Gorión chillón
Gorrión chillón. Foto de SEO/BirdLife

Ecologismo
Nido de gorriones

Nido de gorriones es uno de los tres relatos ganadores del I Certamen de relatos ecotópicos de Ecologistas en Acción.

Integrante de Fridays for Future Madrid

30 ene 2024 06:00

El viento susurraba entre las hojas de los árboles. Parecía descargar su fuerza sobre la espalda de un joven hombre que se alejaba por el camino de tierra. El andar de Arán se aceleraba, como si con cada paso intentase dejar atrás los latidos que le martilleaban el pecho. Deseaba que la preocupación que le encogía el estómago volase lejos de aquel lugar, arrastrada por la corriente de aire. Pero por más que apretase el paso, la tristeza no desaparecía, y el viento que resonaba en sus oídos le hacía eco al sordo ruido de sus pensamientos. Su cabeza giraba en torno a la serie de dudas que inquietan el espíritu en todas las etapas de la vida, pero que en esa edad de cambio, al cierre de la infancia y al comienzo de la adultez, se volvían especialmente insistentes.

Se interrogaba sobre la posición que le correspondía ocupar como individuo. La noticia de aquella mañana había agitado el avispero de sus incertezas: un torrente de lluvias había inundado las regiones al norte del territorio, con la desafortunada coincidencia de derramar su estruendoso llanto sobre núcleos urbanos, cuyo sistema de canalización no había podido contener la ingente cantidad de litros. Pese a que cada cierto tiempo se escuchase sobre acontecimientos similares, Arán no se acostumbraba. No se trataba solamente del agua caída, sino también de las hectáreas de cultivo echadas a perder y de las centenas de personas evacuadas de la zona, en busca de refugio. La trágica lista de anomalías climáticas no dejaba de crecer.

Volvió la cabeza para calcular con la mirada el trecho que le distanciaba de la aldea. Apretó con fuerza los párpados para evitar que el viento le secase los ojos. Arrugó la frente y se masajeó las sienes. Al retirar las manos, observó la fina capa de suciedad que reposaba en la yema de sus dedos. Bien sabía que nadie quedaba exenta del riesgo de sufrir eventos extremos, pero no podía evitar que el privilegio social que le permitía habitar en una comunidad alejada de los centros más poblados le pesase sobre la conciencia. Se acuclilló sobre la grava, dispuesto a esperar a que la ventisca amainara antes de emprender el regreso.

Escuchó que le llamaban por su nombre. Lo último que quería en ese momento era tener que dar explicaciones. No obstante, reconoció la voz de Marboré y por consideración hacia su amiga trató de hacer un esfuerzo.

La expresión dibujada en el rostro de la chica dejaba traslucir su indignación, parecía decir: “¿Se puede saber dónde te habías metido? He mirado en todos los rincones”.

—Gracias por acercarte, Marbo.

Ella seguía con el ceño fruncido y al hablar clavó su mirada en el suelo pero, para el alivio de Arán, cuando abrió la boca, el tono de su voz fue amable.

—Volvamos, no es hora de estar fuera. Este suelo está suelto.

Era cierto, hace décadas que habían reforestado la zona donde ambos vivían, como solución a la desertificación que asolaba la región, y lentamente el suelo se estaba recuperando. Pero otras tantas décadas de cultivo intensivo habían llevado el terreno al límite de su capacidad y las raíces de los alcornoques no podían esconder la aridez que, por su parte, la falta de lluvias acentuaba. Por ello, cuando el viento soplaba, era frecuente que se levantara una capa de polvo.

—Disculpa mi actitud, Marbo. No era mi intención preocuparte.

Esta le tendió una mano para ayudarle a reincorporarse.

—Te aconsejo encarecidamente que encuentres otras vías por las que desahogar tu malestar —se inclinó hacia él—, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que necesites.

Arán asintió con la cabeza, valoraba el apoyo de su compañera. Marboré era algo mayor que él, y en las situaciones tensas se desenvolvía con una soltura digna de la mayor admiración. Nunca se dirigía a él con condescendencia, sin embargo Arán tenía la sensación de que se anticipaba constantemente a sus problemas para ofrecerle soluciones, y él no buscaba soluciones. En ese caso, ¿qué era lo que necesitaba? Ni siquiera lo sabía.

Recorrieron el camino de vuelta a la aldea mientras la hojarasca crujía bajo sus pies.

—Responsabilizarse es importante, Arán, en el aquí y ahora. Estas inundaciones han sido devastadoras, pero de nada vale ahogarse en las desgracias —sonrió amargamente y se despidió de su amigo.

Arán recorrió de puntillas el pasillo que llevaba al dormitorio, pues era un espacio común y no quería romper la quietud que se respiraba en el ambiente. Abrió la puerta con cuidado, se acercó sigilosamente al perchero, y cogió una chaqueta al azar de entre las que colgaban. Hace rato que había entrado la noche, acompañada de una fría corriente que se infiltraba entre las grietas, pero Arán posponía el momento de acurrucarse bajo la manta. Sabía que el ajetreo mental no le iba a dejar descansar fácilmente. Se ajustó la sudadera por encima del jersey. En la comunidad disponían de un generador que se encendía durante unas pocas horas diarias, pero de noche siempre se apagaba para reducir el gasto energético. No terminaba de apreciar el consejo de Marboré, ante una catástrofe de tal magnitud, ¿cómo podía una no ahogarse en las desgracias? Quizás, si hubiese seguido removiendo la tristeza, habría hallado algún tipo de respuesta.

Deslizó la punta de los dedos por la pared y se detuvo cuando percibió al tacto las hendiduras de una puerta de madera. Jugueteó con el pomo sin llegar a tirar de él. Esa habitación había acogido el estado de reposo de su abuelo durante un largo periodo. Aún recordaba la última conversación que había compartido con él y, si se concentraba, podía visualizar el guiño de sus ojos brillantes.

-Ah! El gorrión, —el abuelo rió—, ese es un cuento más viejo que Maricastaña, y no deja de repetirse. Dentro de todas nosotras hay un nido de gorriones enfurecidas. 

En aquel entonces le había parecido que la lucidez abandonaba al abuelo, pero ahora otorgaba un significado distinto a sus palabras. 

Érase una vez, muy cerca de aquí, un bosque lleno de alegría. En él vivían un jabalí, un lobo, un zorro, una liebre, un conejo, una culebra, una ardilla, y muchos otros animales, entre las cuales había un pequeño gorrión de plumas pardas. Todas ellas eran vecinas, algunas habitaban los troncos de los árboles, otras sobrevolaban sus copas frondosas, y otras aún cavaban madrigueras en el suelo. El bosque rebosaba de tesoros: las hojas, las raíces, los frutos jugosos… Al pensar en ello, los animales se hinchaban de orgullo. Pero un triste día, una llama de fuego prendió una rama y un incendio se extendió hasta que todo el bosque comenzó a arder. Cuando vieron las llamas, los animales corrieron a pierna suelta. Entre todas ellas, el único que no salió huyendo fue el gorrión. Prontamente alzó el vuelo y agitó sus alas pardas hasta llegar al arroyo. Sumergió su cabeza dentro del agua y, al levantarla, aferraba una gota de agua en el pico. Voló de nuevo hasta el corazón del incendio y dejó que su gota de agua cayese. El bosque se seguía quemando, pero el gorrión continúo yendo y viniendo del río para capturar gotitas de agua.

Ahora la historia despertaba la curiosidad de Arán, ¿qué pretendía el gorrión con su actitud? No creía que un pájaro tan pequeño hubiese podido salvar a un bosque tan grande, pero imaginar el aleteo del jóven gorrión le resultaba fascinante. Sabía que era una batalla perdida, pero al parecer eso no le impedía seguir luchando. En eso consistía la verdadera valentía. El bosque seguía ardiendo, por eso él continuaba recogiendo gotas del arroyo, gotitas de esperanza. La realidad del esfuerzo, prácticamente en vano, no alteraba el propósito de querer sofocar las llamas.

***

Pese a encontrarse agotado, Arán se levantó temprano al día siguiente para ir a la escuela. No era estrictamente obligatorio asistir a las clases, pero él iba muy a menudo, porque sentía que le ayudaban con sus propios razonamientos. La escuela ofrecía herramientas para apoyar a la ciudadanía en el desarrollo de su pensamiento crítico. La cultura era muy querida, por lo que no dejaba de ser una educación complementaria a la recibida en otros espacios no formales. Al llegar, examinó el panorama de la clase y divisó a su amigo Garo sentado en el suelo y rodeado de un grupo de alumnas. Al verle, Garo le devolvió el saludo y le invitó a sentarse con ellas. Arán sacó su pizarrita y, durante toda la explicación, se dedicó a apuntar con la tiza las preguntas que las palabras de la profesora le suscitaban.

—Me gustaría que recopilásemos todas las causas que hemos visto que llevaron a la caída del Capitaloceno y que debatáis su importancia con vuestras compañeras —dijo la profesora—, al final de la clase pondremos en común las conclusiones a las que hayáis llegado.

El grupito empezó a dialogar y Arán le propuso a Garo alejarse de ellas. Le gustaba estudiar con Garo, se entendía muy bien con él y ese día su energía se inclinaba más hacia una sosegada conversación con su compañero que hacia una colorida composición de opiniones.

Estaban estudiando una etapa de la historia relativamente reciente, el derrumbe del Capitaloceno o mejor dicho la desestabilización del sistema socioeconómico y la alteración del orden hegemónico en los Estados del Norte Global durante la segunda mitad del siglo XXI, tal y como enunciaba el kilométrico título del ensayo que estaba leyendo. El tema le llamaba la atención, por lo que estaba profundizando por cuenta propia con los libros de la biblioteca. Era una lectura densa, pero la historia le gustaba. Desenroscar el ovillo del pasado le ofrecía un hilo del que tirar para comprender mejor a la sociedad actual y comprenderse a sí mismo. 

El ensayo indagaba, sobre todo, en el papel de los conflictos armados como agentes desestabilizadores. En el prólogo, la autora exploraba la cuestión de si el estallido de las guerras en un momento de crisis civilizatoria era un hecho inevitable, dada la naturaleza del ser humano. Las consideraciones trascendentales de la autora no terminaban de convencer a Arán, así que estaba esperando saber qué opinaba Garo al respecto. Había que andarse con cuidado con la lente del pesimismo cuando se trataba de filosofía. En un nivel de cuestionamiento profundo, las certezas desaparecen y la realidad externa se vuelve extremadamente frágil. Una corría el riesgo de romperse. Y el esfuerzo a realizar para sentir que las acciones cotidianas recobraban su sentido podía ser enorme. No era un proceso que se pudiese dar por sentado. Por eso la historia le inspiraba más confianza, los hechos marcaban unos límites más definidos.

—¿Tú crees que nuestra naturaleza hace que las guerras sean inevitables? —le preguntó a Garo cuando le hubo expuesto el planteamiento de la autora.

—Es muy atrevido especular sobre la naturaleza humana, pero puedo decirte por qué a mí se me enciende la alarma del escepticismo frente a estas posturas. Si atribuimos el estallido de guerras a la “naturaleza humana”, lo que sea que signifique, estaremos cayendo en una simplificación catastrofista, que además bloquea el diálogo. —Garo se detuvo un instante— Creo que tachar algo de inevitable no tiene otro propósito más que el de eximirnos de nuestras responsabilidades con el entorno y disuadir que nos unamos para encontrar soluciones.

Arán escuchó lo que su amigo le decía. Cuando Garo se ponía en serio, podía llegar a ser muy perspicaz.

—Tienes razón, tal vez sea mejor preguntarnos si la manera en la que los humanos construyeron el Capitaloceno llevaba implícito el estallido de conflictos bélicos.

La degeneración al extremo del capitalismo sí que podía dar pie a conversaciones razonables. Como decía su amigo, no conocemos el significado de la naturaleza humana, sin embargo podemos analizar las dinámicas que generan las personas e intentar modificarlas si el resultado nos desagrada. Precisamente, somos seres con capacidad racional y no hay ningún defecto antropológico que no podamos enderezar si contamos con la ayuda de la comunidad. Si nos responsabilizamos y colaboramos activamente con quienes nos guían, todas las personas tenemos el potencial de cambiar.

De regreso a la aldea, al cruzar la verja del huerto, Arán se encontró con Cloe. La niña estaba lloriqueando. Arán detuvo el paso y se acercó, se agachó junto a ella y le tendió un pañuelo de tela para que se sonase la nariz.

—¿Qué te pasa, Cloe?

—La bici —la chiquilla miró a su alrededor y señaló una pequeña bicicleta tirada en el suelo. Arán vió que tenía el manillar desencajado y entendió lo que había ocurrido. De nuevo intentó consolarla.

—¿Se ha estropeado la bicicleta? No te preocupes, podemos intentar arreglarla. ¿Estabas tú sola jugando?

Cloe hizo el amago de hablar. Otro niño estaba usando la bici y como ella no quería esperar su turno intentó arrebatarsela, derribando la bicicleta de un empujón. Antes de nada, Arán le preguntó si quería un abrazo y, mientras la niña se calmaba, pensó en cómo podía transmitirle de forma sencilla un concepto muy importante. Al final, educar a las más pequeñas era tarea de todas.

—Escucha, Cloe —le dijo— la bici tenemos que compartirla para que todas podamos montarla un rato. Estoy convencido de que si lo hubieses pedido amablemente te la habrían dejado enseguida y en cualquier caso, podrías haber esperado tu turno para jugar con ella. Tenemos que cuidar los juguetes, ¿comprendes?.

Cloe asintió.

—¿Y se puede arreglar? —le miró con ojos suplicantes.

Arán se dirigió a la cabaña de las herramientas y se puso a rebuscar en las cajas. Al cabo de unos minutos regresó junto a la niña y terminó de desenroscar el manillar.

—Cloe, ¿te importaría pasarme una tuerca pequeña? Esa es perfecta, ¿quieres intentar armar tú el manillar? Con paciencia, lo estás haciendo muy bien.

***

Arán tendió el oído y subió la colina, siguiendo las notas saltarinas de un clarinete. Nadie en la comunidad era capaz de tocar melodías tan encantadoras como las de Marboré, y la música indicaba el camino a seguir hasta su amiga.

Marbo dejó el instrumento a un lado y enarcó las cejas.

—¿El gorrión del bosque? Conozco de sobra esa historia, el bosque estaba ardiendo y todos los animales huyeron, excepto el gorrión.

—Eso es —Arán asintió—, ¿y sabes si cuando se quemó el bosque el gorrión dijo algo?

Marbo soltó una risa nerviosa.

—El gorrión no dijo nada, ¿o es que alguna vez has escuchado a un pájaro hablar? Lo único que hacía el gorrión era transportar gotas de agua en el pico.

—¿Y no tenía miedo de que se le quemasen las plumas?

—Arán —contestó Marboré—, yo no sé si el gorrión tenía miedo o no. Si todos los animales hubiesen seguido su ejemplo, cabe pensar que habrían extinguido el incendio.

—¿Por qué los demás animales no afrontaron su miedo? —el chico seguía insistiendo.

—Quizás estuviesen desunidas, no tenían una red y cada una fue por su lado. No nos corresponde juzgar el comportamiento de los animales, era una situación difícil y cada una actuó como buenamente pudo y le dió la gana, lo cual es legítimo, queramos o no.

Cuando todo lo que tienes alrededor se desvanece, luchar no tiene sentido. Eso explicaba el comportamiento de los animales. Realmente, no luchar tampoco tiene ningún sentido y eso explicaba la decisión del pajarito. Tal vez el gorrión sintió algún tipo de llamado, pero no tuvo el tiempo de cambiar el paradigma del bosque.

—Así que dejaron el bosque arder —dijo Arán.

—Efectivamente, aunque fuera su bosque mágico —Marbo le completó.

Para apagar el incendio, disponer de una red era de vital importancia, esa era una pieza clave que le faltaba a la versión del abuelo. Sentir miedo ante el fuego era inevitable, pero una red de apoyo mutuo que ayudase a los animales a enfrentar la adversidad también era posible y deseable. En un sistema basado en la competencia, el miedo nos convierte en el animal más peligroso, pero en un sistema cooperativo el temor puede ser nuestro aliado. Al final, la resiliencia del bosque viene determinada por la calidad de las relaciones que se establecen en él, por lo que debemos aprender a convivir y a asociarnos. Cuando nos damos cuenta del tamaño del individuo, podemos apreciar que formamos parte de algo más grande y entonces el valor de los pequeños actos se reinterpreta.

—He tomado una decisión —Arán se dirigió a Marboré—, voy a marcharme de aquí.

A ella la noticia le pilló por sorpresa.

—¿A dónde te piensas ir? 

—Se necesitan manos para arrancar un proyecto de regeneración de las zonas afectadas por la tormenta, para ayudar a reconstruir las comunidades desde el entendimiento de sus necesidades. Ya hay esbozado el boceto de una aldea, como la que tenemos nosotras aquí.

—Un proyecto así puede llevar años.

—Los llevará —Arán suspiró—, toda mi vida he contado con el privilegio de tener una red y ahora ha llegado el momento de ayudar a tejer nuevas redes. Es mi manera de responsabilizarme.

Marbo le miró

—¿Y cuándo lo hayáis solucionado? ¿Qué harás?

Arán calló un momento, necesitaba reflexionar. Hizo el gesto de dibujar círculos con el dedo sobre la tierra y finalmente contestó:

—Tengo ilusión, pero nuestra esperanza no es ingenua, no pretendemos solucionarlo todo. Está claro que los desastres naturales seguirán ocurriendo. Ni siquiera estoy seguro de que este proyecto funcionará, pero es mi gota de agua. 

En este sistema que tiende al caos, tenemos que aceptar el malestar y abrazar la incertidumbre, ya que con cada interacción hay posibilidades de que se produzca un estallido. Los desastres y los conflictos están fuera de nuestro control, incluso cabe creer que son inevitables. Lo esencial es que exista una red de apoyo o que seamos capaces de generar una. No tenemos una solución a todos los problemas, pero aún así existen razones para mantener la esperanza y es fundamental que las busquemos. La esperanza se construye día a día, luego existe. La esperanza tiene una gran paciencia, está dentro de todas nosotras y su música suena con todos los sonidos del bosque. La pasión por la vida puede llegar a ser infinita y no somos ingenuas por sentirla y demostrarla.

—¿Sabes que te echaré de menos? —a Marbo le relucieron los ojos.

—Yo también te echaré muchísimo de menos, Marbo —Arán fue a darle un abrazo a su amiga.

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