Nacionalismo eres tú

La escalada del conflicto entre Catalunya y España desvela una realidad que no tiene nada de nueva: solo se ve el nacionalismo en el ojo ajeno.

Carteles huelga Barcelona 11 de noviembre 2017
Carteles de la huelga en Barcelona el 11 de noviembre de 2017. Álvaro Minguito
José María Matás

publicado
2017-11-13 18:02:00

Podría ser un gag de los Monty Python. O una viñeta de Eneko, el último humorista gráfico depurado por la prensa libre. Pero no. Ocurrió realmente el pasado 8 de octubre en Barcelona cuando un enfervorecido Vargas Llosa hacía un encendido alegato contra el nacionalismo, esa plaga que asoló el siglo XX, frente a un mar de banderas rojigualdas.

El nacionalismo son los otros.

Y si no que se lo digan a ese portavoz de un partido “constitucionalista” que unos días más tarde, en una tertulia televisiva, saltaba de la silla al ser acusado de alimentar el nacionalismo español. “¡Un respeto!”, prorrumpió el viejoven político, para añadir desencajado y con dedo acusador: “¡Me estás ofendiendo!”. A quien señalaba era a un nacionalista, pero de los de verdad. De los quieren ser nacionales, pero de otro Estado.

La Nación como inconfesable unidad de destino.

TV3 adoctrina; TVE informa. Las escuelas catalanas falsean la realidad; las demás la revelan. Los secesionistas apelan a las emociones; los españolistas a la razón

Cuando unas banderas son universales kantianos y otras residuos tribales, aun cuando compartan colores, proporciones y usos, es difícil no ya acercarse a una situación ideal de habla habermasiana, sino mantener una conversación mínimamente sensata. TV3 adoctrina; TVE informa. Las escuelas catalanas falsean la realidad; las demás la revelan. Los secesionistas apelan a las emociones; los españolistas a la razón. El separatismo es un invento de la burguesía, una cortina de humo para que algunos tapen su corrupción; el unionismo y los llamamientos a la integridad territorial una creación de las clases populares bajo la que no se cobija ningún deseo de oscurecer otras realidades.

En esas estamos. Con un himno que poder cantar y que oponer a los otros como aspiración cosmopolita. Con el “Yo también tengo amigos catalanes” como autoexculpatoria carta a la tolerancia. El mundo tiene demasiadas fronteras, esas cicatrices en la piel de la tierra que expresara líricamente Josep Borrell en el mismo super-nada-nacionalista mitin al que aludíamos arriba. De modo que queda prohibido alterar las nuestras. Cuba y Filipinas se nos fueron. Mal jugao. Pero ahora ni siquiera tenemos que tocar la Constitución para encontrarle el encaje a Gibraltar.

El artículo 2 como wishful thinking.

Y así el error de los independentistas no es querer arrastrar a todo su pueblo dejando al margen al 50%, ni saltarse las leyes, ni la mezcla de melodrama, victimismo y prestidigitación empleadas para alcanzar sus objetivos. Esto son a lo sumo agravantes. El pecado original es que cientos de miles de catalanes –nadie se cuestiona por qué cada día que amanece el número de independentistas crece– piensen como piensan y deseen engrosar ese cuerpo de más de 7.000.000 millones de seres humanos que ni son ni quieren ser españoles pese a no haberlo probado.

Las naciones dejan entonces de ser comunidades imaginadas, constructos sociales, agregados históricos producto de guerras, tratados, pactos dinásticos o instituciones no dadas sino artificiales y cambiantes, para convertirse, en nombre del no nacionalismo, en verdades esenciales, certezas inconmovibles, ideología.

El pecado original es que cientos de miles de catalanes piensen como piensan y deseen engrosar ese cuerpo de más de 7.000.000 millones de seres humanos que ni son ni quieren ser españoles pese a no haberlo probado

Así que no hay persuasión posible. Ni proyecto. Ni fe de erratas. La nación no es un “plebiscito diario”, según la clásica definición de Renan. Elegir no es una opción aun cuando lo demande el 80% de la población. ¿Votar como en Quebec o en Escocia? ¿Y si nos sale mal? Una cosa es proclamar enfáticamente que los soberanistas son una minoría y otra someterlo al test de veracidad de una consulta legal y pactada. Ni hablar. La nación son lentejas. Lo escribía Jorge Lago hace unos días al interrogarse acerca de qué idea de España hay detrás de todas esas apelaciones a la unidad para terminar calificándola como “fundamentalmente negativa”. Solo somos en la medida en que no te vas. Así que se trata de vencer, no de convencer. No me importa que me odies mientras seas mía.
Lo peor es que todo esto es tan viejo como evitable.

Bastaba con haber aprendido la lección que el nada sedicioso Ortega y Gasset nos dejara hace casi un siglo en un librito tan citado como, me temo, poco y mal leído llamado España invertebrada. En este, además de señalar –aludiendo a los ya pujantes autonomismos vasco y catalán– que cuando una sociedad se sume en el particularismo es el poder central el que previamente se ha mostrado particularista, el filósofo concluía: “No es el ayer, el preterito, el haber tradicional, lo decisivo para que una nación exista. Este error nace, como ya he indicado, de buscar en la familia, en la comunidad nativa, previa, ancestral, en el pasado, en suma, el origen del Estado. Las naciones se forman y viven de tener un programa para mañana”.

El Código Penal no es un programa.

2 Comentarios
Enrique Dominguez 17:04 16/11/2017
Gran estreno.
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Anónima 9:41 16/11/2017
Un artículo muy bueno
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