Efrén Alonso, el hombre más feliz de la tierra

“¿Qué te ha traído hasta aquí?”. Tantas cosas... El pastor Efrén nos habla del campo, de la vida de pueblo, de los pueblos españoles, de su oficio en peligro de extinción, del silencio, la soledad y el abandono.


publicado
2017-11-08 08:10:00

Había quedado con Efrén en una carretera de un pueblo fronterizo de Soria, a escasos kilómetros de Aragón. “Estaré cerca de la cuneta”, me dijo. Y allí estaba erguido, apoyado en su bastón de madera. Esperándome. La estampa de Efrén con cuatro perros a sus pies y un rebaño de una treintena de cabras en medio del campo abierto coronado por la vertiente soriana del Moncayo me acompañará siempre. Los perros se interponían en mi camino y me costaba avanzar con el coche para seguir las indicaciones vigorosas de Efrén.

“He sido el hombre más feliz de la tierra”. Casi fue lo primero que me dijo. Su voz y su forma de hablar, con ese dominio del tempo del discurso, marcado por pausas pero también por palabras llenas de emoción, resultaba envolvente. Una elocución a la que le acompañaba su figura y su porte, caracterizados por ese saber estar que a veces solo aportan los años. Y sería precisamente la palabra “feliz” la que jalonara la siguiente hora de conversación.

“¿Qué te ha traído hasta aquí?”, me preguntó. Y eran tantas cosas... Entre otras la curiosidad. El descubrir cómo vive un pastor: su lidia diaria con la soledad, su particular lenguaje con la naturaleza, su estar en el mundo. Quería que Efrén me hablara del campo y de la situación que atraviesan los pueblos españoles. Pueblos en los que cada vez es más común el silencio y la vejez.

Mientras Efrén conversaba miraba de reojo, casi por defecto, a sus cabras que reposaban serenas al otro lado del coche. “¿Cree que nos entienden?”, le pregunté. “Claro que sí. Míralas. Todas atentas”. Me dice que las conoce, que incluso cuando llevaba rebaños de 800 –ovejas, en este caso- las reconocía a todas. “Tienen rasgos, igual que las personas. Las ovejas son buenas, el cordero es la humildad, la paz. La cabra es algo más mala. Raro es el día que no se están pegando unas a otras. Estos animales son mi familia. Quiero a mi mujer pero ellas siempre han sido parte de mi familia. Me ha tocado poco menos que lavarles la cara cuando no tenía faena. Es una droga”. “Los animales nos enseñan a vivir”, me dice.


Una catástrofe medioambiental

No tardó mucho en aflorar a la superficie de la conversación la raíz de un gran problema. En Ágreda, su pueblo, había 16.300 ovejas cuando comenzó con el oficio 50 años atrás. Hoy, escasamente hay 3000. “Me jubilé a los 69 años, pronto hará tres. ¿Los ganaderos de hoy? Ya se pueden jubilar también. Calculo que de aquí a dos años ya no habrá ovejas”.

Un campo sin ovejas es una gran catástrofe medioambiental. Una cadena que se rompe, una fractura en el orden natural. Entre otros problemas, significa que la carne que llega a la mesa es carne importada -con el agravio medioambiental correspondiente-. También que los pueblos antaño ganaderos que vivían del oficio hoy tienen que buscar otras ocupaciones, lejos quizá de los campos y la tierra. Los pueblos casi desiertos no encuentran la manera ni la fuerza para reinventarse. Y no son los únicos problemas.

“En este paraje antes había tres o cuatro ganaderos. El terreno estaba limpísimo. Ahora como no hay ovejas, sucio. Hoy los montes me dan pena. El día en que entre el fuego al Moncayo no habrá remisión. Las ovejas eran cortafuegos. Ahora vendrá lo que tenga que venir”. Unos campos que gracias a los grandes avances y adelantos de nuestro tiempo, hoy se limpian a base de sulfatos. Las ovejas están comiendo veneno”, asegura. Y ojalá fueran solo las ovejas.

Los animales de Efrén siguen pastando por los mismos campos que hace años pero él sabe mejor que nadie que todo ha cambiado. En primer lugar, el tiempo. Los inviernos han dejado de ser fríos, ahora ya no llueve ni nieva. Recuerda épocas en las que el Moncayo lo traía todo. Ahora, tranquilo todo el año como si fuera inmune al cambio de estación. ¿Será su manera de vengarse? “La mano del hombre es la que lo está echando todo a perder. Estamos quemando la atmósfera. Se dice pero no nos lo creemos”.

Sin embargo, no ha sido el clima el único que ha cambiado: hoy se le exige al ganadero el contratar un seguro anual para la recogida de cadáveres. Un seguro no solo gravoso para el ganadero sino también para el medio ambiente. “Cuando una oveja moría la dejabas por ahí. Una oveja se moría y se quedaba. Vivian los zorros, vivían los buitres, vivían todos. Hoy el Ministerio de Medio Ambiente nos obliga a sacar un seguro para la recogida de cadáveres que, antes, por supuesto, te lo ahorrabas. Pero a mí me han atacado los buitres ¡Me han atacado los buitres con las ovejas en vivo! Los buitres tienen hambre y, mientras, los políticos cobran su sueldo por el cuidado del medio ambiente”.