Fascismo
Javier Milei y Santiago Abascal: amor al odio y fascismo de mercado

Las ultraderechas son el experimento aún inacabado de la fórmula orgánica mediante la cual el capital concentrado aplicará su programa tras el progresivo agotamiento de la fórmula neoliberal.
Fascismo Colón Milei Abascal
Concentración en la Plaza de Colón contra la visita de los líderes de extrema derecha este domingo 19 de mayo en Madrid. David F. Sabadell
20 may 2024 10:10

Javier Milei y Santiago Abascal son muy distintos, en algunos aspectos contrarios. Los une el amor al odio. Juntos, con sus incompatibilidades, sintetizan el decantamiento que tendrán que atravesar las distintas cepas de la ultraderecha mundial hasta convertirse en el instrumento adecuado para aplicar las recetas que respondan a los desafíos que el capitalismo tardío enfrenta.  

Por eso no hay que perderse en sus declaraciones, tenemos que observar que es lo que el sistema reclama. Las ultraderechas actuales presentan una cantidad de cepas que tienden a confundirnos: los hay ultra católicos y judíos ortodoxos, pero también ateos y aún nihilistas; algunos se llaman nacionalistas y otros anarco capitalistas; unos se auto perciben antiglobalistas mientras otros propugnan ideas ultraglobalistas; unos ensucian con sus labios la palabra libertad, mientras que a otros se les ilumina el rostro cuando vislumbran fantasías fascistas.

Bajo el influjo del crecimiento de estos ultraderechistas, ha surgido en nuestra vereda una especialidad, la de analizar minuciosamente estos experimentos y aquello que los diferencia. Es importante hacerlo, porque comprender el fenómeno, ser capaces de identificar los matices entre todas las cepas, es un paso necesario para derrotarlos. Pero al mismo tiempo observamos una tendencia a que el árbol tape el bosque. Somos capaces de detectar tal o cual características de esta o aquella ultraderecha pero no parece haber claridad acerca de cuales son las condiciones de posibilidad que las generan, cual es su rol histórico, y que requisitos deben cumplir para convertirse en una herramienta útil para gobernar el capitalismo de nuestro tiempo.

En nuestra perspectiva, las ultraderechas crecen a partir del progresivo agotamiento que padece la fórmula orgánica que le dio gobernabilidad al capitalismo en las últimas cuatro décadas, el denominado neoliberalismo. Esta se implementó mediante la alternancia de dos fuerzas políticas, una llamada de centro derecha y otra de centro izquierda. Aplicaban recetas económicas en beneficio del sector más concentrado del capital, daban una vuelta de rosca regresiva a la distribución del ingreso, y diferían –cuando diferían- en la velocidad y en la brutalidad con la que aplicaban la fórmula. Por fuera de la economía, esas fuerzas debatían alrededor de una agenda centrada en derechos civiles. Unos más permisivos, otros más conservadores.

40 años de aplicación de esos programas, erosionaron a las fuerzas políticas tradicionales que los implementaban y agravaron los males que venían a conjurar: los desequilibrios que el funcionamiento del capitalismo produce regularmente. La crisis económica mundial desatada en 2008 ilustra esa situación. ¿Qué pasó desde entonces? La necesidad del capital más concentrado, no cambió. Se duplicó. Por obra de esa crisis se hizo más necesario dar otra vuelta de rosca a la redistribución regresiva del ingreso. Si se modificó, que las víctimas comenzamos a elaborar respuestas, aunque fueran inacabadas. Por su mayor debilidad económica y social, eso ocurrió antes en Latinoamérica y más tarde en Europa, con el surgimiento de Podemos, Syriza y La France Insoumise.

Las ultraderechas son el experimento, aún inacabado, de la fórmula orgánica mediante la cual el capital concentrado aplicará su programa tras el progresivo agotamiento de la fórmula neoliberal. En la etapa que ya comenzó en Europa y en Latinoamérica, es previsible que los niveles de violencia necesarios para aplicar ese programa sean cualitativamente superiores a los que conocimos en las últimas décadas. Allí se encuentra el corazón del problema que las clases dominantes deben resolver: el ejercicio de esa violencia, requiere de una ingeniería social y política para hacerlo. ¿Cuál es el entramado institucional sobre el que se apoyarán esos regímenes? ¿Cuál es la base social? ¿Cuál es el mecanismo para el ejercicio de esa violencia y como se realizará? ¿Será con instrumentos estatales o paraestatales? ¿Se multiplicarán los ejércitos privados?

Las ultraderechas no tienen otra función histórica que ser el instrumento político del sector más concentrado del capital y correa de transmisión de sus necesidades

Con perfecta prescindencia de cómo se auto perciban, las ultraderechas no tienen otra función histórica que ser el instrumento político del sector más concentrado del capital y correa de transmisión de sus necesidades. No hay destino que no sea adaptarse a sus imperativos. El que no lo haga será relegado a la intrascendencia y reemplazado por un pupilo más dócil o más capaz. No importa cuantas veces se digan antiglobalizadores, solo pueden ser globalizadores, y en ese campo debatir los puntos o las comas.

Dentro de la configuración del campo de lo político en cada uno de los países actuantes cumplen una tarea que el capitalismo debe realizar de manera regular. Las víctimas de un sistema socioeconómico son potencialmente anti sistémicas. Que esa potencia no se convierta en acto, obliga a mantener en funcionamiento una maquinaria dedicada a confundir, a sembrar ideas y construir subjetividades desalineadas con el lugar que esa persona ocupa en la sociedad. Esa tarea la realizan primordialmente los medios de comunicación clásicos a los que se suman ahora los digitales. Pero hay momentos críticos en los que no alcanza. El descontento crece y debe ser canalizado políticamente. Conducirlo a una vía muerta, a una respuesta que no es respuesta, estrellar ese tren contra la pared es necesario. Milei es un tren ya descontrolado. Abascal simula ser un maquinista probo.  

A escala mundial, “occidente” se prepara para la guerra que es la única forma mediante la cual el capitalismo ha resuelto sus crisis estructurales. Todo lo demás son dilaciones. Las ultraderechas cumplen también aquí una función: la guerra exige construir una subjetividad acorazada. Hay que enseñar a odiar al distinto. El opuesto del nacionalismo no es el globalismo, sino el internacionalismo. Por eso, algunas de estas ultraderechas pueden al mismo tiempo amalgamar rasgos nacionalistas con otros globalistas. Globalistas porque responden a los imperativos del capital trasnacionalizado que hace más de un siglo que ya no cabe dentro de los límites de un estado nacional. Nacionalistas, no para amar lo propio, sino para enseñar a odiar al distinto, al extranjero, a un otro que no tiene rasgos definidos, pero que deja entrever el rostro de un ruso o un chino. 

¿La síntesis de Milei y Abascal será una nueva configuración del fascismo? ¿Será el fascismo global de mercado, la fórmula orgánica de nuestro capitalismo tardío?

El amor al odio que une a Javier Milei con Santiago Abascal aún no encontró su síntesis. La clonación de un Golem que comparta genes ideológicos de uno y otro, nos aproxima a una fórmula adecuada para describir lo que creemos que las ultraderechas deberán ser. Uno aporta el mercado y el otro el fascismo. Uno deberá resignar la libertad y el otro toda veleidad antiglobalista ¿La síntesis será una nueva configuración del fascismo? ¿Será el fascismo global de mercado, la fórmula orgánica de nuestro capitalismo tardío?

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