Lactancia
El lactario del mascarón de proa: la teta y el capital

La lactancia está más precarizada que nunca, con unas tasas alarmantes: menos de la mitad de los menores de seis meses se alimenta exclusivamente con leche materna, y solo la mitad de los recién nacidos empieza a ser amamantado en la primera hora de vida.
Lactario Municipal La Boca
Lactario Municipal La Boca. Foto: Wikimedia Commons/ Ezarate
15 oct 2024 05:00

Cuando uno pasea por las míticas calles de la Boca , alegres, coloridas, que parecen de cuento como diría Borges, uno puede encontrarse muchas cosas, pero tal vez un lactario sea lo último que se espera. Y no uno cualquiera, no: acaso el más sorprendente, solo en su especie, porque me atrevería a afirmar que es el único lactario del mundo que tiene un mascarón de proa coronando su esquina superior.

Se trata del Lactarium Municipal Nº 4 (esquina de calles Palos y Pedro de Mendoza, barrio de la Boca, Buenos Aires), inaugurado en 1947, actualmente un jardín de infancia. Pero, ¿de dónde sale este lactario, este mascarón de proa que lo orienta al Río de la Plata, el Riachuelo, el eterno puerto que contempla Caminito? (Caminito, ese callejón estuario del que alguien dijo: “Un buen día se me ocurrió convertir a ese potrero en una calle alegre”).

El mascarón es nada menos que obra original del artista argentino (entre otras muchas cosas) Benito Quinquela Martín, el llamado pintor de los puertos, que además otorga nombre al lactario mismo. (Y sí, el que convirtió “a ese potrero” en la “calle alegre” que es hoy, la explosión de colores con que él sugirió iluminar las casas grises, con la pintura que sobraba de los barcos). El lactario original se construyó de hecho a sus instancias, con la donación del terreno que Quinquela hiciera para un espacio de donación, a su vez, de leche destinada a bebés expósitos (huérfanos). Él mismo lo fue: hasta los siete años no sería adoptado por la familia de carboneros que lo convirtió en su hijo.

Lactarios y gotas de leche en el pasado

Pero, ¿qué es un lactario? O mejor dicho, ¿qué era un lactario en aquellos años? Porque hoy es otra cosa, pero ya llegaremos ahí. Un lactario entonces era algo parecido a lo que fue en España la insigne institución de la Gota de Leche (hubo en otros lugares de Europa), precursora en cierto modo de los contemporáneos bancos de leche, aunque solo en parte. Se trataba de algo así como la “nodriza de los niños pobres”, como se llegó a decir: instituciones sanitarias destinadas a la reducción de la mortalidad infantil vinculadas al higienismo y la salud pública, con énfasis en la recolección de leche donada, su análisis y su administración posterior a bebés sin acceso a leche de su propia madre biológica. Aunque a menudo se amamantaba directamente (ya no en diferido) por parte de unas mujeres a bebés no “suyos” —la lactancia alomaternal es una constante en los mamíferos humanos y, acaso no tan sorprendentemente, también en los no humanos—.

Así, en un momento en que crece la preocupación pública y sanitaria por la intervención estatal materno-infantil y algunos desarrollos simultáneos en la ciencia de la nutrición, funcionó en Buenos Aires el lactario —entre otros— llamado “Ginegaladosia” (de un neologismo derivado del griego que significa “sitio donde se entrega leche de mujer”) en el Instituto Nacional de la Nutrición, entre los años 1933 y 1946.

Dejando a un lado la labor de gobierno y medicalización que ello supuso también, en gran medida, para (cuerpos de) madres y criaturas, hubo un trabajo bien interesante y un avance notable al respecto del conocimiento de la leche humana gracias a estas iniciativas, además de un impacto positivo significativo en aspectos vinculados con aquel higienismo y la vigilancia alimentaria.

Lactarios hoy

Hoy, cuando ya se habla de la lactancia materna como “la madre de la seguridad alimentaria” a nivel global, los lactarios en Buenos Aires son otra cosa. Hoy Argentina, pionera en numerosas formas de reconocimiento de derechos sexo-reproductivos de madres y criaturas, tiene en funcionamiento 22 lactarios municipales en Capital Federal.

Solo que hoy son otra cosa: ya no lugares donde se dé leche materna donada para bebés huérfanos o desfavorecidos —como dije, esto hoy se parecería más a lo que es un banco de leche, solo en parte—, sino un “espacio destinado a las madres trabajadoras, que les facilita conciliar sus actividades laborales con la lactancia y alimentación de sus bebés […] Con el objetivo de fomentar, proteger y apoyar la alimentación infantil por pecho; como así también brindar las herramientas adecuadas para que las empleadas del Gobierno de la ciudad puedan extraer y preservar la leche materna durante el horario laboral”. Así, y según la propia Administración argentina comparte en su página oficial, se trata de un fomento institucional de la lactancia a través de sus propios espacios para madres con empleo remunerado, por el que hoy se continúa trabajando tanto en dependencias públicas como privadas. Hay incluso un lactario nada menos que en el Palacio de Gobierno de la Avenida Rivadavia, lo que posee un valor simbólico fundamental, por cierto.

En España aún es frecuente que las madres deban extraerse leche en el baño del trabajo, medio a escondidas entre una y otra hora, o disimular que guardan leche en los frigoríficos

Este dato sobre los lactarios no es en absoluto trivial: cuando se habla de la necesidad de que el lactario sea un “espacio de uso exclusivo, especialmente acondicionado, digno e higiénico para que las mujeres amamanten o extraigan su leche materna durante el horario de trabajo, asegurando su adecuada conservación y favoreciendo la continuidad de la lactancia materna”, pensemos que en España aún es frecuente que las madres deban extraerse leche en el baño del trabajo, medio a escondidas entre una y otra hora, o disimular que guardan leche en los frigoríficos comunes por si “da asco” a los compañeros —o peor aún, dios no lo quiera, les excite, existe como parafilia, sí—, mientras se asume sin problemas que los compañeros fumadores salgan al espacio público a fumar, por ejemplo, en tiempos de descanso indiscutidos en ese caso. Así que tener un espacio de este tipo, no, no es moco de pavo. Está bien que los haya, los ha de haber. Y bravo por Argentina, una vez más, por ser también en esto vanguardia y ejemplo a seguir.

Sin embargo, hay algo más en todo esto, algo sobre lo que hemos de reparar de una vez por todas, en lo público, en lo político… en lo carnal, en lo universal.

Veámoslo por partes. El lactario de hoy —o lo que llamamos en España “sala de lactancia”, sería el equivalente—, en Argentina o dondequiera, implica que una madre que está lactando, además está realizando un trabajo remunerado. Y es justo, sí, que el Estado le provea normativamente de un espacio para poder extraerse leche mientras trabaja —mientras es productiva— y su bebé por ende está lejos de ella durante esas horas —o eventualmente que lo amamante allí si tiene la fortuna de que alguien se lo acerque al trabajo—; es decir, mientras es “productiva” también en diferido. Y a ese “productiva” podríamos quitarle las comillas.

¿Por qué? ¿Por qué digo que esa madre que está lactando mientras hace (otro) trabajo, además de estar siendo reproductiva (lo obvio), está siendo también productiva?

Pensemos primero –porque igual no lo hacemos suficiente– que el hecho de que la madre se ordeñe leche en ese momento significa muchas cosas: significa que, además de extraérsela –ya es un procedimiento que lleva un tiempo, unas condiciones, etc.–, debe luego conservarla, trasladarla consigo cuando vaya a volver a reunirse con su criatura, y entonces dársela –ella u otra persona, en otro momento, durante sus ausencias–. Todo eso no solo es una tarea “reproductiva” –lo que claramente entendería nuestro imaginario–, sino que es productiva también, aunque no se vea, no se entienda, no se visibilice y no se reconozca, o todavía apenas.

Y la mujer tiene que hacer todo eso mientras hace (también) ese otro trabajo productivo-remunerado que, loado sea el cielo, le provee un espacio para poder sacarse leche.

Pero, ¿por qué digo que la tarea de la lactancia es también productiva? (Dejando a un lado por hoy el cuestionamiento del dualismo entre “productivo-reproductivo”, base del capitalismo y del patriarcado, que he discutido tantas veces).

Teta, amor y el capital

Existe ya una herramienta llamada Cost of Not Breastfeeding Tool que calcula cuál es el costo en dólares, por país, de no amamantar; eso significa, dicho de otro modo, que amamantar ahorra costos al Estado, con lo cual es productor de riqueza –y no digo riqueza inmaterial, intangible, emocional…, me refiero a la connotación más puramente economicista, la más pecuniaria–. Hasta ahora, sin embargo, solo Noruega incluye la lactancia en el cómputo del PIB.

Claro que la lactancia es mucho más que todo eso: se trata de una relación psicobiológica, corporal, fenomenológica, complejísima e intensa para madres y criaturas –y por ende sus entornos–, hasta un legado cultural y patrimonial. Sus dimensiones son legión. Pero, hablando en términos duros de economía, hablando el lenguaje del imperio, ya se sabe y se ha probado cómo la lactancia materna reduce tremendísimos costos, o alternativamente, su sustitución por fórmula supone pérdidas ingentes de capital a nivel mundial, aparte de una práctica neocolonial y desastrosa para la humanidad, el clima y el planeta, un auténtico embate a la primera y más genuina forma de soberanía alimentaria que existe.

No en vano la lactancia está más precarizada que nunca, con unas tasas de hipogalactia social alarmantes: menos de la mitad de los menores de seis meses se alimenta exclusivamente con leche materna, y solo la mitad de los recién nacidos empieza a ser amamantado en la primera hora de vida. Ello implica también una forma de violencia obstétrica extendida, con consecuencias a corto, medio y largo plazo en la salud y el bienestar humanos.

La madre que se saca leche en el lactario durante sus horas de trabajo, está haciendo dos trabajos

Así que sí, la madre que se saca leche en el lactario durante sus horas de trabajo, está haciendo dos trabajos.

Pero no se ve, por supuesto. Los lactarios lo muestran. Es fabuloso que los haya, no me malentiendan. Debe haberlos. Pero, sobre todo, debería haber un reconocimiento radical, político y estructural de que esas madres, mientras hacen un trabajo computado como tal, remunerado, y tienen un pequeño permisito para ir a extraerse leche a una habitación aparte –para luego hacer todo lo que hemos explicado–, a menudo debiendo mirar fotos en el móvil de sus bebés para estimularse la secreción, esas madres están haciendo dos trabajos: están pluriempleadas, aunque no se reconozca así, por un sistema voraz y extractivista que no diseñaron ellas, que nunca contó con sus cuerpos lactantes, su voluntad de madres, su atroz ternura en diferido.

Y esto nos conduciría a lo que lleva demandando el feminismo tanto tiempo –ya desde la reclamación del salario de madre por parte de la sufragista británica Sylvia Pankhurst– sobre reconocer el trabajo de la maternidad/crianza/lactancia, reconocerlo no solo como placer, o elección, o relación (que también, por supuesto), sino como algo que contribuye a la (re)producción humana de un modo sustancial, estructural y radical, al desarrollo y la riqueza en todos los sentidos posibles… y sí, también el monetario. Ello conllevaría, entre otras cosas, permisos de cuidado retribuidos muchísimo más prolongados porque, mientras la madre amamanta, ya está trabajando de facto por la sociedad de una manera necesaria y, por tanto, revolucionaria para el mundo.

El lactario 4, el que hiciera Quinquela Martín en la Boca, representa a un ángel con alas inmensas, abiertas, bajo un mástil.

En realidad parece un barco, un barco que mira al mundo.

A Quinquela le encantaban los mascarones de proa –no me extraña, a mí me fascinan, son como la avanzadilla escultural de un sueño–, y puso uno en el lactario.

El ángel del mascarón mira al puerto, mira al mar de barro, mira al mundo.

Sobre la autora
Ester Massó Guijarro (Universidad de Granada; ATLAS Bioethics Center) está realizando una estancia de investigación en Buenos Aires (Argentina), en el marco del Proyecto «International Plattform on Obstetric Violence» (IPOV- Respectful Care – 101130141 - European Commission-HORIZON-MSCA-SE-2022), bajo cuyos auspicios se escribe este texto.

POyÉTICAS (PID2023-148517NB-I00); Red  Temática  de  Investigación  “ESPACyOS. Ética  de  la  Salud  Pública”  (RED2022-134551-T); ATLAS Bioethic Center; Grupo  de  Investigación  “Bioética  y  éticas aplicadas” de la Universidad de Oviedo (GR-2023-00010).

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