Deepfake, conspiranoia y mierdificación: el factor X en las elecciones generales del 29 de noviembre

La red social de Elon Musk sigue siendo la arena fundamental de la contienda política en España. Los sesgos, la manipulación y la difusión de teorías de la conspiración la convierten en un campo abonado para la extrema derecha.
Elon Musk Javier Milei
Elon Musk y Javier Milei en la Conferencia Política de Acción Conservadora. Foto de Gage Skidmore (Flickr).
23 oct 2026 06:53 | Actualizado: 23 oct 2026 11:44

Cinco años después de escribir una frase lapidaria: “Me he dado cuenta de que yo también soy mejor persona fuera de Twitter”, Ada Colau volvió a X. Lo hizo para responder a la llamada de Jordi Wild, un youtuber con 7,3 millones de seguidores en su canal. Aunque la candidata del Frente Amplio, número uno por Barcelona, se ha limitado a responder a Wild y no se ha lanzado a tuitear desde su vuelta a la red social de Elon Musk, ahora llamada X, ese regreso tras cinco años de silencio, ha mostrado una evidencia. X es la principal arena de la discusión política en España, y lo volverá a ser en las elecciones del 29 de noviembre

Unas horas después, el Partido Popular aportaba más carne para la picadora de las redes. Desde su cuenta de pago, el partido de Alberto Núñez Feijóo publicaba una serie de vídeos hechos con inteligencia artificial, mediante el proceso llamado de deepfake, que se utiliza mayoritariamente para la violencia digital contra mujeres. En ellos se suplantaba la identidad de personas relacionadas con el PSOE: el expresidente José Luis Rodríguez Zapatero, el exsecretario de Organización hoy condenado por corrupción, José Luis Ábalos, o la esposa del actual presidente, Begoña Gómez, entre otros. 

Borja Sémper, portavoz nacional del PP, defendía ayer, 22 de octubre, el uso de deepfake descartando que no tienen una “finalidad espuria” porque, según este portavoz, “todo el mundo es capaz de interpretar que es una manera de utilizar las herramientas digitales para comunicar la hipocresía en la que vive el PSOE”. El vídeo difundido en X ha tenido un alcance de un millón de personas, muy por encima de la media del resto de publicaciones de la cuenta del PP en lo que va de semana.


La intromisión de las redes sociales en los procesos electorales no es una novedad. Hace diez años, se dio a conocer el escándalo de Cambridge Analytica y el papel que esa compañía de recolección de datos había jugado en la elección de Donald Trump como presidente de EEUU. Pero, si en aquella ocasión las miradas apuntaron a Facebook, el papel preponderante de X, al menos en Europa, es hoy destacado por los expertos.

En el caso de Alemania, donde AfD ha irrumpido como primera fuerza en intención de voto y ha conseguido su mayor triunfo electoral hasta ahora en las elecciones de Sajonia-Anhalt, un estudio ha confirmado que el algoritmo priorizó los contenidos de esta formación ultra: aunque AfD solo emitió el 15% de los tuits durante las elecciones de 2025, el feed de “Para ti” de X introdujo el 37,9% de los tuits políticos de este partido. Algo similar ocurrió con la candidata de Reconquête —el partido de Eric Zemmour— a la alcaldía de París, sistemáticamente premiada en la red social. Las dos fuerzas tienen más cosas en común: en ambos casos defienden la teoría de la conspiración más popular de este siglo: la del gran reemplazo, de la que Elon Musk es su primer altavoz.

Pero estudios cuantitativos como los de la influencia de X en elecciones en Alemania y París son cada vez más difíciles de llevar a cabo. En los cinco años transcurridos desde que Colau se marchó de Twitter hasta su sorprendente vuelta para la campaña electoral ha tenido lugar un episodio fundamental. El aterrizaje de Elon Musk ha cambiado las reglas del juego de Twitter, escorándolo más hacia su ideología de extrema derecha a través de sus post, que son privilegiados por el algoritmo porque el que paga manda, y de su interacción con otros agitadores de la extrema derecha —en 2025 tuiteó que “Vox ganará las próximas elecciones”. No obstante, el cambio más significativo es de tipo técnico: al cerrar el escrutinio de interfaz de programación de aplicaciones (API, por sus siglas en inglés), que permitía conocer el impacto de campañas, y dejar solo una versión limitada y pago, Musk cerró las vías para examinar el grado de intoxicación y manipulación existente en X.

La transformación de Twitter en X acaecica en cinco años habla de “la progresiva erosión de las redes de contactos construidas por los propios usuarios, que han perdido protagonismo frente a una lógica algorítmica que prioriza la visibilidad y el clickbait”, indica Aleix Martí Danés, investigador en Desinformación y credibilidad informativa de la Universitat Pompeu Fabra. “De esta forma”, prosigue, “los contenidos que recibimos dependen cada vez menos de las personas a las que hemos decidido seguir y más de los criterios de recomendación establecidos por la plataforma”.

El algoritmo es mi pastor

Jordi Gracia, autor de La izquierda contra el tecnofascismo (Anagrama, 2026), subraya cómo las redes “han intervenido, han decantado, han influido”, en las elecciones, pero también que este momento “no tenemos sistemas de regulación para frenar ese instrumento de socavamiento de la democracia”. El experto en redes Marcelino Madrigal coincide: las redes están viciando los procesos democráticos “al ciento uno por ciento”. Pese a ello no ha habido ninguna limitación seria impuesta por el Gobierno a X. El proyecto de ley que estaba destinado a regular las plataformas digitales ha decaído con el fin de la XV legislatura pero, más allá de eso, ni el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, lo cierto es que ni las instituciones del Estado se han planteado reducir su presencia en el antiguo Twitter.

Jordi Gracia apunta al papel de rehén de las instituciones: “El hecho de que los poderes públicos no solo las financien, sino que no tengan capacidad de intervención es un auténtico disparate”

Ni el éxodo de miles de usuarios a Bluesky, a otras redes comerciales o al Fediverso, ni los llamamientos a la creación de una red social made in Europe han supuesto una salida de X, no ya de los partidos sino de Ministerios y otras instituciones públicas. Como señala Madrigal, “creo que es que no ven otra alternativa, pero lo que tienen que tener en cuenta es que una institución no está para ganar followers: está para dar un servicio. Las redes deberían de ser un servicio de comunicaciones hacia los ciudadanos o un modo de diálogo, pero en este momento no deja de ser absurdo que funcionen en un monopolio de de una determinada red y que encima estén quejándose por ello”. 

Gracia apunta al papel de rehén de las instituciones: “El hecho de que los poderes públicos no solo las financien, sino que no tengan capacidad de intervención, interceptación, fiscalización o control, es un auténtico disparate”. Aleix Martí Danés recuerda que proyecto de ley para regular las plataformas digitales, pretendía reforzar las competencias de la Comisión Nacional de los Mercados y la Competencia para supervisar y sancionar sus incumplimientos, crear un registro público que permitiera conocer la propiedad y financiación de los medios de comunicación y establecer mayores exigencias de transparencia sobre el funcionamiento de las plataformas. 

Sin embargo, a juicio de Martí Danés no es suficiente: “No solo se trata de combatir la difusión de contenidos falsos, sino también de establecer mecanismos de transparencia sobre cómo se amplifica la información en las redes sociales”, defiende este investigador, “debemos preguntarnos hasta qué punto las conversaciones y las tendencias que observamos en estas plataformas son espontáneas o responden a estrategias de amplificación artificial que buscan generar una percepción determinada del clima de opinión pública. Es decir, hacernos creer que existe un consenso social o que determinadas posiciones son mayoritarias cuando no necesariamente es así”.

Gracia estalla, metafóricamente, cuando se le pregunta por el papel de las redes sociales: “Dentro de 10 años, 15, 20, no sé cuándo, será tan obvio lo que estamos denunciando ahora que la gente se llevará las manos a la cabeza de que fuésemos capaces de poner en manos de las grandes tecnológicas privadas el funcionamiento de un Estado”.

Este bulo tiene check azul

El desahucio de Maricarmen Abascal y la reacción al mismo en redes sociales ejemplifica la capacidad de pastoreo de la red. Tras el desahucio, el 80% del contenido que difundió la red social procedía de cuentas de pago, las del check azul, según clasificó Marcelino Madrigal. Aunque las muestras de apoyo y defensa de esta jubilada de 87 años —desahuciada y unos días después fallecida en un hospital madrileño— fueron mucho más masivas que los ataques, X sirvió de plataforma para la creación de mensajes hostiles y teorías de la conspiración que luego viajaron por otras redes hasta los móviles de cientos de miles de personas.  

En conversación con El Salto, Madrigal resalta la distinta potencia de alcance entre las cuentas de pago, como la de Quiles o El Equidistante con respecto a las miles de cuentas que mostraban su solidaridad o defendían a la mujer desahuciada. El hilo de la cuenta “El equidistante” (38 mil seguidores en X) que se resumía en la frase: “la culpa es enteramente de Maricarmen” alcanzó 1,3 millones de visualizaciones. Una semana más tarde, tro post del agitador de extrema derecha Vito Quiles, en el que introducía la teoría de la conspiración: “Están tan enfermos que son capaces de haberla asesinado ellos y culpar a la derecha para evitar perder el poder el 29N”, llegó a un millón de visualizaciones. Solo un dato, el post original del Sindicato de Inquilinas de Madrid que comunicaba la muerte de Maricarmen Abascal, una noticia que tuvo alcance mundial, no llegó a las 150.000 visualizaciones.

La conspiranoia se extendió desde las redes hasta la TV, con programas como Horizonte (Mediaset) dando cabida a la idea de que Maricarmen Abascal era una actriz contratada por el Gobierno para tapar con una cortina de humo los sucesos de Ceuta. El desplazamiento del discurso a la extrema derecha es, a juicio de Jordi Gracia, lo que permite que la teoría de la conspiración sea vista como aceptable en la contienda electoral: “En otros parámetros y otros estándares anteriores, anteriores a la revolución digital, esto hubiese sido simplemente inaceptable o hubiese despertado las risas las carcajadas del personal, y en cambio ahora resulta que eso puede llegar a ser verosímil y emitido a través de Mediaset”.


Martí Danés se hace eco del concepto de mierdificación, acuñado por el periodista y autor de ciencia ficción Cory Doctorow “Hay una estrategia de mierdificación de internet que tiene como objetivo llenar la red de contenidos basura para empeorar la calidad del debate público digital y generar un desasosiego generalizado en relación con la política”, señala este investigador de la Pompeu Fabra. Imágenes cutres hechas con IA generativa llenan de basura la cronología de los usuarios, que siguen haciendo doomscrolling buscando alguna emoción real: ira, pena, entusiasmo, lo que sea. Un bulo sigue a otro bulo, que sigue a otro bulo. Algunos de ellos son recurrentes, como la manipulación del voto por correo, un auténtico fetiche de la derecha internacional.

No cabe duda de que X, Instagram y Tik Tok serán los canales de distribución de mensajes políticos estratificados hacia las llamadas “cámaras de eco” a las que pretenden influir las distintas candidaturas. Si Colau ha vuelto a X y anunciado una participación en el programa de Jordi Wild se debe a una lectura clara del panorama para el Frente Amplio: es necesario encontrar nuevas bolsas de votantes. Todos saben que las redes promocionan el “desquiciamiento social, con intención evidentemente desmotivadora y generando el abstencionismo de una izquierda que sienta que está todo perdido y desbordada de caos”, en palabras de Gracia, pero nadie puede abstraerse a su poder.

Para Madrigal, solo hay una vía: “El algoritmo tiene un responsable que es el consejo de administración de las empresas que lo usan (...) hay que atacarles el bolsillo”

La desafección es un objetivo que favorece al statu quo, valora Martí Danés: “El marco en el que se mueven las teorías de la conspiración es ‘Todo es una mentira, no puedes confiar en nadie’. Eso refuerza las visiones conservadoras de la sociedad. Si no puedes confiar, reducirás la confianza a sólo aquellos que reafirman tus ideas o que son más próximos, que normalmente son familia y amistades con las mismas ideas. La desconfianza hacia al distinto o al lejano, genera comunidades más homogéneas y centraliza el poder (desde una perspectiva amplia) en los grupos ya privilegiados”, señala.

Mientras los partidos tratan de adaptarse a las reglas impuestas por Silicon Valley, el sistema parece no haberse percatado de la profundidad del cambio. Marcelino Madrigal pone como ejemplo a la Junta Electoral Central y disposiciones “decimonónicas” como la de la jornada de reflexión, un veto a la campaña y las publicaciones de tipo partidista que no tiene sentido alguna en la era de los algoritmos.


“El objetivo es socavar la confianza en la democracia y en las instituciones como instrumentos de protección del bien común mayoritario”, denuncia Jordi Gracia, quien propone como solución algo tan cursi (en sus propias palabras) como confiar en el “optimismo de la Ilustración”. Algo que pasa, detalla Gracia por ser conscientes de que “las grandes transformaciones ante situaciones coyunturalmente tan potentes como esta consisten en instalar la racionalidad en el discurso público y la obviedad de que los Estados, los poderes públicos públicos, no pueden estar expuestos al control de las grandes empresas tecnológicas porque son infraestructuras críticas y que, por tanto, el funcionamiento del Estado depende de ellas”. 

Sin embargo, no se trata solo de ideología. Detrás del asalto a las democracias liberales por parte de Elon Musk y otros tecnoligarcas como Mark Zuckerberg, especialmente señalado por la injerencia de su compañía Meta en las elecciones brasileñas, hay una apuesta por aquellos partidos que prometen mantener o incrementar la desregulación bajo la que operan y obtienen sus beneficios los medios de comunicación social. 

Para Madrigal, solo hay una vía: “La gente le echa la culpa al algoritmo, pero el algoritmo tiene un responsable que es el consejo de administración de las empresas que lo usan, que son las que deciden: si facturan mucho, bien, y si van mal, pues deciden promocionar un contenido concreto porque necesitan que la gente pase más tiempo pegándose de hostias en las redes”. Entonces, dice este investigador, la única solución es la regulación, “la única manera que estos tecnoligarcas entiendan que tienen que cumplir es atacándoles al bolsillo, porque ellos no tienen ética ni tienen corazón”, concluye.

Preocupado por las elecciones de medio mandato en EEUU en las que su amigo-socio-enemigo-cómplice Donald Trump se juega buena parte de su futuro político, Elon Musk aun no ha comenzado su propia campaña personal para las elecciones del 29 de noviembre. En los últimos meses sí ha emitido consignas xenófobas sobre Ceuta y agitado el espantapájaros del Gran Reemplazo. Se meta o no en el barro electoral español personalmente, su red ya está haciendo campaña a puro deepfake.

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