Feminismo en Nicaragua: el espejo del machismo occidental

Cuando decidí viajar a Nicaragua este verano, mucha gente me habló de la desigualdad de género que me encontraría en Centroamérica. Sin embargo, convivir con asociaciones feministas de allí me enseñó que nuestros machismos están más conectados de lo que creemos.

Grupo Venancia, Matagalpa, Nicaragua
Sede del Grupo Venancia, Matagalpa, Nicaragua Elisa Coll Blanco

publicado
2017-09-15 09:30:00

Mis primeros días en Nicaragua transcurren en la ciudad de León. Llego desde Managua con un chico portugués al que conocí en el hostal. A estas alturas ya soy capaz de identificar al vuelo la clase de viajero que tengo delante, y en este caso se trataba, como él mismo me demostró inmediatamente, del tipo de viajero blanco occidental que ha leído demasiado a Kerouac y que me habla de los países en los que ha estado como si tachara productos de su lista de la compra. Al llegar a León conocemos a dos hombres locales y charlamos con ellos. Empiezan a sucederse los comentarios machistas aleatorios a los que él o bien se suma o bien responde con una sonrisilla de "ay, mecachis, eso ha sido un poco machista", hasta que de pronto uno de ellos me mira directamente y me pregunta si tengo novio, y si a los novios que he tenido les he sido fiel. Yo estoy visiblemente incómoda y tensa, y no quiero responder. Nadie interviene. Entonces el tipo se gira para decirle a mi compañero que en Portugal las chicas son muy bellas. Yo lo miro. Él le responde: "Las más bellas son mías". El grupo estalla en carcajadas.

Cada vez que alguien me pregunta por el machismo en Nicaragua, doy la misma respuesta: la violencia física es mayor, sí. Pero ojo con caer en el racismo. La sociedad es machista igual que en Occidente, y aunque la nuestra y la suya lo muestran de formas diferentes, se parecen más de lo que pensamos.

Es cierto que en nuestra península ya existe una cierta penalización social hacia el machismo obvio y físicamente violento, pero esto no se traduce necesariamente en menos machismo, sino más bien en que los machistas actúan de formas un poquito más sutiles: mediante la educación y cultura, las bromas-que-no-son-bromas-sino-agresiones, llamando locas a las feministas y mentirosas a las víctimas, o proclamando ser ellos mismos los maltratados, como en el caso de organizaciones como SOS Papá.

Sin embargo, muchos de los obstáculos a los que se enfrentan las mujeres - y las feministas - en Nicaragua son muy parecidos a los que sufrimos en nuestro país. Los argumentos del machismo son los mismos. La actitud del Gobierno, igual. Y sí, allí existe más violencia, pero la violencia tiene en su raíz un factor clave, y es que el machismo está atravesado y alimentado por la pobreza, el colonialismo y la reciente guerra, en los cuales los países occidentales (especialmente EE.UU.) hemos jugado y jugamos un papel protagonista. A los problemas que nosotras ya conocemos se les suman la trata con fines de explotación sexual (que financiamos en Occidente), el embarazo en la adolescencia, la analfabetización femenina, la prohibición total del aborto y muchos otros más. Y por eso allí encontré un machismo más explícito, más crudo, más violento, pero no más machista, como ya dejó claro mi simpático acompañante portugués.

EL MOVIMIENTO FEMINISTA EN NICARAGUA

En Nicaragua, un foco referencial de actividad feminista se encuentra en el norte, en la ciudad de Matagalpa. Existen dos asociaciones principales que realizan, desde el activismo formado, trabajo social de todo tipo para avanzar en igualdad de géneros: El Grupo Venancia y el Colectivo de Mujeres de Matagalpa. Dividí mi viaje para poder pasar tiempo con ambas, observando su trabajo y colaborando en todo lo posible, y pude además entrevistar a algunas de sus componentes.

el grupo venancia
El Grupo Venancia fue fundado en 1991 y realiza campañas de salud sexual y relacional, actividades culturales, talleres de diversidad sexual y autodefensa (entre otros) y elabora informes estadísticos desde su Observatorio de Feminicidios, pues ninguna otra institución se ocupa de ello.

Lo primero que me llama la atención de las Venancias (como se hacen llamar) es el calor y la sororidad con las que soy recibida. Abiertas a colaboraciones, pactamos mi estancia e incluso me invitan a realizar mi taller Viajar solas sin dinero y sin miedo en su centro. Judit, la responsable de las actividades culturales, es quien me guía durante mi tiempo allí y acaba convirtiéndose en una gran compañera.

Tengo la oportunidad de entrevistar a Filomena, una de las fundadoras. Se le ilumina la cara al hablarme de los comienzos del grupo:

"El comienzo fue... inicié con dos compañeras, Helen y Yeta. Viajábamos mucho a los departamentos, nos buscaban para que diéramos talleres a las mujeres campesinas. Empezamos a trabajar con mujeres de la ciudad y del campo. Había mucha demanda. (...) En el campo fue muy bonito e interesante, porque las mujeres, que allí eran muy humildes y sencillas, empezaron a conocer que tenían derechos. Eso fue realmente bonito. Entonces se trabajaba con mujeres de la iglesia católica en el municipio de Waslala, y en ese momento teníamos el apoyo de las monjas de allí que eran progresistas, brasileñas, tenían una mirada diferente. Y en la ciudad organizamos a grupos de jóvenes, un trabajo bastante nuevo, porque un grupo de mujeres que se autodenominaban feministas en aquel momento era muy difícil, nos decían de todo."También hablo con Marellyn, que lleva casi ocho años en Venancia y forma parte del Observatorio de Feminicidios:

"Para nosotras el gran obstáculo en el Observatorio ha sido el acceso a los datos públicos, a las denuncias, los informes. Esos datos los proporcionaría el Estado, el Ministerio Público, los juzgados de violencia y la Policía.

Nosotras obtuvimos datos hasta que se aprobó la Ley contra la Violencia (779) en 2012, entonces el Estado decidió no dar más datos ni realizar coordinaciones con ninguna organización para no visibilizar la situación real."

La obstaculización por parte del Estado en la contabilización de feminicidios tampoco es una novedad en España. Aquí, las cifras oficiales reducen a casi la mitad los asesinatos reales, como señala Feminicidio.net, nuestra propia versión del Observatorio.

"Nosotras tenemos una gran acogida a nivel social, pero es el Estado quien se encarga de cerrarnos las puertas. No podemos entrar a los centros escolares con las campañas y precisamente estas campañas son una forma de llegar a chavalas y chavalos muy bien recibida."

Este problema también lo sufren las mujeres del Colectivo de Mujeres de Matagalpa, según me cuenta una de sus componentes, Leo.

El colectivo de mujeres de matagalpa
Formado en los años 80 tras la Guerra Civil, el Colectivo usa el teatro social como una herramienta metodológica clave en su trabajo. La alfabetización, la concienciación de distintos problemas sociales y la asistencia sanitaria a mujeres son algunas de las misiones que pude observar durante el tiempo que pasé con ellas.
Leo empezó en el Colectivo en 1993:

"Fíjate que yo nunca pensé que iba a decir esto, pero una de las mayores dificultades, incluso más allá de lo económico, que es una dificultad enorme y que se ha encrudecido en los últimos seis años, es las políticas de Estado. Y un montón de mujeres de este colectivo fueron parte de la guerrilla, de la alfabetización, de la lucha. Atendieron a los caídos en la guerra, daban atención en medio de la batalla a la gente. (...) Más tarde, nosotras también fuimos una organización defensora del alcalde de Matagalpa, Sadrach Zeledón, en las elecciones. Defendimos las urnas electorales porque la derecha las quería robar. Hicimos vigilia en una carretera a la madrugada, sentadas toditas para que nadie moviera las urnas y no saliera ningún vehículo, y así ganara Zeledón y el Frente Sandinista.

Nosotras luchamos por que la izquierda estuviera en el poder, y sin embargo hoy en día son los que más nos dificultan nuestro trabajo.

El Ministerio de Salud, el Ministerio de Educación, por mandato general del Gobierno de este país, que es Daniel Ortega y Rosario Murillo, no nos permiten hacer nuestro trabajo. Es más, lo boicotean."

Un vistazo a la historia del feminismo basta para saber que éste es el cuento de siempre: sea el siglo que sea, las feministas apoyan una causa social y esa causa social las traiciona tras su victoria. Ocurrió con la Revolución Francesa, con la abolición de la esclavitud en EE.UU. y sigue ocurriendo a día de hoy con ejemplos como éste.

"El Ministerio de Educación no deja al teatro entrar, con obras sobre temas importantes como el bullying o el embarazo en la adolescencia, a los colegios e institutos. Nos tiene prohibida la entrada. Nosotras podemos entrar gracias a otros directoras/es o maestras/os que sacan a sus estudiantes para que nosotras hagamos el trabajo. La Iglesia también nos boicotea, les dicen a todos "O van al Colectivo, o vienen a la iglesia". Así presionan a la gente los líderes religiosos católicos y evangélicos.
Otro ejemplo: convocamos una marcha contra la violencia y el Estado convoca otra marcha el mismo día a la misma hora. Cuando nosotras hacemos anualmente el Carnaval Contra la Violencia y pedimos permiso a la Policía, no nos lo da. ¿Qué significa no darte el permiso para recorrer las calles con 2000 personas, gente que viene de la zona rural, niñas y niños que tú misma has visto ahora, con títeres, cabezones y elementos creativos? Que esa marcha abre calles con los propios cuerpos. No hay un policía que abra calle, o que restrinja el paso de vehículos. Se nos echan los carros encima, los taxis. No hay protección para nosotras, eso también es obstaculización."

Según me cuenta esto yo pienso en la Ley Mordaza y todo lo que han cambiado las manifestaciones en Madrid desde que se aprobó. La expresión de la gente en las calles es algo que todos los Gobiernos del mundo temen y reprimen. Pero ésta no es la única equivalencia con nuestro panorama. Tristemente, no me sorprende oír a Leo hablar de los argumentos sociales que se esgrimen contra el feminismo:

"Hay amenazas a las mujeres que vienen a las charlas del Colectivo. Les dicen que aquí les enseñamos a abortar y a matar a los hijos, a ser lesbianas, que les enseñamos vulgaridades, a odiar a sus maridos y a separarse. Y no es verdad."

afortunadamente, avanzamos

Sin embargo, igual que para nosotras, las feministas nicaragüenses han vivido avances y victorias que me relatan tanto en Venancia como en el Colectivo.

Leo me cuenta:

"Cuando nosotras empezamos a ir a las zonas rurales, las mujeres bajaban la mirada. No nos miraban a la cara. Menos que iban a opinar o a levantar la mano o a debatir después de una obra de teatro. Era sacar con cuchara, como decimos aquí, las palabras de las mujeres. Hoy en día las mujeres opinan, están organizadas. Hay mujeres que se alfabetizaron con nuestra cartilla de alfabetización y después se convirtieron en alfabetizadoras. Hay las chavalas y chavalos que siguen frente a las bibliotecas, que se siguen formando, que son líderes juveniles en sus comunidades. Eso son avances. (...) Y por otra parte el Colectivo es un referente, no sólo departamental y local, sino nacional e internacional. No es fácil mantener una organización que empezó desde cero, con trabajo de un montón de mujeres a nivel voluntario. Hemos arañado la vida para que esto siga y permanezca, para trabajar con la gente directamente, y pienso que eso también son avances."

Filomena, de Venancia, también muestra alegría por sus victorias:

"Yo siento que, con relación a entonces, hemos avanzado. Hay muchas más organizaciones surgidas de esa época. Siento que muchísimas mujeres conocen que tienen derechos y los defienden. Hemos aportado una gotita de agua en un desierto porque no es fácil trabajar en este mundo machista, pero bueno, vamos rompiendo pequeñas brechas. En Latinoamérica y aquí en Nicaragua hay mucha violencia contra las mujeres y nosotras estamos en lucha constante, con la esperanza de que un día seamos libres de verdad."

Cuando marcho del país, aún no he salido de mi asombro. En nuestro país, el feminismo nos cansa, nos exige y nos agota - y ellas, con la misma carga que nosotras y otras muchas más pesadas, aún tienen tiempo de pintar murales, de contarse historias, de caminar relajadas, al suave, como le dicen allí. Son fuertes y resistentes, nunca se detienen, avanzan aunque sea despacio, pero avanzan. Y tal vez ésa sea un poquito de la magia de Centroamérica - una magia que sus feministas, como buenas brujas, saben manejar.

Otros artículos feministas sobre viajes y activismo en

Revolution on the Road.

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