Coronavirus
Responsabilidad y confianza en tiempos de incertidumbre

Se puede salir de esta crisis de dos maneras: como de las anteriores, sin cambiar muchas estructuras hasta que la próxima crisis sacuda los cimientos sociales, o aprovechando para modificar los fallos estructurales con consecuencias negativas en lo social y en lo medioambiental.

Rodrigo Irurzun Martín de Aguilera

es ingeniero de telecomunicaciones, profesional y activista en el campo de la energía y el cambio climático.

7 may 2020 05:01

De forma tan abrupta como imprevista, un minúsculo virus, el más pequeño de los organismos, en la frontera de los seres vivos, ha generado la mayor la crisis sanitaria mundial que conocen nuestras generaciones. En pocas semanas han saltado las alarmas acerca de los riesgos de la globalización de la economía, del turismo de masas y de la debilitación de los sistemas sanitarios nacionales. Al mismo tiempo que se restringía la movilidad y en algunos países se controlaba de forma digital los contactos personales, muchas voces alertaban sobre los peligros que este escenario pueden traer para la democracia y los derechos civiles. En aras de la seguridad, se abre la puerta a escenarios de restricción de estos derechos y libertades, al seguimiento digital y a la pérdida de privacidad, algo inaceptable en sociedades democráticas.

Una vez superado el primer pico de la pandemia, como las cifras parecen asegurar, es momento de planificar la manera en que enfrentaremos posibles rebrotes, y la crisis económica debida a la restricción de la actividad en numerosos sectores. Parecería sensato reforzar los sistemas sanitarios, la prevención temprana, el autoabastecimiento de materiales esenciales y las ayudas públicas para movernos hacia esquemas más sostenibles de vida. En especial sería importante hacer un gran esfuerzo en reforzar el transporte público y facilitar formas de movilidad como la bicicleta o los recorridos peatonales, garantizando una atmósfera libre de contaminación, puesto que, según varios estudios, ha sido un agravante para la expansión del virus, además de ser causante de miles de muertes todos los años. Pero además de pensar qué hacemos, también es un momento para pensar en cómo lo hacemos, si mediante medidas impositivas o mediante el empoderamiento de la ciudadanía.

El Gobierno de España, igual que el de otros países, ha arbitrado mecanismos de contención excepcionales, frenando la expansión de la enfermedad y reduciendo el número de muertes. La restricción de la libertad de movimientos es sin duda una decisión dura, más dura si cabe por la limitación de las relaciones personales.

La libertad en general, y la libertad de movimiento en particular, son derechos constitucionales, y una aspiración humana. La libertad, sin embargo, no tiene un valor absoluto, por cuanto depende de la colisión con otros derechos sociales. Como analiza José Antonio Martín Pallín, jurista y magistrado emérito del Tribunal Supremo, en un artículo sobre el internamiento de personas contagiadas asintomáticas, en el caso de la actual emergencia sanitaria, la salud de la población y la salvaguarda de miles de vidas legitiman la restricción de este derecho. Sin embargo, el letrado apunta también, basándose en el principio de proporcionalidad, que sería aconsejable que dichas restricciones fueran más bien por la vía de la voluntariedad que de la imposición coercitiva.

La enorme muestra de responsabilidad y de sacrificio, de madurez, que está demostrando la sociedad española, debería hacernos reflexionar en cuanto a las posibilidades de establecer marcos comunes de entendimiento

Los límites a la libertad se encuentran en el debate público en multitud de asuntos que, cuando pase esta pandemia, deberían revisarse, aprendiendo de esta situación, y evitando en la medida de lo posible dogmatismos y egolatrías políticas. Sería urgente que lo hagamos desde la sensatez, los datos, y el mejor conocimiento científico en áreas que requerirán un ejercicio de autocontención social e individual en aras del bienestar colectivo. Algunos de los retos que nos plantea el futuro son la transición ecológica, la contaminación atmosférica, la globalización o el trabajo asalariado en la era de la digitalización y la robotización. Pero también el mantenimiento de unos servicios públicos capaces de garantizar un estado de bienestar que se ha ido reduciendo en muchos países, pero que en otros es, directamente, desconocido.

Todos estos asuntos, al contrario de la situación excepcional en que nos encontramos, serán a largo plazo, y tendrán consecuencias importantes sobre nuestra calidad de vida de cara al futuro. Es importante por lo tanto que avancemos en materia de responsabilidad colectiva para no caer en escenarios ecofascistas. Como apunta Ignacio Ramonet en su magnífico artículo sobre la pandemia y el sistema mundo, “es preciso impedir que la pandemia sea utilizada para instalar una Gran Regresión Mundial que reduzca los espacios de la democracia”.

El mundo en el que vivimos se ha vuelto, de repente, demasiado pequeño. La rápida extensión mundial del virus SARS-COV-2 ha sido posible gracias al comercio y al turismo internacional tan ampliamente extendido. Pero también los problemas de desabastecimiento de algunos productos, en concreto los productos sanitarios, más necesarios que nunca, han sido consecuencia de esa globalización de la economía que ha colocado la producción en países lejanos de los que dependemos en gran medida para cualquier producto de consumo.

Como contraste, la última gran pandemia mundial que tuvo lugar hace un siglo, la gripe española, que dejó probablemente entre 50 y 100 millones de muertes, se extendió a través de las tropas que participaban en la I Guerra Mundial, en parte por la propia guerra y en parte por la censura informativa en un contexto bélico que no ayudaba a contener la enfermedad. En este momento, pese a la multitud de conflictos bélicos abiertos en muchos países y regiones, parece existir un mayor clima de colaboración mundial, aunque solo sea por consolidar ciertas hegemonías regionales o mundiales.

El tiempo dirá si las políticas adoptadas en Alemania, de menor restricción, junto con una mayor dotación del sistema sanitario consiguen contener la enfermedad sin saturar los servicios sanitarios

La pandemia y esa sensación de “mundo pequeño”, sitúan de repente a la humanidad en un paradigma que pocas veces habíamos escuchado. El virus es el enemigo común que no conoce fronteras y al que solo con el esfuerzo colectivo podrá hacerse frente. Es fácil pensar que, cuando pase lo peor de esta crisis, la geopolítica internacional seguirá su curso, pero me gustaría creer que la idea de una humanidad unida, por encima de las fronteras, las culturas y las religiones, no debería caer en el olvido si queremos hacer frente a los grandes desafíos que amenazan nuestra vida en esta casa común.

De repente el mundo se ha vuelto una comunidad que intercambia datos respecto a la evolución de la enfermedad. La era de la comunicación se hace más palpable que nunca. Somos testigos día a día de la evolución de los casos y las medidas que se han ido tomando en los distintos países. Podemos comparar así algunos datos y, aunque de momento las estadísticas que ofrece la Organización Mundial de la Salud, pueden no ser comparables o fiables, a medio plazo deberían analizarse con detenimiento.

En un artículo aparecido el 8 de abril, el catedrático de Ciencias Políticas y Sociales Vicenç Navarro se pregunta por qué la mortandad en España es de las mayores del Mundo, y analiza la situación de Alemania, un país que por el momento ha logrado contener la infección y sobre todo, el número de muertes, con medidas menos restrictivas que en países como España o Italia. El caso alemán se analiza también en un artículo de Euronews, en el que se incide en la labor del Instituto Robert Koch de Berlín, dependiente del Gobierno federal y responsable de la investigación, el control y la prevención de enfermedades.

El Gobierno federal alemán, con el asesoramiento del Instituto Robert Koch, puso en marcha en una fase temprana pruebas a los casos sospechosos y el aislamiento de los casos positivos. Por su parte, el Ministerio Federal de Salud destaca en su página dedicada al covid-19, que el país está preparado gracias a contar con un excelente sistema de intercambio de información, clínicas especializadas, y la realización de simulacros periódicos. Hay que contar, claro, que el Gobierno de este país destina el 7,2% de su PIB al sistema sanitario, mientras que en Italia esta cifra es del 6,8% y en España del 6%, según las últimas cifras publicadas por Eurostat.

El tiempo dirá si las políticas adoptadas en Alemania, de menor restricción, junto con una mayor dotación del sistema sanitario consiguen contener la enfermedad sin saturar los servicios sanitarios, mientras se investiga una vacuna o se alcanza la inmunidad de grupo. Es muy probable que las medidas drásticas tomadas en países como Italia o España hayan sido adecuadas, debido precisamente a la mayor debilidad de sus sistemas sanitarios, que han sufrido recortes en la última década, y han evitado que la tragedia sea incluso mayor de lo que está siendo. Grecia y Portugal, dos países con un sistema sanitario más débil (destinan el 5% y 6,3% del PIB, respectivamente, a sanidad), decidieron de forma muy temprana poner en marcha medidas drásticas y han conseguido contener la epidemia, de momento, de forma ejemplar.

El futuro que seamos capaces de construir a partir de las lecciones del pasado y del presente dependerá de la capacidad de entendimiento y de diálogo, no del odio y el enfrentamiento

También es probable que el clima de permanente crispación política que se vive en Italia o en España no sea el adecuado para hacer frente a la emergencia de forma libre y responsable. El continuo y bochornoso intercambio de opiniones enfrentadas, muchas veces sin ningún criterio ni rigor científico o técnico, se traslada a la sociedad, y pone en tela de juicio, por parte de ésta, cualquier tipo de información que pueda guiar en decisiones que nos afectan colectivamente.

Podría pensarse también que el carácter latino de los países del sur exige medidas más autoritarias, que los españoles o los italianos no estamos a la altura. Los hechos parecen desmentir esta idea. Tanto por el ejemplo de Grecia y Portugal, como por la respuesta de la inmensa mayoría de la población, que está siendo ejemplar. Las medidas coercitivas contrastan con esta muestra de responsabilidad individual y colectiva. La ciudadanía está demostrando un altísimo grado de compromiso. Se ha repetido en las ruedas de prensa del Gobierno, en las declaraciones de la OMS y lo hemos visto día a día a nuestro alrededor. No es el miedo a las multas lo que hace que nos lavemos más y mejor las manos o que hayamos espaciado nuestras salidas a la compra lo más posible, ni que salgamos a los balcones a aplaudir a quienes lo están dando todo.

Preocupa, sin embargo, la actitud de vigilancia y de juicio que han ejercido algunas personas desde sus casas hacia quienes salían a la calle, desconociendo probablemente los motivos que motivaban a ello. Preocupa también la aquiescencia con la que muchas personas legitiman y respaldan las medidas punitivas y el control impuesto. Preocupa por otra parte la falta de empatía de algunos agentes de la autoridad, probablemente una minoría. Desde el convencimiento de que en todos estos casos se actúa con la mejor de las intenciones, en unas circunstancias complicadas, inciertas, y a veces con cierto sentimiento de pánico, puede ser un momento para extraer lecciones sobre nuestro modelo social y económico, de cara al futuro.

Responsabilidad y confianza frente al reto colectivo

La enorme muestra de responsabilidad y de sacrificio, de madurez, que está demostrando la sociedad española, debería hacernos reflexionar en cuanto a las posibilidades de establecer marcos comunes de entendimiento. Las preocupaciones básicas de la mayoría de la población, que desde hace lustros se recogen en encuestas de opinión como las del CIS, apuntan al deseo de vivir en paz, tener un sistema sanitario que nos proteja cuando lo necesitamos, un sistema educativo de calidad que nos enseñe a ser mejores personas, una información veraz, una vivienda, un trabajo y una vida y una vejez dignas. También un futuro sostenible para las generaciones que vienen detrás de la nuestra.

El futuro que seamos capaces de construir a partir de las lecciones del pasado y del presente dependerá de la capacidad de entendimiento y de diálogo, no del odio y el enfrentamiento. Solo podremos proteger las libertades conseguidas a lo largo del siglo XX extendiéndolas a toda la población mundial, y entendiendo que la libertad individual debe estar al servicio del bien colectivo. La enorme muestra de responsabilidad que estamos demostrando estas semanas es un ejemplo de autocontención en este sentido. Pero debemos avanzar hacia cotas más altas de ella, hacia una actitud que no venga marcada por el miedo a la sanción, sino a un verdadero ejercicio de comprensión, servicio y amor hacia nuestros semejantes.

Vivimos en su sistema enormemente complejo, confiamos en que todo funcionará y en que el futuro no será muy distinto que el presente, o en todo caso, que será mejor. Este sistema, sin embargo, se está quebrando

La verdadera responsabilidad se demuestra cuando se actúa en libertad, fuera de estados de miedo o de pánico, y en base a una información veraz y coherente. A su vez la idea de libertad implica responsabilidad; la una, sin la otra, están vacías de significado. La libertad de equivocarnos nos da la posibilidad de reconocer nuestros errores y aprender de ellos. La libertad abre la posibilidad de mejorar, de explorar alternativas, así como la posibilidad de la autocontención. Pero la libertad por sí sola no basta. Son precisas dosis de humildad para reconocer nuestros errores, generosidad para ofrecer nuestra mejor versión a las demás personas, y olvidar nuestro ego para escuchar las ideas de los demás.

Necesitamos crecer en confianza hacia nuestras instituciones, hacia nuestras administraciones públicas, y de éstas hacia la ciudadanía. Estas semanas han demostrando que estamos a la altura, y eso nos debería ayudar a avanzar, como una sociedad más madura, hacia nuevos escenarios de convivencia. La confianza debe comenzar por entender que las personas, de forma mayoritaria, actúan como mejor saben o pueden, sin ánimo de perjudicar a sus semejantes. Desde este punto de vista, la labor de las administraciones debería ser ayudar a las personas a hacer bien las cosas, no desde el miedo y el castigo, sino desde la confianza, el respeto y la puesta a su disposición de facilidades para ello.

Vivimos en su sistema enormemente complejo, confiamos en que todo funcionará y en que el futuro no será muy distinto que el presente, o en todo caso, que será mejor. Este sistema, sin embargo, se está quebrando. Parece que por primera vez en la historia dejaremos a nuestras hijas e hijos un peor legado que el que nos dejaron nuestras madres y nuestros padres. La emergencia climática es solo la punta del iceberg de una sociedad que ha puesto a los ecosistemas al límite, que ha olvidado que depende de la naturaleza, del aire y del agua limpios, de la multitud de seres vivos que durante millones de años han logrado un frágil equilibrio que estamos tensando debido a nuestra avaricia y nuestras ansias de dominación.

Una de las mayores lecciones que podemos aprender de esta pandemia es que somos miembros de la familia humana y de la familia planetaria, que incluye a todas las especies con las que compartimos este planeta que llamamos Tierra

El covid-19 es una muestra del poder de la naturaleza y de la pequeñez del ser humano, que depende de ella, y ante la cual la única muestra que puede dar es de respeto y veneración. Dice Vandana Shiva en un artículo reciente que “todas las emergencias que en la actualidad ponen en peligro vidas tienen su origen en la visión mecanicista, militarista y antropogénica de los humanos como seres al margen de la naturaleza, como amos y señores de la tierra que pueden dominar, manipular y controlar a otras especies como fuentes de beneficio”.

Como apunta la activista y pensadora india, una de las mayores lecciones que podemos aprender de esta pandemia es que somos miembros de la familia humana y de la familia planetaria, que incluye a todas las especies con las que compartimos este planeta que llamamos Tierra. Que la vida es lo más importante que tenemos y que esta crisis nos está enseñando el valor de los cuidados: del cuidado mutuo y del cuidado del planeta que nos alberga.

Señala la Organización de las Naciones Unidas, al igual que muchos analistas, que se puede salir de esta crisis de dos maneras: como de las anteriores, sin cambiar muchas estructuras hasta que la próxima crisis sacuda los cimientos sociales, o aprovechando para modificar los fallos estructurales con consecuencias negativas en lo social y en lo medioambiental. Ciudades como Ámsterdam apuestan por esta última vía, con planes para relanzar la economía rompiendo con el actual modelo de consumo y garantizando un marco sostenible. Los procesos de cambio que se necesitan para avanzar hacia una sociedad respetuosa con el medio ambiente son tan drásticos que requerirán esquemas de autocontención y responsabilidad colectiva, más allá de un pensamiento utópico basado en la fe ciega en la tecnología o de escurrir el bulto y pensar que son otras personas las que tienen que tomar las decisiones.

Será necesario avanzar como sociedad en marcos comunes de entendimiento y convivencia para no caer en derivas belicistas y autoritarias, para avanzar en la redistribución de unos recursos cada vez más escasos frente a la creciente desigualdad que se ceba en nuestras sociedades neoliberales. Dependerá de todos y de todas avanzar en un sentido o en otro, porque la alternativa a la defensa de lo común es un sálvese quien pueda, y en ese momento es posible que el papel higiénico sea lo que menos echemos en falta.

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