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Cine
Béla Tarr: “No hay razón para hablar de vidas fáciles cuando la gente está muriendo sin motivo”

Béla Tarr es uno de los grandísimos del cine contemporáneo. Un grandísimo poco conocido, o, como mínimo, no muy conocido. A mediados del siglo pasado, los nombres de maestros como Michelangelo Antonioni o Ingmar Bergman eran bastante populares, aunque esa popularidad se redoblase a través de chanzas sobre el supuesto talante plomizo o críptico de sus obras. Tarr nunca llegó a ese punto, y nacer en un país de la Europa bajo influencia soviética tampoco debió de facilitar las cosas. Lo que sí tiene el autor de El caballo de Turín es un prestigio colosal. De ahí que el D’A Film Festival de Barcelona, comprometido con el cine de autor desde el mismo nombre del certamen, le haya concedido un premio honorífico con ocasión de su decimoquinta edición.
El autor de Sátántangó comenzó su carrera haciendo filmes políticos en la Hungría comunista, pero fue virando hacia una cierta tradición cinematográfica. Aparecen las escenas de tono grave, a menudo explorado a través de largos planos secuencia (es compatriota de otro estilista de este recurso, Miklós Jancsó). Era la liga de Carl Theodor Dreyer (Ordet) o de Andrei Tarkovski (El espejo, Solaris).
La obra de madurez de Tarr sacude la concepción del tiempo fílmico que puede tener el espectador de cine comercial, acostumbrado a los cortes de montaje constantes. Y proyecta una especie de abatimiento
La obra de madurez de Tarr sacude la concepción del tiempo fílmico que puede tener el espectador de cine comercial, acostumbrado a los cortes de montaje constantes. Y proyecta una especie de abatimiento. Las imágenes de obras como Armonías de Werckmeister transmiten una lenta solemnidad que abre la puerta al enigma. En lo que vemos con nuestros ojos puede haber algo más de lo que vemos. Algo que puede ser, sencillamente, aquello que no terminamos de descifrar de una cotidianidad cualquiera si no se nos explica. O que puede ser algo más trascendente.
El enigma tarriano y sus liturgias pueden tener ecos de misterio religioso, pero también más mundano. La condena o El hombre de Londres son, a su manera, películas de intriga sobre deseos, sobre dinero. La segunda de ellas, de hecho, es la adaptación de un relato de Georges Simenon. Podría haberse tratado de un cálculo para acercarse a otros públicos, pero Tarr explica que todo nació de que recordaba haber gozado de su lectura: “Me gusta sentarme en el jardín de mi casa en verano, antes de que anochezca. Recordaba que estaba leyendo ese libro, de manera casi accidental”. El realizador recuerda que le interesó mucho la “atmósfera” de la novela: “Quería mostrar a alguien que se siente solo en su torre de vigilancia, que tiene mucha monotonía en su vida, que encuentra un dinero e imagina que su vida será diferente. Quiere vivir otra vida, pero al final no lo consigue. Cuando te estás rebelando, tienes que asumir el hecho que no puedes cambiar tu vida”.

Varias de las películas de Tarr tienen premisas que podrían haberse trabajado desde perspectivas más cercanas a la lógica del cine de género. El caballo de Turín, por ejemplo, era una narración de los momentos previos al apocalipsis. El realizador húngaro no parece proclive a hablar sobre cine de género. Cuando le recuerdo que votó por Frenético, un thriller de Alfred Hitchcock, como una de las mejores películas de la historia en las encuestas de la revista británica Sight and Sound, comenta: “¿Sabes porqué voté por Frenético? Porque recuerdo una escena donde el asesino y su víctima suben las escaleras, entran en el piso, y él la mata mientras la cámara espera en el exterior de la puerta y se va alejando por los escalones hacia el exterior del portal. Esa toma me convenció de lo bueno que era Hitchcock, y también La soga”. Y aclara: “Las otras películas que voté eran diferentes. Como La pasión de Juana de Arco, de Dreyer”.
Cuando la vida y el tiempo pesan
En el cine de Tarr, predominan las vidas difíciles. Algunos de los principales rasgos de su estilo visual de madurez, como el uso de morosos planos en blanco y negro, potencian la sensación de pesadumbre. El autor considera que “no hay razón para hablar de vidas fáciles cuando la gente está muriendo sin motivo, cuando los niños pasan hambre... Algunas vidas son duras, algunas son sencillas. Depende de tu situación social, de tus posibilidades. Pero veo que la vida de la mayoría es horrible en todos los lugares del mundo. El 1% de la población es propietario de todo. Odio este tipo de situaciones sociales, evidentemente injustas”.
Tarr suena desencantado, como las películas realizadas durante su etapa de madurez creativa, pero ha mantenido un empeño constructivo que no solo ha germinado en las películas que ha dirigido
Tarr suena desencantado, como las películas realizadas durante su etapa de madurez creativa, pero ha mantenido un empeño constructivo que no solo ha germinado en las películas que ha dirigido. Después de anunciar su retiro de la creación cinematográfica, lideró un programa de creación dentro de la Sarajevo School of Science and Technology. Invitó a ponentes impresionantes para trabajar con un grupo reducido de jóvenes cineastas. Afirma que desearía haberles ayudado a encontrar su propia voz creativa, pero que son ellos quienes deben contestar. “Si no esperase haberles ayudado, no hubiese hecho la escuela”, resume.
Su proyecto nacía del escepticismo que siente hacia las formaciones estandarizadas. “No me gustan las instituciones que te quieren educar, las instituciones donde viene un profesor que, aunque quiera hacer su trabajo lo mejor posible, te está diciendo cómo cree que debes hacer las cosas. Y después consigues una buena nota en el examen si repites lo que te ha dicho”, declara. Le parece más interesante estimular la imaginación: “No hay normas. Liberación, en lugar de educación. A partir de aquí, veremos, es cosa suya. Yo puedo ayudarlos, provocarlos, empujarles a ser más radicales que yo, más estrictos…”.
Cuestionado sobre si sigue con interés la carrera de algunas de las personas que participaron en su programa, el húngaro afirma que es así en varios casos. “Les escogía personalmente, viendo trabajo previo suyo. Inmediatamente, veía si eran personas con sensibilidad para las películas o un caso perdido. Si alguien se limita a seguir ese estilo televisivo, no puedo trabajar con él”, dice. Participaron en el programa realizadores como Valdimar Jóhannsson (Lamb) o el catalán Manel Raga, que le acompaña durante esta estancia por Barcelona que también se extendió a la comarca del Montsià.
“Las películas mayoritariamente ignoran que nuestra vida sucede en el espacio y en el tiempo. La lógica de la narración ignora el espacio y el tiempo. Así que no hay motivo para verlas. Eso es todo”
Tarr tiene fama de ser un entrevistador parco en palabras. Nuestra breve charla no se escapa de esta tendencia. Preguntado sobre la relación entre los tiempos de las vidas y los tiempos de las películas, contesta que no le suele gustar ir al cine “porque las películas mayoritariamente ignoran que nuestra vida sucede en el espacio y en el tiempo. La lógica de la narración ignora el espacio y el tiempo. Así que no hay motivo para verlas. Eso es todo”.
Le planteo que sus películas tienen un componente contrahegemónico porque, en un contexto de una cierta imposición de rapidez, permiten pensar. Y le pregunto si le da valor a ello, o es una consecuencia casual de su manera de mirar. Tarr se distancia: “Todas tus preguntas son demasiado sofisticadas. Nuestro trabajo es sencillo. Simplemente trata de entender qué está sucediendo alrededor de nosotros. Lo sientes. Estás en el lugar de rodaje, con los actores, y viene a ti. Lo sientes y lo piensas. Porque eres un ser humano, y lo que sientes y lo que piensas trabaja a la vez todo el tiempo”.
Un epílogo con jóvenes estudiantes
Esta breve entrevista tiene una especie de extensión. Unos estudiantes de la ESCAC (Escuela Superior de Cine y Audiovisuales de Cataluña), que habían asistido a ella, toman el relevo con algunas preguntas más. Tenía que ser solo una, pero, comprensiblemente, intentan aprovechar la oportunidad de hablar con un gigante de la historia del cine. El realizador húngaro lo encaja de buen grado. Retoma y aclara para ellos algunos puntos de la clase magistral que acababa de impartir. Habla de la continuidad de las obras (“cuando haces una película, la terminas, y después tendrás nuevas preguntas para ti mismo. Y tendrás nuevas respuestas que ya no funcionarán para responder tus preguntas anteriores, así que tendrás que encontrar nuevas respuestas”).
“Decidle a la industria audiovisual que se joda, porque matará vuestra imaginación, vuestra libertad. Os querrán domesticar como a una mascota que es parte del sistema. Así que debéis estar fuera del sistema. Y podréis ser más revolucionarios que yo”
Tarr parece ver una especie de pequeña condena en esta continuidad de la práctica artística, porque no se puede desandar el camino: “Película a película, construirás tu propio estilo, tu dramaturgia. Y al final te encontrarás con todo esto que has hecho, empaquetado, puedes tomarlo o dejarlo. Y ya está. No podrás decir que sientes lejana una película anterior, porque todas ellas son tú”. Al hablar de ello, da una clave relevante sobre su cine, a raíz de su largometraje primerizo Nido familiar: “Entonces pensaba que todos los problemas eran sociales, que todo se arreglaría si se solucionasen esos problemas sociales. Tuve que afrontar que los problemas son ontológicos, y llegue al punto de entender que los problemas son cósmicos, que no hay salida”.
El pesimismo de Tarr emana con fuerza, acompañado de una advertencia sobre la pérdida de energía que supone hacerse mayor, pero de nuevo aparece también el impulso constructivo. Termina la entrevista-charla con este grupo de jóvenes animándoles crear. A rodar con las herramientas que tengan a mano y a publicarlo en internet. “Decidle a la industria audiovisual que se joda, porque matará vuestra imaginación, vuestra libertad. Os querrán domesticar como a una mascota que es parte del sistema. Así que debéis estar fuera del sistema. Y podréis ser más revolucionarios que yo. Debéis hacerlo, porque, si no es así, lo sentiré por vosotros”, concluye. Y Tarr continúa terminándose su cerveza, parsimoniosamente.