha declarado a los olivos es simbólica. “Estos árboles son prueba de nuestra presencia aquí. Son un símbolo de la lucha palestina, de nuestra perseverancia,” dice. Los ataques a los olivos son ataques a la existencia palestina. “Los colonos están empleando cada vez más fuerza para expulsarnos. Pero nos quedaremos aquí, enraizados como nuestros olivos”.

“Los regímenes caen, los gobiernos cambian, pero este olivo permanece aquí, desafiando a los humanos”

Enraizados como olivos

El olivo no es solo una fuente importante de ingresos, es considerado uno de los símbolos más evocadores de la resiliencia palestina y de una conexión ancestral con la tierra.

“Para los palestinos, el olivo significa fuerza. Es un árbol resistente que vive muchos años y sobrevive en condiciones difíciles,” explica Abeer Butmeh, ingeniera ambiental y coordinadora de una red de ONG ambientales palestinas.

“La cosecha siempre ha sido un momento muy importante para unir a la comunidad, con varias generaciones trabajando juntas. Solíamos cantar y ayudarnos unos a otros,” dice. Pero ahora ya no se canta durante la cosecha. “Con las amenazas de los colonos, tenemos que recoger las aceitunas lo más rápido posible”.

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Salah en el olivo. Foto: Mosab Shawer/Activestills

Sin las canciones de la cosecha, el silencio se extiende por los olivares. Es un silencio de luto por la pérdida, la devastación y los muertos, especialmente en Gaza, aislada del resto del territorio palestino, pero tan cerca, y tan presente.

“Las fuerzas israelíes están cometiendo crímenes contra la humanidad, pero también contra la tierra, contra todas las formas de vida. Gaza ya ha sido atacada muchas veces, ya ha sufrido varias catástrofes ambientales. Pero este ataque es el más cruel. Ha excedido todos los límites, ha violado todas las leyes”, acusa Abeer.

Aún así, la catástrofe no ha derrotado a Abeer, que mantiene la esperanza en la persistencia de la vida. “Nos mantendremos firmes como las raíces de nuestros olivos”, afirma. Incluso cuando se talan, los olivos tienen la capacidad de volver a crecer siempre que las raíces permanezcan vivas.

En Walaja, a la sombra del olivo milenario que sigue dando frutos, Salah recoge su fe en el futuro.

“Este árbol ha sobrevivido a desastres naturales, terremotos y tormentas todos estos años. Ha sobrevivido a la destrucción causada por los hombres. Los regímenes caen, los gobiernos cambian, pero este olivo permanece aquí, desafiando a los humanos” dice Salah. “Generación tras generación, cuidamos de esta tierra, y de este olivo. Continuará aquí para las generaciones futuras”.

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