Opinión
El lenguaje, una habitación propia

Ni el lenguaje verbal como artificio es machista ni el género gramatical es patriarcal; no se trata de simplificar la cuestión así. Se trata, más bien, de usos habituales y comúnmente extendidos en las lenguas flexivas que, en el plano social, pueden llegar a legitimar y también a deslegitimar, y sobre eso también tiene que pronunciarse la educación lingüística, por la función socializadora que tiene.
Educación 018
Aula vacía del IES La Madraza Jaime Cinca

Profesor de Lengua Castellana y Literatura.

10 may 2021 11:40

La pizarra de un aula de cualquier centro educativo es todo un universo. Una habitación propia no solo para la persona que ejerce la docencia, sino para el alumnado que aprende del despliegue de recursos iconográficos y verbales que pueblan este espacio simbólico para la enseñanza.

El profesorado ha usado tradicionalmente este instrumento ubicado en una pared como si de un mapa se tratase, una forma de guía para sus explicaciones y a veces como esquematización propia de los saberes, de las formas adquiridas de entendimiento cultural que queremos transmitir.

En uno de esos avatares personales propios de la profesión, recuerdo cuando, durante el curso pasado, una alumna de la ESO me dio un paradigmático toque de atención: había planificado un trabajo en la pizarra en la que pedía a la clase investigar en torno a una serie de autores vinculados a un movimiento determinado. Al finalizar mi explicación, la estudiante me preguntó si era posible también citar a autoras en su trabajo. Otras personas de la clase la secundaron en su duda, y no precisamente en tono de broma. Fue entonces cuando me percaté de que mi habitación propia, mi particular construcción del mundo, no coincidía con la de ese grupo de jóvenes que tenía delante.

Sobre ese espacio vital, esa construcción personal y social a la vez que se aleja de lo articulado a través de la herencia clásica y que nos permite reconstruir el relato único del que hablaba la escritora Chimamanda Ngozi Adichie, pensó también Virginia Woolf en su ensayo Una habitación propia (1929). Dice la escritora en un momento del mismo: “¿Por qué no podrían añadir un suplemento a la Historia, dándole, por ejemplo, un nombre muy discreto para que las mujeres pudieran figurar en él sin impropiedad?”. Creo que el lenguaje inclusivo, en el mundo educativo, viene a reclamar ese nombre, ese espacio.

El Gobierno de Francia ha considerado la perspectiva inclusiva de género en el lenguaje un obstáculo para el aprendizaje, legitimando, así, el uso genérico para el masculino gramatical

Afirmaba el psicólogo Jerome Bruner que “la educación debe ser no solo un medio para transmitir la cultura, sino también un proveedor de visiones alternativas del mundo y un fortalecedor de la voluntad de explorarlas”. Sin embargo, esas visiones alternativas del universo parecen chocar contra decisiones como la tomada recientemente por el Gobierno de Francia, al considerar la perspectiva inclusiva de género en el lenguaje un obstáculo para el aprendizaje, legitimando, así, el uso genérico para el masculino gramatical. 

Decía un filósofo —también francés— llamado Jean-François Lyotard que “el derecho a decidir lo que es verdadero no es independiente del derecho a decidir lo que es justo”. En este caso, las decisiones sobre lo considerado verdadero se están apropiando del terreno de lo justo. Precisamente él hablaba, en ese sentido, del principio de legitimación: “Desde Platón la cuestión de la legitimación de la ciencia se encuentra indisolublemente relacionada con la de la legitimación del legislador”. Es quien construye la norma quien se cree en posesión de un criterio infranqueable; también en materia de lengua.

Efectivamente, ni el lenguaje verbal —como artificio— es machista ni el género gramatical es patriarcal; no se trata de simplificar la cuestión así. Se trata, más bien, de usos habituales y comúnmente extendidos en las lenguas flexivas que, en el plano social, pueden llegar a legitimar y también a deslegitimar, y sobre eso también tiene que pronunciarse la educación lingüística, por la función socializadora que tiene.

Queremos fomentar en las aulas actitudes críticas, pero validamos, en cambio, una perspectiva uniforme de la lengua que se aferra al dictado de lo estrictamente normativo

Queremos fomentar en las aulas actitudes críticas, pero validamos, en cambio, una perspectiva uniforme de la lengua que se aferra al dictado de lo estrictamente normativo, cuando detrás de las creaciones lingüísticas hay sobre todo conciencia individual, construcción colectiva y pensamiento evolutivo, también de los colectivos que más maltrato histórico han sufrido.

El propio Bruner decía que “el aprendizaje es un proceso, no un producto”, y, sin embargo, proyectamos en el alumnado a través de este comportamiento privilegiado, cada uno desde la construcción que le da su propia habitación cultural, ese producto como una visión parcial de la historia de nuestra lengua en su diacronía.

Con la aceptación indiscutible de esta narrativa monocromática, no invitamos a cada estudiante a reflexionar sobre otras habitaciones propias que también son las suyas, otras inquietudes en torno a ideas lingüísticas que no son tan descabelladas, como por ejemplo la introducción de una nueva marca de género gramatical que supere la visión binaria masculino-femenino, que deja fuera a identidades infrarrepresentadas y sometidas, así, a un proceso histórico de exclusión.

Porque, como decía Mary Wollstonecraft, “el poder de generalizar ideas, de trazar conclusiones generales a partir de observaciones individuales, es la única adquisición para un ser inmortal que realmente merece el nombre de conocimiento”. Y creo que, en ese discurso uniforme pero dicotómico a la vez de rechazo del lenguaje inclusivo, nos estamos olvidando de la observación de esa otra habitación propia que, desde el principio de los tiempos, siempre ha permanecido con su puerta cerrada.

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#89730
11/5/2021 13:55

Me parece interesante el comentario de 8997. Siguiendo la lógica del artículo podríamos incluir un pronombre de segunda persona femenino y distinguir en la conjugación verbal el masculino del femenino en segunda y tercera persona. ¿Sería así más inclusivo el lenguaje y por tanto la sociedad? Digo esto por qué la lengua árabe, por ejemplo, si que hace dichas distinciones. ¿Pero, son más o alusivas las sociedades del mundo árabe que la española, por ejemplo? Creo que el asunto no está en el lenguaje sino en la economía y el los derechos sociales y humanos, en las leyes y en la educación.

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3
#89617
10/5/2021 15:36

“No es la conciencia la que crea la vida, es la vida la que crea la conciencia”.
Si no fuera así, sociedades que usan lenguajes con género neutro (el Inglés, por ejemplo) serían menos patriarcales y más igualitarias. No parece el caso.
Prima lo material, y así, por ejemplo, Ana Botín pide ser llamada “presidente” del B.Santander, lo mismo que es “residente” en Londres. ¿Por qué Ana Botín prefiere esa “habitación propia” en el lenguaje? Quizá porque las personas en posición desahogada SABEN que el poder, la libertad y el respeto tienen directa relación con los medios económicos, y el habla brota de la gente dependiendo, o en función de, las condiciones materiales de vida.
No me hubiera molestado es escribir esto de no ser por la lectura alarmante que puede hacerse del artículo: la felicidad puede ser alcanzada en “habitaciones propias” hechas de ideaciones sin sustancia propia, como la vida en un más allá, una justicia divina, un lenguaje ideal a construir, el recuerdo perdido de nuestras anteriores encarnaciones o el karma. En el fondo, el “lenguaje inclusivo” es una ideología para enredar al pueblo en discusiones sobre el sexo de los ángeles.
Alienación.

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#89737
11/5/2021 15:03

El lenguaje construye realidades, y lo que no se nombra no existe.

Pretender achacar en su totalidad al lenguaje igualitario e inclusivo que una sociedad sea inclusiva e igualitaria, denota una falta de análisis crítico de las diferentes interseccionalidades.

1
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#89819
12/5/2021 14:11

¡Claro que el lenguaje construye realidades! Se ha conseguido, p.ej., eliminar el concepto “proletariado”. Ya no existe palabra para designar al conjunto neutro, a la clase social. Ahora hasta mi sindicato comunista nos ha dividido en “trabajadores” y “trabajadoras”; dos sectores diferenciados (vía “lenguaje inclusivo”) con intereses diferenciados. Ahora somos dos humanidades: “todos” y “todas”.
Alienación.

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#89821
12/5/2021 14:22

Dios no existe y bien que le han buscado un nombre.

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#89844
12/5/2021 16:04

Ahora yo contesto: Quizá deberíamos decir Diosa...
Y se puede empezar un debate, escribir artículos, dibujar viñetas y crear plataformas "pro-inclusividad divina"... con gran regocijo para las ricas y poderosas [ahora también es "in" usar el femenino como genérico].

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