La prensa española y el nacimiento del fascismo: la tibia condena de 1922

Cuando Mussolini asaltó el poder por sorpresa en Italia con la Marcha sobre Roma, muchos periódicos de España elogiaron su gesta y aquella nueva y desconocida ideología, sin imaginarse que traería consigo la etapa más negra del siglo XX y la guerra más mortífera de la historia de la humanidad.

Mussolini en la Marcha sobre Roma, con algunas páginas de periódicos españoles.
Mussolini (en el centro, con corbata) encabezando la marcha sobre Roma, el 28 de octubre de 1922, con algunas de las páginas de los periódicos españoles que informaban del acontecimiento. Archivo ABC/Biblioteca Nacional de España

publicado
2017-09-14 08:00:00

Diario El Sol, 7 de noviembre de 1922. “Un movimiento político inclasificable dentro de los casilleros del siglo XX”. Así definía Ramiro de Maeztu la ideología que acababa de irrumpir por sorpresa en Italia, una semana antes, de la mano de Mussolini.

En su artículo, titulado “El fascismo ideal”, el prestigioso escritor español realizaba una defensa solapada de la nueva corriente, criticaba la libertad de prensa y asociación y aprobaba el uso de la violencia como medio para asegurar el bienestar del pueblo. “A los liberales de la generación pasada les gustaba proclamar la inutilidad de la violencia. Nada más infantil. La violencia es la categoría de la realidad (...) Sin fuerza, no hay hecho político”, escribía.

Afirmaciones como esta no fueron ni mucho menos una excepción en la prensa española de la época. La condena del recién nacido movimiento fascista distó mucho de ser pronta y definitiva.

Cuando triunfó la Marcha sobre Roma, a este lado del Mediterráneo los periódicos trataban de averiguar, interpretar y explicar en qué consistía aquel nuevo régimen y qué consecuencias podía tener para España y Europa. Las críticas eran escasas. Todo eran incógnitas con respecto a un Partido Nacional Fascista nacido solo un año antes, por obra de un Mussolini que, a principios de 1920, era un auténtico desconocido con apenas mil seguidores exaltados.

“¿Cómo una fuerza que era considerada hasta ayer un elemento de desorden ha podido conquistar el poder?”, se preguntaba el escritor y periodista Manuel Bueno en El Imparcial, mientras el diario España publicaba un editorial en el que comentaba: “Si mira el lector el camino recorrido por el fascismo desde que nació oscuramente, hasta alcanzar su actual omnipotencia, seguramente participará de la estupefacción que se apodera de nosotros al seguir de cerca la marcha ascensional de los fascistas”.

Es cierto que las cabeceras estaban demasiado vinculadas al presente como para ponderar el fascismo tal y como se valora hoy en día. No se imaginaban que lo que acababa de ocurrir en Italia sería la causa principal de que comenzaran a proliferar dictaduras por todo el continente, ni que inspiraría a personajes como Hitler, que acabaría provocando la guerra más mortífera de la historia de la humanidad.

Pero, a pesar de ello, cabe preguntarse si es que no disponían los diarios de la suficiente información como para haberse mostrado más contundentes. La respuesta es que claro que sí.

A finales de octubre de 1922, la prensa española contaba detalladamente la marcha de los camisas negras hacia la capital, los asaltos a los edificios públicos, la quema de las sedes de los sindicatos de trabajadores, las palizas, los heridos y los muertos que dejaban por el camino, la declaración del estado de sitio y el ultimátum al primer ministro Luigi Facta. “Os digo con toda solemnidad: o se nos entrega el Gobierno o lo tomaremos marchando sobre Roma”, había advertido Mussolini.

“El pueblo no es apto para gobernar”

Que se consumara la amenaza no impidió que muchos artículos, editoriales y columnas de opinión publicados aquí describieran con admiración la figura del líder de los fascistas, su meteórico ascenso al poder y la idea de régimen autoritario que comenzaba a dibujar para restablecer el orden en una Italia que, como España, se encontraba en crisis.

Para el escritor y colaborador de ABC Álvaro Alcalá-Galiano, por ejemplo, Mussolini era “un reaccionario enérgico que no teme afrontar las iras democráticas y declara que los más numerosos no siempre tienen razón. Que la masa, es decir, el pueblo, no es apto para gobernar”. El titular que encabezaba el texto era meridianamente claro: “La reacción contra la anarquía”.

Mussolini en moto en portada de 'ABC' en 1932.
Portada de 'ABC' del 12 de marzo de 1932, con una imagen de Mussolini montando en moto. Hitler aún no había llegado al poder. Archivo ABC

Tan solo una minoría se atrevió a calificar la Marcha sobre Roma como un atropello a la libertad y un golpe de Estado contra la democracia. Este sector crítico estaba formado por publicistas como el periodista republicano Josep Pla, a quien el diario El Sol envió a Italia para “hacer un estudio detenido del movimiento fascista”; el socialista Luis Araquistáin, y, sobre todo, el catalanista Gabriel Alomar.

Pla fue de los pocos que no se creyó el intento de Mussolini por mostrar lo ocurrido como una acción legal. En artículos como "El contenido del fascismo", el corresponsal exponía sin reparos la censura que se estaba estableciendo en Roma: “Una de las cosas más discutibles que ha hecho el fascismo ha sido suprimir la critica independiente de una manera violenta (...). Muchos directores de periódicos populares y socialistas han debido firmar un papel, obligados por las pistolas, concebido aproximadamente de esta manera: ‘Juro por mi honor no escribir nunca más en el inmundo y antiitaliano periódico que hasta la fecha he dirigido. Firmado: X’. Toda esta parte de comicidad truculenta y voraz que tiene el fascismo demuestra con absoluta claridad que en Italia no gobierna más que la tranca”.

Alomar, por su parte, es una de las excepciones más admirables. Este poeta, ensayista y diplomático relacionado con el modernismo catalán criticó el asalto de Mussolini con una clarividencia y una contundencia casi únicas entre un centenar de firmas del momento. “Italia acaba de sufrir un golpe de Estado. Ya pueden esforzarse sus políticos dinásticos en presentarlo como perfectamente constitucional. Pero no, la subida al poder de los fascistas es el resultante de un acto de fuerza, de un asalto, no la expresión libre y clara de la voluntad popular”, aseguraba en uno de sus artículos, publicado en La Libertad el 11 de noviembre de 1922. 

En busca de un “salvador”

Gran parte de la opinión pública, sin embargo, ansiaba solucionar la inestabilidad política y social de la agotada Restauración, que llevaba cinco años sumida en luchas entre el Gobierno y las organizaciones obreras. Querían encontrar, en definitiva, a su “salvador”, como en Italia. La prensa lo sabía y aprovechaba el momento, tal y como apuntaba el diario España: “La victoria del fascismo italiano ha producido una impresión que rara vez producen entre nosotros acontecimientos de orden internacional. No ha faltado periódico de la derecha que enarbolase el estandarte fascista y tocase a rebato citando con delectación a Mussolini”.

El editorial "El fascismo español" publicado por el semanario "España" el 4 de noviembre de 1922.
Portada del semanario "España" del 4 de noviembre de 1922, en el que puede leerse el editorial titulado "El fascismo español", un mes después de instaurado el fascismo en Italia con Mussolin Biblioteca Nacional de España

Efectivamente, las firmas más conservadoras y reaccionarias, que se expresaban en diarios como ABC, La Época o El Debate, no ocultaban su interés por aclimatar el naciente modelo italiano en estas tierras. El objetivo era, supuestamente, aplastar al movimiento obrero en todas sus formas: reformista, revolucionaria, socialista, anarquista y comunista. El sector católico de esta última cabecera, por ejemplo, aplaudía la victoria de Mussolini sobre el socialismo maximalista, que en Italia había producido numerosas huelgas en los núcleos industriales de Turín y Milán. El mismo 31 de octubre llegaron a disculpar el asalto al poder de los fascistas, calificándolo como una “reacción de fuerza contra los desmanes anteriores de los socialistas y los comunistas”.

El director de La Acción, Manuel Delgado Barreto, no escatimaba en elogios al nuevo régimen italiano con editoriales como “El estímulo de un gran ejemplo”. Y ABC iba más allá en artículos como “La revolución a paso gentil”, donde informaba a sus lectores del golpe de Estado con las siguientes palabras: “Esta noche de sábado, el pueblo de Roma, tan macerado ya en siglos de historia, ha tenido la linda ocurrencia de no ser populacho y pegar una patada caballeresca a todas las estupideces que se le oponían”.

Lo firmaba nada menos que su corresponsal en Italia, Rafael Sánchez Mazas, que una década después se convertiría en uno de los miembros fundadores de la Falange Española.

En los meses finales de 1922, el interés por el fascismo de la prensa española —que se hacía eco de bulos como que una fábrica de Tortosa había recibido un encargo de camisas negras, según publicó en noviembre La Libertad— fue en aumento.

Hasta aparecieron dos revistas dirigidas a la clase media y obrera sobre esta nueva ideología. Una de ellas fue bautizada como La Palabra. La segunda, con un nombre que no daba lugar a dudas, se llamó La Camisa Negra, en la que se insertaban retratos de Mussolini e iba acompañada de artículos pseudoacadémicos como: “El fascismo en el poder. Economía. Trabajo. Disciplina”.

Una izquierda harta de corrupción

A pesar de ello, no hay que llevarse a engaño. La derecha no fue la única que vio con buenos ojos la acción protagonizada por Benito Mussolini. Una amplia franja de la izquierda, harta de las corruptelas, se dejó seducir por la idea de una dictadura temporal para solucionar la crisis política de España. Temían, además, que el ejemplo de los soviets cundiera en el país y alguien como el futuro Duce podía ser la solución.

En este sentido, cabeceras progresistas de todo tipo, algunas entre las más leídas, incluyeron artículos en los que dieron por cierta la propaganda del movimiento fascista, que presentó su empresa como provisional y regeneradora del anterior régimen político. No se imaginaban en ese momento que aquel exsocialista de 40 años acabaría sometiendo a su pueblo con mano de hierro hasta 1945, dejando al país en ruinas.

Sirva como ejemplo esta tesis publicada por La Libertad siete meses después de que Mussolini se hiciera nombrar, bajo amenaza, primer ministro: “No olviden los españoles que Italia es actualmente un semillero de posibilidades, así que contemplémosla desde esta España precaótica. Italia, con sus nerviosidades, busca la claridad, que fue siempre virtud especialmente latina. Si los hermanos de raza asisten a su amanecer, tal vez la luz que un día bañe sus espíritus alumbre un poco este viejo solar de España que entró en un periodo penumbroso, sin reacciones salvadoras”.

Para su autor, Camilo Barcía, España era una especie de “dictadura parlamentaria”, tal y como anunciaba el título, mientras que Italia representaba ahora el ejemplo a seguir.

Otros periódicos de izquierda como El Heraldo de Madrid publicaron artículos en los que, aun renegando de la dictadura, elogiaban el “equilibrio económico” logrado por el nuevo régimen en los cuatro primeros meses de vida. “Mussolini está dando un ejemplo del arte de gobernar a todos los estadistas”, afirmaba, mientras El Sol optaba por una vía mucho más sutil, el mismo día del alzamiento.

¿Cómo? Invitando a los lectores a criticar las flaquezas del liberalismo, que representaba algo así como la vieja política, sin condenar el fascismo y hasta excusándolo: “La formidable reacción fascista no parece ser más que la réplica a una exageración contraria. Es muy cómodo considerarse libre de todo pecado y achacar el mal a un oscurecimiento patológico de las conciencias, pero sería más conveniente que las izquierdas, en vez de concentrar la atención sobre el fascismo, fijasen la mirada en sí mismas”.

Esta fue la tónica de la mayoría de diarios españoles desde octubre de 1922 hasta bien entrado 1924. Cerca de dos años en los que mostraban una imagen idealizada de lo que ocurría en el primer país fascista de la historia, mientras Mussolini acumulaba poderes, cercenaba libertades y sembraba el terror entre sus opositores. Si era necesario, incluso mandaba asesinar a algunos de ellos, como le ocurrió al diputado socialista Giacomo Matteotti, tras denunciar públicamente los abusos perpetrados en las elecciones de 1924.

Quién les iba a decir a los responsables de todos estos periódicos que, dos décadas después, el cadáver de aquel hombre sería colgado y golpeado de una plaza céntrica de Milán, para satisfacción del pueblo al que vino a “rescatar”.

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