Filosofía
¿Cuánta falta de participación puede soportar la democracia?

Proponemos un estudio sobre cómo el procedimiento electoral configura la democracia y qué hace necesario el uso del sorteo. Para ello se presta especial atención a cuáles son los requisitos, desde el punto de vista del conocimiento, para la participación política.
Asamblea PAH Vallekas
PAH Vallekas durante una asamblea en el solar recuperado Sputnik. Foto: Alberto López
Profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Granada. Investigador en FiloLab-UGR
13 abr 2021 09:41

Ante la pregunta ¿cuánta participación puede soportar la democracia?, me gustaría responder proponiendo la pregunta contraria: ¿cuánta falta de participación puede soportar la democracia? Responderé con ideas que he intentado desarrollar en mi libro Retorno a Atenas. La democracia como principio antioligárquico (Madrid, Siglo XXI, 2019, 2ª edición), así como en Los pocos y los mejores. Localización y crítica del fetichismo político (Madrid, Akal, 2021).

Mi contestación es: mucha, la democracia puede soportar una falta de participación enorme, aunque aún necesitamos, al menos, la participación electoral. Con esta creemos resumir la democracia. El mecanismo electoral tiene una forma muy específica. En primer lugar, los electores, en cualquier proceso electoral, deben tener bien formadas las preferencias, es decir, deben saber exactamente qué desean. En segundo lugar, tienen que identificar sus preferencias en las ofertas de candidatos situados en una relación competitiva. En tercer lugar, esos candidatos deben buscar algo por lo que sobresalir, y ello en un contexto de graves coacciones cognitivas. En fin, dados los costes de difusión de la información, la elección siempre tiende a aventajar a los ricos. Todo esto lo explicó Bernard Manin en un clásico titulado Los principios del gobierno representativo. Por qué ese libro se lee y, sin embargo, estas cuestiones pasan desapercibidas, exigiría un debate suculento —para el que remito a los trabajos de mi amigo Francisco Manuel Carballo Rodríguez.

En todo caso, en este contexto se producen dos efectos. El primer efecto: los electores tienden a identificar la política con la oferta electoral tal y como se promueve. El segundo efecto: los agentes que sobresalen, en su búsqueda de recursos políticos, tienden a identificar sus políticas con ellos mismos. Y eso aunque, cuando se mira de cerca, sus acciones no serían posibles sin el concurso de otros muchos individuos: sus asesores, sus donantes, sus militantes, quienes les realizan las campañas. Pero es cierto que el elegible, en una situación de conflicto, busca siempre destacar y tiende a atribuir a sus propias fuerzas el trabajo conjunto.

Los electores tienden a identificar la política con la oferta electoral. Los agentes que sobresalen, en su búsqueda de recursos políticos, tienden a identificar sus políticas con ellos mismos.

A eso podríamos llamarlo fetichismo del mercado político y fetichismo del capital político. Del mercado político porque, en situación de consumidores, tendemos a ignorar todo sobre la política excepto la discriminación entre diferentes opciones. Los que producen son otros y las diferencias que nos plantean nos resultan evidentes. Del capital político porque los elegibles empiezan a convertirse en empresas propias, apropiándose de los recursos públicos y distribuyéndolos según formas de fidelización política.

Así pues, ¿puede sobrevivir la democracia solo con esta participación y con estos efectos? Desde mi perspectiva, se plantean tres problemas:

1) Los individuos, en el contexto de la elección, tienden a perseguir constantemente cómo imponerse a sus oponentes. Se transforman en grandes empresarios políticos que se disputan el espacio con otros empresarios. Por la tendencia a verse los protagonistas exclusivos del proceso político, los sujetos tienden a concentrarse en propósitos propios y a identificarlos con el interés colectivo. Por lo demás, tienden a concebir la participación política como el concurso a su propia competición: tú vas a ayudarme con las ideas, tú a acosar y desestabilizar a mis contendientes; una vez pruebes tu rentabilidad, accederás, de mi mano, a los recursos políticos.

Por supuesto que analizamos estos procesos. La cuestión es que atribuimos los problemas a errores de carácter personal. Creemos que debe haber alguna manera de continuar el juego competitivo y de evitar problemas: ¿elegir mejor los candidatos? ¿Tal vez educarlos con mejores teorías? ¿Rodearlos de buenas personas?… Hasta que comienza otra vez la competición para procurar que, esta vez, la oferta política sea la correcta.

2) Existen otras posibilidades y, en estas, se tiene claro que hay que limitar el juego del mercado político, sabiendo que se generan costes. Además, se necesita saber por qué es necesario diseñar procesos competitivos en todos los planos. Quienes entran dentro del juego, quienes viven en el fetiche del mercado político, quienes se contemplan como los electores libres y racionales, tienen siempre una respuesta: abrir la participación a cualquiera es peligroso, hay que saber elegir, debemos tener cuidado de que no se cuelen impresentables, por ejemplo, disparatados o nazis. La cuestión es: ¿cómo producir un electo bien cualificado? ¿Es por ser experto por lo que alguien destaca y lo elegimos como el mejor? ¿Sabemos bien en qué debe destacar?

Esto se justifica en un caso y solo en uno: en el caso en el que el saber que requiramos del experto exija unos enormes costes de adquisición. John Locke, cuando hablaba de Newton, explicaba: sobre la física de Newton soy un simple underlabourer, un albañil, pues solo puedo aplicarla, pero no acabo de comprenderla bien. Un experto nos convierte en albañiles —aplicamos sus saberes— o, a lo mejor, llamamos expertos a albañiles de una teoría difícil de adquirir. En este caso, lo sensato es seleccionar entre expertos, aunque para ello debamos saber muy bien en qué deben serlo y necesitamos que las credenciales que nos muestran sean correctas.

Hay otra posibilidad: las cualidades buscadas en los representantes son difíciles, pero es posible adquirirlas. Los costes de adquisición no son leves, pero se considera necesario afrontarlos. Es lo que puede llamarse, siguiendo el diálogo Protágoras, “teoría del flautista mediocre”: se trata, no de asegurarse que todos sean genios de la política, sino que se generalice un nivel medio en la adquisición de capacidades políticas. La única manera de afrontar los costes es promoviendo la participación política. Pero para que esto no sea un pío proyecto, debe considerarse que el trabajo democrático es parte esencial de nuestra condición de ciudadano y hay que hacer un espacio al mismo. ¿Cuánta participación? Toda la que se pueda. Y para que no sea socialmente selectiva, debe ser remunerada; para que no dé pábulo a la frivolidad o al oportunismo, exigiendo cuentas de lo que se hace.

Y hay, además, otra posibilidad: la de que llamemos competencias políticas a algo que todo el mundo sabe hacer. Sucede que delirando en el propio fetichismo, en el propio cultivo de sí, necesario para sobrevivir en una situación competitiva, quien las tiene se valora a sí mismo de manera exagerada.

Los individuos, en el contexto de la elección, tienden a perseguir constantemente cómo imponerse a sus oponentes. Se transforman en grandes empresarios políticos que se disputan el espacio con otros empresarios.

3) Llegamos, así, a la última cuestión: ¿quién educa a los que acceden? ¿Quién se preocupa de que no adquieran capacidades disparatados o nazis? La respuesta habitual es: hay que buscar al buen seleccionador (¡siempre el sujeto libre eligiendo!), aquel que no se deje seducir por propiedades espurias de los candidatos (su belleza física, sus marcas sociales de nobleza, su entreguismo…) y las convierta en lo que no son (cualidades políticas).

Existe otra respuesta, la que yo prefiero, la que entra dentro de lo que he llamado principio antioligárquico en democracia, y que se deriva del modelo político ateniense: organicemos un acceso tan amplio como sea posible a las capacitaciones políticas, y hagámoslo de forma que sea difícil apalancarse en los recursos y pactar de manera sectaria para ello. Introduzcamos, por tanto, rotación y sorteo. El sorteo solo tiene una virtud intrínseca: impide la coordinación instrumental. Unido con la rotación, permite el acceso de individuos que no se autodesignan y que se encuentran en el centro del debate político durante un tiempo de su vida. No serán excelentes, pero puede esperarse que sin esa cultura media no haya democracia posible; incluso para cuando haya que designar al elegible, es decir, a quien considera que sobresale en la competición electoral.

Por tanto, no propongo ningún programa nuevo para defender la democracia. Al contrario, propongo la recuperación meditada de su repertorio. Ese repertorio no se reduce a la competición electoral, la cual juega un papel importante en la democracia, sino que hace de ella un complemento para otro procedimiento: el del sorteo. A menudo, para avanzar hacia adelante tenemos que echar la vista atrás y revisar bien nuestro bagaje. De lo contrario, dejaremos olvidado bastante de lo que más puede ayudarnos en el camino.

(Este texto se compuso para la intervención, el 16/10/2020, en la Biennal de Pensament, organizada por el Ayuntamiento de Barcelona. La intervención tuvo lugar en una mesa conducida por Daniel Gamper y en la que participaron, además del autor, Michelle de la Morte y Laia Forné Aguirre).

Para leer otros textos del autor: moreno-pestana.blogspot.com

Sobre este blog
La filosofía se sitúa en un contexto en el que el poder ha buscado imponerse incluso en los elementos más básicos de nuestro pensamiento, de nuestras subjetividades, expulsando así de nuestro campo de visión propuestas teóricas y prácticas diversas que no son peores ni menos interesantes sino ajenas o directamente contrarias a los intereses del sistema dominante.

En este blog trataremos de entender los acontecimientos del presente surcando –en ocasiones a contracorriente– la historia de la filosofía, con el objetivo de poner al descubierto los mecanismos que utiliza el poder para evitar cualquier tipo de cambio o de alternativa en la sociedad. Pero también de producir lo que Deleuze llamó líneas de fuga, movimientos concretos tanto del presente como del pasado que, escapando del espacio de influencia del poder, trazan caminos hacia otros mundos posibles.
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