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Literatura
Belén Gopegui: “Cada vez va a ser más importante crear movimientos en defensa de espacios analógicos”

“En las noches hilvanadas por el alumbrado público los propósitos agitaban el sueño de las efímeras criaturas humanas. La vida secreta se había abolido. Les seguían”. Así comienza Te siguen (Random House, 2025), la nueva novela que la escritora Belén Gopegui (Madrid, 1963) publicó en marzo. Una historia donde varios protagonistas se posicionan en este acelerado tráfico de datos e información que conforman la cotidianeidad de nuestros tiempos. Personas que reflexionan sobre su lugar en un estado de las cosas que siempre parece superarles y, a la vez, gobernarles. Individuos que toman partido, que buscan grietas, que insisten en dar batallas perdidas.
Gopegui, que ha glosado esta década extraña con la novela Existiríamos el mar (Random House 2021), y los ensayos El murmullo (Debate 2023) y Pequeñas heridas mortales (Endebate 2024), escribe una vez más acerca de lo que nos pasa, pero también, de la posibilidad de que otras cosas ocurran. E indaga, en este último libro —tres décadas después de la publicación de su primera obra, La escala de los mapas—, en una realidad donde la atención ha sido colonizada y el capital extrae valor de nuestra deriva frente a las pantallas.
La búsqueda de espacios fuera del radar en la que se embarcan los personajes de Te siguen recuerda a una suerte de intento por encontrar algo así como “zonas temporalmente autónomas” hurtándose al gobierno de la vigilancia. ¿Por qué buscar esas grietas?
Porque la supervisión no es inocente. La privacidad desaparece. Algunos derechos que antes se tenían —que nadie violara tu correspondencia o que no se escucharan tus conversaciones— hoy hay quien los considera incluso superfluos. Hasta que, de repente, en un aeropuerto te exigen el móvil, lo abren, leen tu correspondencia y deciden privarte de otros derechos en función de lo que han leído. No se puede vivir con una obsesión y, sin embargo, tampoco conviene fingir inocencia, como si no supiéramos lo que está pasando.
No parece fácil: todos los días damos nuestros datos cada vez que navegamos, decimos que sí sin darle muchas vueltas a la molesta ventanita de las cookies… Hasta cierto punto se ha reflexionado sobre el cuidado de la privacidad como una forma de no exponerse a la vigilancia, a una estafa. ¿Pero qué pasa cuando nuestros datos pasan a ser materia prima para el extractivismo de información, como recurso económico, además de otorgar poder? ¿se diría que hay una alegre rendición cotidiana cada vez que le damos a consentir?
Aquí me parece que entran en conflicto dos cuestiones. Porque si bien conservamos alguna capacidad de decir que no, el problema es que esta capacidad también ha sido restringida. Si una persona es autónoma y tiene que hacer factura electrónica, no puede decir que prefiere mandarla por correo postal porque desconfía de que tarde o temprano ese sistema de gestión falle y esos datos vayan todos —no una sola carta aislada sino los de cien mil personas— a manos que los usarán para fines no debidos. Pongo este ejemplo como tantos otros, las citas médicas, redes sociales que son exigencias laborales, formas de comunicarse en la distancia que no tienen alternativa. Ante todo eso, esa rendición cotidiana no es voluntaria sino que ha sido impuesta.
Las empresas se apropian de la riqueza y de la vida sin pagar por ello ni pedir permiso, es como una nueva colonización
Creo que cada vez va a ser más importante crear movimientos en defensa de espacios analógicos y de relaciones analógicas con la Administración, la escuela, la sanidad. Pero entre tanto, no es tanto una rendición como una consecuencia de una obligación. Y la otra cuestión es que parece que no se escuchan identidades sino solo números y datos fríos, que no hay invasión. Pero la hay porque esos datos al final son usados para, por ejemplo, explotar vulnerabilidades de personas que las llevan a caer más fácilmente en formas abusivas del consumo. Todo esto sin contar que las empresas se apropian de la riqueza y de la vida sin pagar por ello ni pedir permiso, es como una nueva colonización.
Cuando hablo así, no digo que en las pantallas no haya alegría y que no sea estupendo ver a una persona arreglando un enchufe gracias a un tutorial y a un grupo de adolescentes preparando coreografías y tantas cosas. Lo que no puede ser es que por miedo a quienes se mofan de la crítica, dejemos de hacerla. Un temor sin miedo, decía Günther Anders que necesitábamos. Y un temor excitante que nos saque a la calle en lugar de meternos debajo de la cama. Y un temor amante porque precisamente estas críticas se hacen desde el amor a la vida de nuestra gente.

En algún momento de la novela hablas de la adulación, esa palmadita en la espalda que el sistema te da para que te sientas válido y prosigas siendo engranaje, esa validación en forma de likes y corazoncitos que se obtienen en las redes y te hace volver siempre a por más. ¿Es una cierta forma de secuestro?
Que nos vean, que nos miren, que nos reconozcan, es parte de lo que podríamos llamar necesidades primordiales. El consumo en busca de ganancia lo que hace es falsificar esas necesidades: la necesidad es real pero la forma de resolverla que también parece real, no lo es porque solo la resuelve momentáneamente, con el conocido truco de las tragaperras del “refuerzo variable intermitente”. Esto con la llamada inteligencia artificial se multiplica, hay un supuesto interlocutor que no te mira pero parece que te mira, que no te entiende pero parece que lo hace, y que te obedece casi siempre. Una vez oí una charla de César Astudillo, no recuerdo el título, pero hablaba de las posibles consecuencias de dirigirse a alexas, siris y demás, que se conjugan en femenino, con voz autoritaria y considerando que se tiene derecho a la obediencia de alguien que no es una persona pero a quien se le atribuyen ciertas características humanoides. ¿Hasta qué punto, se preguntaba, eso iba a incidir en nuestra manera de tratarnos en adelante, y también en la manera en que muchos sujetos tratarían a las mujeres?
Quería rescatar una frase de la novela, una suerte de diagnóstico: “Cuanto más nítidas son las pantallas, más sucio y borroso se va quedando el mundo”. Sugiere una sociedad concentrada ante la última serie de moda, debatiendo apasionadamente sobre la trama, mientras el polvo, la sangre y la basura se acumulan sobre la Franja de Gaza.
Sí, exacto. Esta frase es una glosa a mi manera de una idea del libro Cambiar las gafas para cambiar el mundo, editado por Ecologistas en Acción. Allí se comparaban los tonos transparentes del agua y del aire en las pantallas con el agua sucia de los ríos y aire contaminado, y los colores brillantes de los píxeles, con un mundo cada vez más asfaltado, con menos árboles, más seco y agrietado. El enfoque que tú le das amplía el problema. En efecto, nos concentramos en debatir series que, además, casi nunca son debatidas, más bien comentadas, sin preguntarse por lo que queda fuera o por las elecciones no explícitas que dicen tanto. Y aunque el debate se hiciera con más ángulos, daría igual porque, entre tanto, la destrucción avanza y se opera sin anestesia por elecciones morales aprobadas mediante la omisión de montones de países, pero eso parece que no merece la pena discutirlo porque nos han abastecido con un menú de experiencias visuales más supuestamente complejas y glamurosas.
En esa destrucción que avanza también hay mucha confusión, coadyuvante, digamos, con un ecosistema del esperpento político en el que parece difícil leer un relato coherente, previsible. Yo, al menos, siento que se percibe deriva, ausencia de trama. En la novela, un actor que podríamos relacionar con quienes mandan dice: “No hay timón pero hay poder”. ¿Qué implica esto en términos de respuesta?
El timón a veces ha sido un símbolo, la Bastilla, el Palacio de Invierno. Y luego se ha visto que el poder se distribuye, que las clases dominantes ocupan muchas posiciones y establecen distintas alianzas, y que tomar la Bastilla es complicado, porque hay bastillas que llevamos dentro, y otras de quienes parecían luchar en un bando pero estaban en otro, no siempre por traición, a veces porque la libertad también hay que defenderla cada vez.
Pero bajando a tierra, creo que se trata de saber, por un lado, que entre las clases dominantes hay conflictos, antes los ocultaban mejor, hoy quedan más a la vista. Por otro lado, no confiar en esos relatos coherentes del poder porque a veces son completamente chapuceros, engañosos o absurdos, o todo a la vez. Pensar que, como dice un amigo, el fracaso, el nuestro, no está garantizado. Y seguir cuando se pueda, que también hacen falta momentos de lo que llamo dejarse llevar por la corriente lenta.
Cada fricción, cada resistencia, cada freno aunque sea mínimo, retrasa, desconcierta, y de algún modo saben, y sabemos, porque ya ha sucedido, que las cosas pueden cambiar
De alguna forma, la idea que traes de tu amigo se complementa con este enunciado en la novela: “Piensan que lo que hacen no sirve para nada, pero si dejaran de hacerlo sería todo más fácil”.
En efecto, nos cuesta imaginar que nuestras acciones importan al otro lado, parece una maquinaria “inexorable”, tal como la venden, pero no lo es, cada fricción, cada resistencia, cada freno aunque sea mínimo, retrasa, desconcierta, y de algún modo saben, y sabemos, porque ya ha sucedido, que las cosas pueden cambiar.
Justo en un momento en el que se habla de las manifestaciones, se dice: “Avanzamos, milímetros. Además, a veces avanzar es no dejarte avasallar y conseguir que no te muevan”. “Pero ahora lo que toca no es seguir, mantener la oposición, sino plantar cara y echar a andar hacia delante”. Refleja un poco la tensión entre la resistencia y la necesidad de ir hacia adelante, pero parece que hay dos dificultades: abordar la confrontación, algo en lo que algunas sociedades o sectores o sujetos estamos desentrenadas, y también pensar en adelantes hacia los que avanzar.
Estos días leo mucho el texto de Anders que te comentaba antes, el texto entero se llama Tesis para la era atómica, lo hizo como material de trabajo porque al terminar un seminario los estudiantes le pidieron que les dejara un documento de discusión. Lo aclaro porque la palabra tesis tiene cada vez más mala prensa, aunque para mí forma parte de la dialéctica y de una forma útil, no la única, de pensar. He vuelto a él porque aunque pueda parecer que las armas atómicas no son ahora la mayor preocupación, hay en su actitud algo que nos resuena, es la actitud de quien piensa que hay que hacer algo. Y parece que decir esto es más autoritario que decir “mejor no hacer nada”, pero no es así, son dos posturas que proponen dos maneras de estar, y ambas tienen consecuencias. Creo que volver hoy a esas tesis nos hace recordar que podemos actuar, y que hubo un momento no tan lejano en el que no actuar, o en que decir “yo solo estoy haciendo mi trabajo”, llevó a que muchas personas participaran desde su aparente “es mejor no hacer nada” en la comisión de injusticias que aún avergüenzan a sus descendientes.
Nos está saliendo un poco dramática esta entrevista, quizá sea porque ambas tenemos esta impresión de estar en una encrucijada, una que se camufla, como decías antes, en debates menores, envasados o ultraprocesados.

Cierto que estamos un poco en lo dramático, pero es que el momento se percibe como dramático. Eso no tiene por qué ser un entregarse al pesimismo, sino que puede ser un revulsivo para no soportarlo y hacer algo, como dices.
Muy de acuerdo. Anders decía sobre su texto: “He escrito estas palabras para evitar que se hagan realidad”.
Hay también una reivindicación en tu libro de la agencia: tus personajes hablan de “tomar las riendas”. También de bajar a lo analógico la confrontación, de alfabetizarse en confrontar con sus riesgos. Todo esto me hace pensar en lo contrario de la impotencia. Pero también en que la agencia te pone en peligro. Que las riendas no se toman haciendo mindfulness sino exponiéndose contra quienes te las niegan.
Por eso hablan de la confrontación, que mencionaba antes. A lo mejor no siempre es fácil organizarla y ponerla en práctica, pero olvidarla no tiene sentido. Si estamos en peligro, hay que organizarse para saber qué vamos a ser capaces de proteger. Y para serlo, hay que impedir las acciones de quienes nos ponen en peligro. Podemos seguir a ratos buscando el descanso, cómo no; lo que parece bastante poco razonable es pensar que no pasará nada, que todo seguirá como siempre. Ahora es muy difícil imaginar las consecuencias de nuestras acciones porque a veces están tan lejos y son tan difíciles de trazar. Pero por eso mismo, es importante imaginarlas.
Justo con la imaginación quería concluir esta conversación, el otro día leí, no me acuerdo dónde, una descripción de la distopía que señalaba como su rasgo distintivo principal la alienación humana, es decir, la pérdida de control sobre la propia vida. Tú eres escritora de artículos en los que se concretan victorias que aún no han llegado, ¿qué imaginarios abren este tipo de textos? ¿de qué manera las utopías modestas también “performan” esa recuperación del control?
Doy muchas vueltas a esto, porque su contracara diría que cada distopía o cada recreación de historias siniestras, etcétera, de algún modo también haría más sencillo que pasen. Hubo un autor de tragedia griega de quien no han quedado textos pero que ganaba muchos concursos, y un día no solo no le premiaron sino que le multaron “por haber renovado los propios males” con su texto. En este sentido es importante la dialéctica y hay historias que cuentan experiencias difíciles y sin embargo cuentan también cómo el movimiento las puede o las podría transformar.
Cuando me encargaron la sección de “Pequeñas grandes victorias” temblé un poco, porque yo no soy periodista, y creo que la mejor sección es la que, aunque no tenga ese nombre, se escribe en muchos textos de El Salto, en muchas entrevistas, en muchos reportajes que ponen miradas sobre vidas que han sido, en honor a la verdad, generosas y admirables, y sobre colectivos que lo son, y a veces sobre textos, sobre hechos, en fin, menores y mayores que han pasado o están pasando. La ficción es más modesta, pone en circulación pequeños modelos de mundo que ni buscan contar cosas que son verdad ni tampoco pretenden engañar contando mentiras: quieren ofrecer algo a la imaginación común para que a partir de ahí, como escribí en Lo real, podamos hablar ahora y en el futuro de cómo ocurrió entonces ese modelo imaginado que quizá hoy nos afecta aquí.