Coronavirus
La crisis como posibilidad de fascismo: apuntes sobre fascismo(s), guerra y revolución

Fascismo o revolución: aquí se ha movido históricamente la dialéctica de la crisis. La crisis puede ser el punto de condensación del fascismo social en fascismo explícito o puede ser el principio de la anulación y superación del estado de cosas existentes. Fascismo o revolución: convertirnos en el policía que llevamos dentro o ACABar definitivamente con él, apostando por el cuidado mutuo, la solidaridad de clase y la lucha colectiva.

UME Bilbao 5
Un miembro de la Unidad Militar de Emergencias desinfectando la estación de tren de Bilbao Christian García
Auzoetatik Piztu Bilbo
10 abr 2020 12:57

“No hay peor fascista que un burgués asustado”
B. Brecht.

Como nos enseña la historia, las crisis son el campo perfecto para dar rienda suelta a los instintos fascistas. El fascismo es, en su forma histórica, la expresión extrema del capitalismo en tiempo de crisis. En este sentido hay una continuidad lineal (y no antagónica) entre fascismo y democracia. Podríamos decir que el fascismo es la expresión de emergencia del capitalismo, la forma social “excepcional” que asume el capitalismo en tiempo de crisis. En el “estado de excepción”, fascismo y democracia conviven.

Esto es algo que hemos podido apreciar en el Estado español y en Euskal Herria en los primeros días de esta crisis sanitaria. A nivel general, podemos decir que hay dos formas en las que el fascismo se está manifestando: el fascismo explícito, es decir, el fascismo institucionalizado y estatalizado; y el fascismo social, el fascismo como pulsión de la sociedad.

Sobre el fascismo explícito no hay mucho que decir, puesto que está a la vista de todas. Hablamos del fascismo del Estado español, que se quita la máscara democrática y “respetuosa de las autonomías”, para declarar un 155 encubierto, centralizando todas las competencias y los poderes, cargándose en unas horas muchas décadas de hipócrita retórica democrática.

Hablamos del fascismo del estado policial de nuestras calles, con el estado de sitio permanente y los barrios populares tomados por fulas y zipaios encapuchados. Hablamos del fascismo de los abusos policiales convertidos en norma de prevención sanitaria; una norma (la de la represión sistemática disfrazada de actuación sanitaria), que sí entiende de clases y de razas, como hemos visto estos días, por ejemplo, en el barrio de San Francisco.

Hablamos del fascismo de la militarización del espacio público y de la vida social, con militares uniformados que marchan y desfilan por nuestras ciudades “saneando” zonas estratégicas (estaciones de tren y bus, aeropuertos...) al grito de “Viva España” –con toda la carga colonial e imperial que esto puede tener en Euskal Herria o en Catalunya.

Por último, hablamos también del fascismo intrínseco al desprecio de la vida de las trabajadoras por parte de empresarios y patronales: el fascismo del PNV y de Confebask, quienes obligan a las trabajadoras a seguir yendo a las fabricas a trabajar y enfermarse, atacando, a la vez, a sindicatos y trabajadoras que hacen huelga para defender sus condiciones de vida y de trabajo.

Es sabido que el fascismo, antes de hacerse partido, es un movimiento, un instinto social. Esta forma de fascismo es la que estamos viendo estos días aflorar desde nuestros balcones.

Pero, como hemos visto estos días, no es únicamente el fascismo explícito, institucionalizado o estatalizado, quien se está manifestando. Es sabido que el fascismo (como la Modernidad), antes de hacerse forma social, antes de hacerse Partido, es un movimiento, un instinto social. Esta forma de fascismo es la que estamos viendo estos días aflorar desde nuestros balcones, aquel policía que todas llevamos dentro y que se está manifestando en muchos de nuestros barrios populares.

Hablamos del fascismo molecular o social. Ese fascismo que nos empuja a desconfiar de nuestras compañeras y a señalar a nuestras vecinas. El fascismo que nos hace espiar a nuestra vecina para temporalizar su paseo con el perro, el que nos hace delatar a quien ha organizado una comida en casa con amigas, el del chivatismo de balcón, que nos hace gritar contra quien está en la calle, poco importa si está yendo a trabajar, si tiene autismo o si está cumpliendo trabajos de cuidado. Ese fascismo social es el que reside en la pulsión que nos hace amar a quién nos reprime y explota y odiar a nuestras compañeras y vecinas, el fascismo que se manifiesta como instinto policial y como pulsión securitaria. Un fascismo siempre latente, que encuentra tierra fértil en los momentos de crisis. Es, como dijo M. Foucault, “el fascismo que reside en cada uno de nosotros, que invade nuestros espíritus y nuestras conductas cotidianas, el fascismo que nos hace amar el poder, y desear a quienes nos dominan y explotan”.

Si hablamos del fascismo y de su relación con la crisis, no es para dibujar escenarios apocalípticos y distópicos. El fascismo no es lo inevitable de toda crisis, sino una posibilidad. Las crisis son punto de inflexión de la historia (interrumpen y/o aceleran la historia), abren radicalmente el tiempo histórico y el campo de posibilidad. El fascismo es una posibilidad abierta por la crisis, como lo es la revolución.

El fascismo es una posibilidad abierta por la crisis, como lo es la revolución.

Fascismo o revolución: aquí se ha movido históricamente la dialéctica de la crisis. La crisis puede ser el punto de condensación del fascismo social en fascismo explícito (del movimiento al Partido) o puede ser el principio de la anulación y superación del estado de cosas existentes. Fascismo o revolución: convertirnos en el policía que llevamos dentro o ACABar definitivamente con él, apostando por el cuidado mutuo, la solidaridad de clase y la lucha colectiva.

El fascismo social es el que nubla la vista a la clase trabajadora, el que nos hace perder la conciencia de nuestra clase, la conciencia de quienes son nuestras amigas y compañeras y quienes son nuestros enemigos. El uso de un vocabulario belicista en lo que respecta a una “emergencia sanitaria” no es casual y va en este sentido: nos hace replantearnos la relación amigo-enemigo. La ministra de Defensa y el Jemad de las Fuerzas Armadas lo han dejado claro al señalar que “en esta guerra contra el coronavirus, todos somos soldados”. Retorica que hemos escuchado en más de una ocasión, en la guerra contra el terrorismo, en la guerra contra las drogas, en la guerra contra el coronavirus…

Parece ser que para el capital y su maquinaria de estado cualquier campo de batalla es útil con tal de controlar y someter a la clase trabajadora. Porqué esta pandemia sí entiende de clases, y la burguesía también. Todavía más: la burguesía hace un uso político (clasista, racista y patriarcal) de la pandemia. Y para ello necesitamos convencernos de que efectivamente estamos viviendo una guerra en la que tenemos que protegernos, una guerra en la que estamos solas y aisladas contra el mundo (una guerra de la que solo el Estado, los militares y las instituciones nos pueden proteger); una guerra en la que el enemigo, lejos de ser el propio sistema capitalista, la burguesía y los responsables políticos que cada día nos condenan a la más pura miseria, puede estar en cualquier lugar: en la vecina que sale demasiado a tirar la basura, en el chaval que anda por la calle a horas extrañas buscándose la vida o en la mujer que deja a sus hijas solas en casa cada mañana para ir a limpiar la casa de otros.

Si no queremos que esta crisis se convierta en fascismo y que de esta “guerra” salgamos todas más atomizadas, es necesario identificar al verdadero enemigo. Es necesario señalar a los empresarios y responsables políticos (el señor Urkullu y cada uno de sus secuaces) que cada día mandan a las trabajadoras a la “trinchera” (sin la protección adecuada), con tal de que su supuesto oasis no caiga en “un coma económico”, los mismos que además realizan recortes en sanidad a través de sus políticas liberales. Es necesario señalar a aquellos que han priorizado y siguen priorizando macro-proyectos depredadores (AHT, Supersur… ¿seguimos?) frente a políticas sociales. Es necesario rebelarnos contra cada uno de los engranajes de este sistema que prioriza los beneficios económicos sobre nuestras vidas, las de todas y cada una de nuestras compañeras y vecinas.

Si en algo tienen razón, es en que efectivamente estamos en guerra. Pero no contra un enemigo nuevo e invisible (el coronavirus). Nuestro enemigo es muy viejo (tiene unos cuantos siglos de vida) y muy visible (tan visible como la riqueza desmedida de aquellos que nos condenan a la miseria). El enemigo se llama burguesía y nuestra guerra se llama lucha de clases.

Así, lo que hay que hacer, citando a alguien que de guerra y revoluciones entendía bastante, no es parar la guerra (contra el coronavirus), sino “convertir esta guerra en guerra civil”, profundizar las contradicciones que deja al descubierto la crisis y hacerlas estallar en revolución.

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