Ocupación israelí
Sobre el auge del fundamentalismo sionista

Con el nuevo ejecutivo israelí, la colonización no ha cesado un ápice en Cisjordania y la violencia cotidiana, en todas sus formas, ponen al límite el umbral del dolor y de la paciencia palestina. Hoy, 74 años tras la Nakba y 55 después de la Naksa, la violencia sionista ha alcanzado su máxima expresión .
Niño palestino observa a un soldado israelí
Niño palestino observa a un soldado israelí frente al muro del apartheid. / Imagen de Justin Mcintosh

Es doctor en Interculturalidad y Mundo Árabe-Islámico, es profesor de Estudios Árabes e Islámicos.

7 jun 2022 14:23

Una mañana como la de hoy, hace 55 años, en el contexto de la invasión israelí de Cisjordania durante la fulminante y devastadora Guerra de los Seis días, el ejército sionista ocupaba la Ciudad vieja de Al Quds-Jerusalén. Esa misma mañana, entre el barrio magrebí de la ciudad y el Muro de las Lamentaciones, con el Duomo de la Roca emergente del Haram al-Sharif (el noble recinto, para los musulmanes), conocido como “Monte del Templo” por el judaísmo, los soldados estaban eufóricos tras una conquista percibida desde buena parte de la sociedad, como épica y redentora. Así, en ese momento uno de los líderes militares y religiosos más influyentes del momento, el rabino y general Shlomo Gorem, que ejercía de jefe religioso del Ejército, propuso un plan al comandante en jefe de este, Uzi Narkis. La propuesta, revelada por el propio Narkis al diario Haaretz en 1997, era hacer saltar por los aires el Duomo de la Roca: “Ahora es el momento de volar el Duomo. Hazlo ahora y pasarás a la historia” instó Gorem a Narkis. El general Narkis, sin embargo, se opuso de forma contundente.

Hoy, 55 años después, los delirios destructivos, mesiánicos y apocalípticos del fundamentalismo sionista o neosionismo sobrevuelan con más fuerza que nunca la explanada de las mezquitas o monte del templo. El 7 de septiembre de 1967, las tropas del ejército israelí ocuparon Al-Quds/Jerusalén y no dinamitaron el Duomo de la Roca, ni la mezquita al-Aqsa, a pesar del ánimo de algunos fundamentalistas como Shlomo Goren, pero no corrió la misma suerte el barrio magrebí de la Ciudad Vieja. El ejército israelí consideró que el Muro requería más espacio al frente para ser venerado y, que, por tanto, esas 135 casas y edificios de ocho siglos de historia (que incluían una de las pocas mezquitas de la época de Saladino o la zauia dedicada al maestro sufí andalusí Abu Medyan) y sus habitantes, no merecían la más mínima compasión. Solo tres horas antes de su destrucción, los aproximadamente 700 vecinos del histórico barrio fueron expulsados. Esos jerosolimitanos desahuciados (de Palestina y de la Historia) formaban una pequeña parte de los 300.000 palestinos que, según el Departamento de Estado de los EE UU fueron expulsados o desplazados en junio de 1967.

Se trataba de una nueva expulsión masiva de población nativa, tan sólo 18 años después de la implantación del Estado israelí, y la limpieza étnica de unos 531 pueblos y aldeas palestinas, tal como han documentado historiadores israelíes y palestinos. Aquella segunda expulsión masiva de población nativa y una nueva guerra expansionista por la que se Israel ocupó y anexionó territorios soberanos palestinos, libaneses, sirios y egipcios, constituía una nueva “Nakba” (Catástrofe) para la población palestina en especial, y para los países árabes de la región en general, los cuales comenzarían a renegar del panarabismo (que sería sustituido progresivamente por el Islam Político o “islamismo”).

Tras la limpieza étnica de Palestina, junio de 1967 constituye el siguiente eslabón en la cadena de acontecimientos claves en la historia de Palestina e Israel, pues la expansión sionista prosiguió mediante una colonización expansionista en los territorios palestinos ocupados tras la Guerra de los seis días

Se trata de la Naksa (“el revés”), que se conmemora cada junio desde 1968, como una forma más de expresión colectiva de la memoria y la identidad nacional palestina y como una manifestación de resistencia popular pacífica. Ya son 55 años de ocupación ilegal, en violación flagrante y sistemática del derecho internacional humanitario y el derecho internacional de los Derechos Humanos en los territorios palestinos. Tras la limpieza étnica de Palestina, junio de 1967 constituye el siguiente eslabón en la cadena de acontecimientos claves en la historia de Palestina e Israel, pues la expansión sionista prosiguió mediante una colonización expansionista en los territorios palestinos ocupados tras la Guerra de los seis días. Como diría el líder del grupo fundamentalista Gush Emunim (“Bloque de los fieles”), Tvi Yehuda Kook (1891-1982), “Torah, guerra y colonización son tres cosas en una”. Y es que, además, la invasión y la ocupación reavivó el ímpetu sionista de maximalismo territorial proyectado en Judea y Samaria (como llaman los sionistas a Cisjordania): se encontraban, según el ideario religioso sionista, en el momento óptimo de “redimir el país”, es decir, de recuperar el Estado bíblico. Ello se conseguiría mediante la colonización de los nuevos territorios ocupados.

Pero volviendo al plan de aquel rabino mesiánico, que veía el comienzo de una nueva era apocalíptica y redentora con la conquista de Cisjordania (“Judea” y “Samaria” en el ideario sionista), habría que recordar cómo dos décadas después, hubo varios complots de grupos fundamentalistas para volar el Duomo o “Cupúla” de la Roca y la Mezquita de al-Aqsa. Protagonizados sobre todo por el grupo terrorista autodenominado “Clandestinidad judía”, liderado por Menaahem Livni y Yehuda Etzion y otros colonos, y ayudados por soldados especialistas en explosivos, intentaron destruir varias veces la Mezquita al-Aqsa, aunque todos los intentos fueron fallidos. El proyecto más avanzado de ellos había sido elaborado durante años, pero fue impedido por los servicios secretos del Shin Bet en 1984.

En la última década, con la radicalización del espectro político nacionalista y religioso israelí, esas aspiraciones se han mantenido vigentes e incluso se han incrementado. En los últimos meses se han incrementado los ataques de la policía militar israelí contra feligreses en la explanada e incluso en la propia mezquita Al-Aqsa, y durante el pasado mes de Ramadán ha sido constante la visita de grupos de colonos integristas, escoltados por militares. El statu quo en vigor establece que los musulmanes rezan en la Explanada, donde están la Cúpula de la Roca y la Mezquita Al-Aqsa, el tercer lugar más sagrado del islam, después de la Meca y Medina, mientras que el rezo judío queda reservado a la explanada del Muro de las Lamentaciones, lugar más sagrado para el judaísmo.

No obstante, como decíamos, varios grupos radicales religiosos y de ultraderecha dirigidos por colonos —como “los Fieles del Monte del Templo”, “El Monte del Templo” o el “Instituto del Templo”, integrados en el Movimiento del Tercer Templo— insisten en reventar el statu quo, al instar constantemente a la construcción del ansiado “tercer templo” (el segundo Templo habría sido destruido totalmente por los romanos en el año 70 a. C) sobre la Cúpula de la Roca y la Mezquita Al-Aqsa. Así, según revelara un informe de la organización israelí Ir Amin en 2013, esos grupos fundamentalistas son financiados cada año por el Ayuntamiento de Jerusalén y por varios ministerios, a pesar del peligro que entrañan. No en vano, la amenaza tiene en alerta especial a los servicios de inteligencia israelí (Shin Bet) desde la década de 1980. Así lo revelaba el 5 de abril de 2005 al periódico Frontline su exdirector, Avi Dichter, quien aseguraba que las apocalípticas aspiraciones de aquellos fundamentalistas deberían quitar el sueño a la sociedad israelí y que las implicaciones a nivel internacional son imprevisibles.

La última gran manifestación de pretensión supremacista y colonizadora en Jerusalén Este ocurrió el pasado domingo 30 de mayo, durante la llamada “marcha de las banderas”, que colorearon de azul y blanco los barrios palestinos de Jerusalén Este, incluida la Ciudad Vieja.

La última gran manifestación de pretensión supremacista y colonizadora en Jerusalén Este ocurrió el pasado domingo 30 de mayo, durante la llamada “marcha de las banderas”, que colorearon de azul y blanco los barrios palestinos de Jerusalén Este, incluida la Ciudad Vieja. Varios miles de colonos marcharon al grito —ya habitual— de “Muerte a los árabes” y “Shirin está muerta”, en referencia a la periodista palestina de Al Yazira, Shirin Abu-Akleh, asesinada por un francotirador mientras cubría la incursión del ejército israelí en el campo de refugiados de Jenin hace 2 semanas.

Precisamente en el funeral de Shirin Abu-Akleh se manifestó otra de las dimensiones de la necropolítica sionista, como diría Achile Mbembe o Johon Focault, y de la violencia cultural o simbólica, además de física o directa —si utilizamos la terminología de Johan Galtung y su teoría del “triángulo de la violencia”— contra las personas palestinas. A porrazos, la policía se abrió paso entre familiares, amigos y quienes portaban el féretro con la justificación de retirar las banderas palestinas. Lo mismo ocurre a diario en el pueblo palestino de Huwara y otras poblaciones en Cisjordania ocupada, donde a diario colonos armados o soldados irrumpen para arrancar una bandera palestina que siempre ha ondeado de un poste en la travesía; o en Jerusalén Este, territorio palestino ocupado, donde los soldados golpean y detienen a menudo a cualquier persona palestina que porte su bandera nacional. Las nuevas torretas o centros de “necropoder” situados en Bab al-Amud o “Puerta de Damasco”, en la entrada a la Ciudad Vieja son escenario cotidiano de palizas, detenciones y humillaciones de soldados o policía a vecinas palestinas.

Respecto a esa obsesión con destrozar cualquier atisbo de resiliencia cultural e identitaria palestina, en este caso una brutal ofensiva de banderas (israelíes) y contra banderas (palestinas) como nueva muestra de violencia simbólica o cultural, una posible explicación podría ser la necesidad por parte del sionismo de mantener viva la imagen de un enemigo que suponga supuestamente una amenaza existencial, aunque en este caso sea solo una bandera, en vistas de la ausencia de amenazas reales. En este sentido coincidimos con la opinión de la periodista israelí Orly Noy en el +972 Magazine: “Hamas está lejos de tener la capacidad militar de suponer una amenaza existencial para Israel. La Autoridad Nacional Palestina funciona como el contratista oficial de la ocupación, y los partidos de izquierda que ofrecen una alternativa a Fatah y Hamas están siendo aplastados tanto por las fuerzas israelíes como por las palestinas. En semejante marco, no sorprende que Israel declare la guerra a un símbolo. En ausencia de cualquier amenaza real, la propia bandera se convierte en el enemigo”. 

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Así mismo, no puede seguir obviándose cómo, 55 años después, se ha incrementado la cotidiana violencia que los colonos israelíes (no hay que olvidar que son más de 600.000 en Jerusalén Este y Cisjordania) ejercen contra la población palestina, tal y como denuncian constantemente la Oficina para los Asuntos Civiles y Humanitarios de la ONU en los Territorios Palestinos Ocupados (OCHA OPT, por sus siglas en inglés), y numerosas ONG israelíes, entre las que destacan B´tselem y Yes Din. Una violencia que como muestra el asesinato de Shirin Abu Akleh, no respeta nada y la semana pasada volvió a atentar contra la prensa, asesinando a la joven Ghofran Warasnah, de 31 años, cuando trabajaba cerca del campo de refugiados de Al-Aroub, al norte de Hebrón.

Con el nuevo ejecutivo israelí, la colonización no ha cesado un ápice en Cisjordania y la violencia cotidiana, en todas sus formas, ponen al límite el umbral del dolor y de la paciencia palestina. Hoy, 74 años tras la Nakba y 55 después de la Naksa, la violencia sionista ha alcanzado su máxima expresión en ciudades como Al-Quds/Jerusalén o Al-Jalil/Hebrón, urbes que sintetizan nítidamente el beligerante sistema de ocupación y colonización derivado en apartheid desde el fraudulento “proceso de Oslo”.

En definitiva, el desarrollo y auge actual del fundamentalismo sionista, abanderado por el movimiento colono en Cisjordania y Jerusalén, y representado por mayoría en el parlamento israelí, resulta en una de las peores consecuencias de la ocupación y de la progresiva colonización de los Territorios Palestinos desde hace 55 años. Tanto por sus implicaciones territoriales y demográficas, al modificar la geografía y destruir la continuidad territorial entre la población palestina, como por el odio nacionalista y religioso que suscita, habría que visibilizar y denunciar más un fenómeno tan destructivo para la población palestina como para el consenso y el Derecho Internacional y que traba cualquier atisbo de paz en Oriente Próximo.

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