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Pensamiento
Mar García Puig: “Habitar la metáfora es un peligro que merece la pena”
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Hubo un momento en la vida de Mar García Puig (Barcelona, 1977) en el que quiso dejar de temer a los fantasmas y deseó creer en ellos. Era mejor, se aseguraba a sí misma, el sudor frío ante la posibilidad de la aparición de un espectro a los pies de su cama que la certeza de que nadie volvía del lugar del que se supone que procede cualquier espíritu, con o sin sábana como dress code. Su lucha interna por lograrlo es uno de los puntos de partida de Esta cosa de tinieblas (En Debate, 2025), un conciso ensayo narrativo de título shakespeariano en el que la autora conecta Eurodisney, Emily Dickinson, Mulder y Scully, las caras de Bélmez y las leyendas del cementerio bonaerense de la Recoleta con un objetivo: reivindicar el poder de la metáfora en estos urgentes tiempos de literalidad.
Tu anterior y primer libro, La historia de los vertebrados, tuvo tan buena acogida que será adaptado al cine. ¿Había miedo al documento en blanco de esta obra?
La idea surgió de mis editores, cuya figura siempre reivindico. En el segundo libro es muy habitual sostener al autor o a la autora. Al principio no me gustaba mucho lo de “librito” y ahora me gusta más. Me lo propusieron precisamente para que hiciera lo que yo quisiera sin presión. Eso me quitó el miedo.
Siendo editora de profesión, ¿sentías que el buen nombre de tu trabajo estaba un poco en juego?
Creo que, si no hubiera sido editora, me habría lanzado a escribir antes. De hecho, sigo sin verme como una escritora. Tanto el anterior como este tienen bastante de libros de editora porque beben de otras tantas obras. Y sí, sí que tenía esa sensación de “¿cómo voy yo a acompañar a autores si lo que yo misma escribo no está bien?”.
En una entrevista reciente con Álvaro Colomer hablabas de la importancia, para tu amor por la literatura, de los orígenes sorianos de tu padre.
Sí, mi padre, con su madre, mi abuela, que fue maestra de la República, vino de Soria a Barcelona. Para mí, desde pequeña, aquella ciudad era un espacio mítico y literario. Mi lengua materna es el catalán, pero mi idioma literario es el castellano por ese vínculo. Toda mi vida he tenido presentes las leyendas de Bécquer y las revisité para este libro. El rayo de luna, por ejemplo, es la historia de un hombre que enloquece persiguiendo a una mujer, es un relato de terror desde el punto de vista del género. Me sigue fascinando, que es también lo que reivindica mi libro.
La metáfora tiene capacidad para penetrar y encarnarse en las personas y por eso ha resultado tan potente para las ideologías
En él defiendes la metáfora.
El libro es una defensa de la metáfora y de la complejidad. Podría decir que la metáfora y la literatura son maravillosas, pero para matizarlo quise empezar con la cita de Lakoff que advierte de que pueden matar. Él escribió eso a propósito de cómo la administración Bush creó un sistema metafórico para justificar la guerra del Golfo y este libro ha coincidido con el aparato metafórico que ha acompañado el ataque a la población palestina. La metáfora tiene capacidad para penetrar y encarnarse en las personas y por eso ha resultado tan potente para las ideologías.
¿Tu propuesta es ocupar, apoderarnos de la metáfora?
Sí, tomar el lenguaje y ser conscientes de él. Escuchamos que hay personas “vitamina” o “tóxicas”, que son metáforas potentes en las que subyace un discurso vinculado al neoliberalismo. Y con la ultraderecha también hay un aparato lingüístico que, o nos paramos a deconstruirlo, o se encarna en nosotros.
¿Qué te preocupa de la literalidad?
Que la abracemos desde según qué lugares. Por ejemplo, desde el feminismo. Entiendo que hay una parte muy humana en buscar la simplificación. Entiendo de dónde sale esa mirada pura que buscamos en los discursos o en el arte, y yo misma muchas veces he estado ahí, no hago una crítica despiadada desde ninguna atalaya. Cargamos con un dolor histórico, sé de dónde viene esa huida de la contradicción y es comprensible.
La mujer ha sido siempre carne de metáfora desde la mirada masculina. ¿Qué aliada encuentra el feminismo en la metáfora?
Nos permite, por ejemplo, huir de la pureza. Yo seguramente no paso los tests de pureza que a veces aplico a los demás. ¿Cómo apropiarnos de las metáforas? Pienso en Shakespeare. Le leí muy joven y quizá no estaba preparada para leer que nos definiera como gusanos de tierra. Pero luego encuentras El papel pintado amarillo y ves que las mujeres que se liberan lo hacen arrastrándose y esa metáfora le quita toda esa pureza que Shakespeare quería que tuviéramos.
A la autora que escribe novela le preguntan en qué se parece a su vida y, a la que no, que cuándo la novela. Molesta la primera persona ahora que la mujer ha empezado a utilizarla más
En el libro trazas un paralelismo entre las críticas a la literatura gótica firmada por mujeres a finales del XVIII y en el XIX y la que algunos sectores, frecuentemente, voces masculinas, vierten hoy sobre la de tintes autobiográficos.
Las críticas que se hacían a las escritoras góticas en aquellos siglos eran de ser exageradas, sensibleras o fáciles. Eso se repite cíclicamente. Hoy hay crítica a la literatura de mujeres en primera persona, pero también mucha demanda. A la autora que escribe novela le preguntan en qué se parece a su vida y, a la que no, que cuándo la novela. Molesta la primera persona ahora que la mujer ha empezado a utilizarla más. Annie Ernaux dijo que la historia de la literatura es la historia de ganarse el derecho a hablar desde el “yo”. Primero fueron los clérigos, luego los nobles y burgueses, después las mujeres aristócratas, las clases medias y por último las populares. En cuanto a la clase, hay algo de no sentirse legitimada a contarse.
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Si una emoción se siente más que se debate, ¿puede existir algo “demasiado emocional”? ¿Es ese un límite patriarcal?
Tenemos esa mirada masculina interiorizada, pero en mi caso también soy bastante inconsciente. Aunque sienta inseguridad, no dejo de ocupar un espacio en el mundo relativamente cómodo. Si soy tildada de loca, enamoradiza, dejada o despechada casi que me da igual, lo escribiré y seguiré con mi vida. Pero hay gente que no se siente ahí, muchísimas mujeres no han estado ni están ahí y eso tiene que ver con tu posición en el mundo, con tus orígenes y con el cálculo del poder simbólico que tienes. Yo misma empecé a escribir después de ser diputada.
Estuviste durante siete años en el Congreso. ¿Se lleva mal la metáfora no bélica con la política institucional?
Es un territorio completamente hostil a ella en cuanto a lo que esta tiene de posibilidad. No hay espacio de reflexión, en muchos casos, y lo entiendo porque hay necesidades urgentes de la ciudadanía. Si nos fijamos en la cultura, desde la izquierda se han hecho intentos, pero no acaba de conectar con qué es y cómo se la hace llegar a la gente, porque hay un complejo de que es algo elitista.
Se ha dicho mucho que la política profesional es una trituradora de personas.
Creo que parte de la concepción de que es una trituradora viene de que no nos hemos sabido ir. Las personas tenemos muchos lugares desde los que hacer política. Hay ciclos y podemos ser útiles desde distintos sitios. Quizá tampoco hemos sabido crear esa base que pudiera irnos sustituyendo. La idea de que la gente se apoltrona en la política, que era algo a evitar que teníamos presente, ha calado. Hablamos mucho de cómo entra la gente común en política, pero no de cómo sale, mucho de las puertas giratorias pero no de las cerradas.
Volviendo a la metáfora, ¿pasa por una mala época porque todo parecen urgencias?
Ahí tengo muchas dudas también por mi experiencia en política. Hubo una urgencia de hacer cosas y quizá habría que habernos detenido a sentar un poco más de base o a hacer un discurso más complejo con algunos temas. Lo veo también en el feminismo. Tuvo su momento álgido en el que a las feministas se nos disputaba el mercado editorial y salimos a la calle y a las mesas de novedades, pero hay discursos complejos que no se han acabado de unir bien. Quizá porque no hemos tenido, me incluyo, la paciencia de abordarlos desde la complejidad. Por otro lado, ¿hasta qué punto la metáfora y la cultura tienen que ver con luchas como la de la vivienda? Por ejemplo, Casa Orsola se ha convertido en un espacio mítico de ese derecho.
¿Existe el peligro de recurrir tanto a la metáfora que se acabe habitándola?
Es un peligro que merece la pena. La metáfora crea un mundo de posibilidades incluso imposibles. En el amor, un tema que me preocupa mucho, hemos querido construir un mundo absolutamente real, literal, dominable, cuando seguramente hay muchas cosas que se nos escapan. Hay ciertas ficciones que es necesario habitar para sobrevivir. Recuerdo una conversación con una pareja a la que acababa de conocer que tenía claro que las relaciones no duran para siempre. Yo le respondía que, si me remitía a la experiencia, seguramente es así, pero que necesitaba habitar un lugar en el que la relación que comienza puede durar para siempre. Y luego ya, si no es así, tener los recursos necesarios para no tirarme de un puente. Seguramente no dejaré a mis hijos con un planeta que haya logrado revertir el cambio climático, pero si no habitamos esa ficción acabamos locos. La literatura ayuda a trampear la vida.
En redes sociales es habitual ver capturas de libros con pasajes más tristes o graves que divertidos o costumbristas. La literatura libera, pero ¿también puede actuar como un recordatorio colectivo del peso de la vida?
Yo tengo tendencia a la gravedad. A mí lo que me preocupa es el victimismo. Es un tema que no sé si resuelvo bien en los dos libros que he escrito. Pero la historia de la literatura es también la de una queja existencial. A mí me salva de mi tremendismo reírme un poco de él, y creo que a muchos líderes políticos de izquierda les vendría bien reírse de sí mismos de vez en cuando.
Por usar verbos tremendistas, ¿la literatura cura más que mata?
En mi caso, sí. No deja de tener un punto narcisista, porque la literatura te hace sentir especial. En el desamor, una piensa que habita un poema, aunque es una visión idealizada porque hay realidades devastadoras en las que es imposible habitar poema alguno.
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En el ensayo recoges la afirmación del psiquiatra Jean-Étienne Dominique Esquirol acerca de que él mismo podría escribir una crónica de la Revolución Francesa solo a partir de los miedos y delirios de sus pacientes. Añades que la metáfora es “la lengua materna de la mente que ha enloquecido”.
Cuando no puedes enfrentarte a la realidad, creas una paralela. Mi abuela, cuando tenía demencia senil, iba a clases de gimnasia mental y había una señora que decía que no sabía jugar. Era porque, cuando se tiraban la pelota unas a otras, tenían que nombrar una prenda de vestir y mi abuela decía “república”.
¿Cómo nos ayuda hoy la literatura?
Mi descubrimiento como autora han sido los clubes de lectura. Recuerdo que participé en uno en Cuenca, con un autobús recogiendo señoras de los pueblos y llevándolas a una biblioteca. A mujeres que no están acostumbradas a conjugar en primera persona cómo se sienten, la excusa de conversar sobre un libro les da un espacio de, como mínimo, tomar la palabra. Las bibliotecas como espacios de socialización y comunidad. Tengo un sobrino que me sigue diciendo que, durante la pandemia, la bibliotecaria de su instituto le salvó la vida. Ella creó un sistema para que siguiera activa pensando en muchos adolescentes que en esos momentos estaban en espacios cerrados que podrían resultarles hostiles. O las librerías como espacios para realizar actividades. Ahora pienso en hacer un club de lectura para madres que, con esa excusa, puedan dejar los cuidados y venir a encontrarse. A veces tienes red, pero no la autonomía mental para dar algunos pasos.
¿Qué consejo le das a una persona joven que quiera lanzarse a escribir?
En alguno de los cursos de escritura en primera persona que he impartido, he notado que muchas alumnas tenían precaución de no exponer a su entorno. Es fruto del rol cuidador. Yo les aconsejo que escriban y después ya habrá tiempo de revisar la exposición. Las mujeres solemos tener una barrera simbólica que se manifiesta o bien por ser demasiado jóvenes o demasiado mayores, por haber leído mucho y ser percibida como una erudita o por haber leído poco y faltarte bagaje. A veces hay que tomar la determinación de escribir. Por otro lado, creo que hay redes de escritoras y lectoras, un universo por explorar en el que creo que las mujeres hemos sabido encontrarnos. Como le he leído en alguna entrevista a Beatriz Serrano, comunidades fuera de la competitividad que suele verse en los autores, al menos en los de mi generación. Yo en las mujeres veo entusiasmo y emotividad hasta en las recomendaciones, al acabar el año, de los libros que más nos han gustado. Escuchar hablar a las autoras y cómo socializan la inquietud de escribir es motivador. Recuerdo salir de una charla de Cristina Rivera Garza totalmente inspirada y pensando “¡ya está, ya tengo mi siguiente libro!”.
¿Le falta emoción y misterio al mundo? O, al menos, ¿le hace falta seguir sintiendo ambos a quien quiera cambiarlo?
En esta sociedad tan terapéutica, en la que todo el tiempo buscamos certezas, ni la emoción ni el misterio representan espacios seguros. Sin frivolizar ningún peligro, quizá solo en determinada inseguridad puedan entrar la emoción y el misterio. Soy la primera que quiere pisar terrenos firmes, lo que pasa es que la vida no es así.