Gambia
“Si los cocodrilos mueren, no tendremos trabajo”: cómo el coronavirus destruyó el turismo en Gambia

La pandemia ha paralizado un sector que representa el 20% de la economía en un país que se promociona como la costa sonriente del África occidental.
Cocodrilos 2
Entrada al parque. Jaume Portell Caño

“Los cocodrilos también tienen que comer para sobrevivir”, dice Mariama, la recepcionista. En el parque de cocodrilos de Kachikally, en la costa gambiana, todos los trabajadores repiten la misma frase. Sonríen, conscientes de la ironía: los cocodrilos comen cada día kilos de bonga, el pescado que ha desaparecido progresivamente de los platos de los gambianos. Hace unos años, el bonga era la válvula de seguridad de la gente más humilde. Era barato y por pocos céntimos podías conseguir hasta tres unidades: era, para muchos, la manera más fácil de acceder a las proteínas en un país donde la dieta se basa en los hidratos de carbono del arroz y la harina de maíz.

Los acuerdos de pesca con potencias extranjeras (Unión Europea) y la entrada de China en el sector pesquero han desequilibrado la balanza: hay menos peces y la misma necesidad de conseguirlos, y los precios han aumentado. En el parque, esto ha disparado el coste de mantener a los cocodrilos. “Si los cocodrilos mueren, no tendremos trabajo”, añaden los guías del parque.

“Queréis tocarlos? Haceos una foto. No muerden, están bien alimentados”, explica Cha, el guía, de 42 años. Él acompaña a los –menos de diez— turistas en el parque, les enseña los lugares donde descansan los cocodrilos, que apenas se mueven. Una vez han pasado los minutos de cortesía, saca una libreta y anima a los visitantes a hacer donaciones. La entrada en el recinto cuesta unos 100 dalasi (menos de 2 euros) y el resto se mantiene a través de estas donaciones, que quedan apuntadas en la libreta. Nombre, apellido, cantidad y país de origen. Un breve repaso a la lista muestra a quien se aspira a atraer: turistas del Reino Unido, los Países Bajos, Francia o Alemania.

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Cha, el guía Jaume Portell Caño
La quiebra del turoperador Thomas Cook hizo que muchos visitantes del Reino Unido no vinieran al país. La pandemia de la covid 19 ha dejado tocado a un sector que representa una quinta parte de la economía gambiana

“Un salario fijo?”, Sadio Bojang, el otro guía, ríe y dice que en el parque solo gana dinero si vienen visitas. Hace muchos días que no tiene mucha suerte. Antes de la pandemia, la quiebra del turoperador Thomas Cook hizo que muchos visitantes del Reino Unido —el imperio que colonizó Gambia—no vinieran al país. La pandemia de la covid 19 ha dejado tocado a un sector que representa una quinta parte de la economía gambiana. “Aquí no hay ni la mitad de gente que había antes de la pandemia”, lamenta Bojang. A continuación ofrecen un amuleto hecho con dientes de cocodrilo: en el museo adjunto al parque hemos podido ver que este amuleto puede “prevenir los problemas dentales”. Por 200 dalasi (3 euros) parece un precio razonable, y un par de visitantes compran la magia.

La entrada y la salida del parque son una procesión: mientras los visitantes occidentales caminan reciben peticiones de los niños que encuentran por la calle. Piden, suplican, exigen. Las niñas piden dinero para ir a la escuela; los niños, para comprarse un balón de fútbol. Distintas fórmulas de pensar el éxito. Pese a que los blancos les ignoran, no se rinden y les siguen permanentemente hasta que abandonan el lugar. Los dueños de las tiendas, más discretamente, se unen: les invitan a pararse, entrar para ver las esculturas, las obras de arte africano, la ropa. Otros ofrecen sandía fresca, bebidas o un concierto improvisado tocando el tambor.

En este punto de Bakau, la zona norte del país bañada por el Atlántico, la economía de la atención se encuentra con la economía de goteo, la teoría según la cual el enriquecimiento de una élite favorecerá, gracias al consumo, a la mayoría de la población. No llueve mucho y la procesión acaba en decepción. “¡Dais las gracias pero no dais dinero!”, protesta un niño que juega al fútbol con sus amigos.

En el restaurante Bendula ofrecen “un rincón feliz” a pocos metros de la playa. Casi no hay clientes y la camarera solo atiende a una mesa. Los trabajadores del local están aburridos. Los precios son razonables para un europeo y prohibitivos para los gambianos. Los 7 euros que cuesta la comida son un día de trabajo bueno de un taxista, dos días de comida para una familia de 15 personas. La carta del restaurante muestra los límites de la especialización turística en muchos países africanos: para atraer sus divisas, los turistas occidentales deben sentirse como en casa; por eso Gambia gasta millones de dólares en comprar patatas holandesas —para hacerlas fritas—, Coca Colas procesadas en Túnez o cervezas alemanas. En la carta del restaurante, los platos y las bebidas locales se presentan como una curiosidad extra, y el espacio principal lo ocupan las pizzas, las crêpes o los distintos alcoholes —en un país con un 95% de población musulmana, que tiene prohibido su consumo— que van desde la cerveza Guinness hasta el tequila. La balanza de pagos —más allá de los costes medioambientales del transporte— esta tarde es negativa. La razón de la presencia de todos estos productos es una: que venga un turista de un país rico a consumirlos. Si este desaparece, se rompe todo el sistema y el mercado local no podrá absorberlos.

Salir en la foto

Senegambia es un buen resumen de qué es la industria turística. Las playas de esta zona costera de Gambia son bonitas y alguien, en algún momento, pensó que eso se podría convertir en un buen negocio. Tantos, en tantas otras partes, tuvieron una idea parecida. Como los turistas tienen tendencia a venir de un puñado de países ricos, el resultado es que decenas de países pobres se esfuerzan en ofrecer exactamente lo mismo: restaurantes con menús occidentales, casinos para jugar, discotecas para bailar, centros comerciales para comprar.

Las playas que antes eran un bien común ahora quedan reservadas a los que lo paguen. Es un proceso tan discreto como imparable. Nadie expulsa a los gambianos de Senegambia, simplemente no tienen el dinero suficiente para pagar nada de lo que hay disponible allí.

La demanda disciplina a la oferta, y el primer reflejo en Gambia es el urbanismo. Los caminos sin asfaltar de la periferia dejan paso a carreteras bien pavimentadas; los edificios destartalados con tejados de zinc quedan atrás. Senegambia es otro país, con edificios altos, carteles luminosos y cajeros automáticos que deberían funcionar. En Busumbal, unos kilómetros más allá, no hay cajeros automáticos: muchos de sus habitantes ni siquiera tienen una cuenta bancaria. La consecuencia más inmediata de un país que se especializa en el turismo es la privatización del espacio público. Las playas que antes eran un bien común ahora quedan reservadas a los que lo paguen. Es un proceso tan discreto como imparable. Nadie expulsa a los gambianos de Senegambia, simplemente no tienen el dinero suficiente para pagar nada de lo que hay disponible allí.

Los gambianos, sin embargo, se encabezonan en no desaparecer. Para algunos, Senegambia se ha convertido en el mejor plan de domingo. Aunque no pueden consumir nada en el circuito turístico oficial, familias enteras se desplazan con comida preparada en casa para hacer un picnic. Algunas desafían todas las normas de la seguridad vial: 15 personas se introducen en un coche de 7 plazas. La policía que regula el tráfico ni pestañea ante la acumulación en un mismo vehículo: llegan a su destino sin problemas.

Sin turistas, cientos de gambianos vuelven a ocupar la playa para divertirse o para ganar algo de dinero: juegan al fútbol, venden fruta, carne a la brasa o se reúnen para comer lo que han llevado de casa. Otros se visten con su mejor ropa y van a Senegambia a hacerse fotos que luego compartirán en las redes sociales. Se suben a un caballo por 5 dalasis (8 céntimos de euro), clic; se fotografían pisando la arena humedecida por el Atlántico, clic; posan junto a las rocas al lado del mar, clic. Por un rato forman parte del centro de la escena de Senegambia, hasta que se hace de noche y vuelven a los barrios donde transcurren sus vidas.

Pasaportes humanos

“Soy guía turístico, ¿sabes? Te voy a dar mi tarjeta”, dice con entusiasmo Ansumana Singhateh, conductor residente en Lamin. Ansumana tiene un plan, como tantos otros cuando les digo que soy de Barcelona. “Tú vas a hablar con tus amigos para que vengan a Gambia, y entonces tendrán mi tarjeta y me van a contratar para que sea su guía turístico. Les puedo enseñar toda Gambia si quieren”. Le digo que no tengo muchos amigos y que no dispongo de ese poder de convicción sobre ellos, pero que lo intentaré. El amigo de Ansumana, Buba, es futbolista y juega en la primera división gambiana. También tiene su propio plan. Su equipo, el Real de Banjul, va segundo en la clasificación. Lateral izquierdo musculoso —por lo que veo— y rápido —por lo que me cuenta—, sabe que debe dar el salto cuanto antes.

El fútbol gambiano nunca ha estado mejor que ahora: su selección se ha clasificado por primera vez para la fase final de la Copa de África. En 56 años de independencia nunca lo habían conseguido. La mayoría de los jugadores de los Scorpions —el apodo del equipo— militan en equipos extranjeros, pero Buba recuerda, esperanzado, que todos ellos empezaron en clubes de Gambia. Tiene 24 años, pero dice que si le quiere fichar algún equipo español les dirá que tiene 18. Le digo que nadie le creerá y acabamos negociando en que es mejor que diga que tiene 20. “Tienes que enseñarme español, así ya voy aprendiendo”, concluye. Ansumana quiere aprender frases en español para dirigirse a los turistas. “Tú serás nuestro profesor por Whatsapp” dicen, y se ríen.

Ser políglota en Gambia no es nada extraordinario, la mayoría de la población habla como mínimo dos idiomas, en un país conformado por mandinkas (42%), wolof, soninkés, fulas y jolas. Son pueblos que, a su vez, se encuentran en otros países de África occidental. De nuevo aparece la jerarquía económica, aplicada al campo cultural: los idiomas que los gambianos dominan a la perfección, en el circuito internacional, no valen nada; en un país orientado económicamente al exterior, el ascenso social se obtiene hablando inglés —el idioma de la administración y el poder político— o dominando el idioma de los turistas. La adaptación de los emprendedores repartidos por la zona costera del país es la mejor muestra de ello: muchos saben iniciar una conversación en inglés, castellano o francés, y lo muestran por asalto. “¿Cómo estás?”, “Hola amigo”, “Bienvenido a Gambia”, dicen, y a continuación intentan vender lo que tengan en su parada.

El primer gran contacto de Gambia con Occidente fue la esclavitud. “Cuando en la escuela nos hablaron por primera vez sobre la esclavitud, no podía dejar de odiar a los blancos”, cuenta Aisha, una estudiante

Otros apelan a los referentes históricos, con irónicas menciones a la esclavitud: “Blanco, hacía unos cuantos siglos que no te veía por aquí. Espero que lo pases bien, te había echado de menos.” El primer gran contacto de Gambia con Occidente fue ese: la esclavitud. Miles de esclavos negros fueron trasladados forzosamente a América para trabajar en los campos de algodón o azúcar, ya fuera en el Caribe o en el continente americano. En los museos sobre la esclavitud repartidos por todo el Reino Unido, el nombre de este pequeño país —el que ocupa menos superficie del África continental— aparece repetidamente como centro de captación de esclavos. “Cuando en la escuela nos hablaron por primera vez sobre la esclavitud, no podía dejar de odiar a los blancos”, cuenta Aisha, una estudiante. Este mundo es, en gran parte, consecuencia de aquel; hoy, en un giro del destino, son los africanos los que pagan por venir al mundo rico que se edificó sobre el sudor, la explotación y la muerte de sus antepasados.

Cocodrilos
Ousainou Manneh Jaume Portell Caño

En la televisión gambiana, una noticia celebra la vuelta a la normalidad del sector turístico. Anuncian que el país ha tomado todas las medidas necesarias en el aeropuerto para controlar la pandemia, y que el restablecimiento de Gambia como destino turístico es una realidad. Muestran imágenes de aviones llegando y turistas en la terminal del aeropuerto de Banjul. En la playa de Bakau, Ousainou Manneh luce sus músculos en la arena. Hace sentadillas y flexiones junto a sus compañeros de ejercicio. Viene a entrenar mañana y tarde, pero está cansado por otro motivo: no tiene un trabajo estable y dice que cuando pueda se irá a Europa. Dice, como tantos otros, que no quiere coger una patera, que es peligroso, pero no quiere quedarse como está para siempre. Hoy no hay ningún bañista occidental. En esta espera existencial, algunos de los jóvenes del país que se promociona como “la costa sonriente de África occidental” deciden saltar al vacío.

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